Apolinaria Solabarrieta: El sacrificio pervive, eco de la dignidad comunera

Crédito: Suministrado / El Nuevo Día.
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En la psiquis de la doncella que va camino al sacrificio, gravita el peso de la historia desde los comuneros hasta el grito de independencia, el cual había quedado anudado en la garganta de un pueblo ¡Comuneros ni un paso atrás!
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El 14 de noviembre fue institucionalizado por decreto presidencial como Día de la mujer colombiana en honor a nuestra heroína Apolinaria Solabarrieta, nacida, según la tradición oral, en Chaguaní, Cundinamarca. Los historiadores académicos, a falta de certezas, decidieron cambiar su nombre y apellido y dar por sentado el nacimiento en otro municipio.

Aquel amanecer del 14 de noviembre de 1817, los jóvenes que estaban en la prisión de los claustros de El Rosario oyeron el tañido de las campanas a tempranas horas. En la víspera se hizo el pregón del fusilamiento de varios presos en la plaza central de Santa Fe; era la forma como se intimidaba al pueblo para que desistiera de todo ánimo independentista.

Dos o tres días antes un Consejo de Guerra los había condenado al fusilamiento por el delito de lesa majestad, traición al Rey. Juan Sámano, el Virrey, quien presidía ese tribunal, trató por todos los medios de que convencieran a la joven y única mujer del grupo de sediciosos para que pidiera perdón y se sometiera; quiso humillarla para que ella firmara el documento y así legalizar la pena. Ella se negó, lo miró con hidalgo desprecio y odio; fue una mirada intensa que alcanzó a helar la sangre del Virrey, a quien una voz interior le susurraba que tal condena de fusilamiento contra los jóvenes patriotas -pero sobre todo el de la niña- se volvería en su contra.

Despuntando el alba, la guardia empezó a hacer los preparativos. Después entraron los sacerdotes para confesar a los condenados y esperar su arrepentimiento final. No tuvieron éxito en su empeño; se limitaron a hacer sus oraciones y rezos en latín. El pelotón de guardia del virreinato esperaba en el patio. Estos fueron sacados uno a uno de su celda; la joven como siempre, con su mirada altiva y resuelta, no se dejó sacar. Ella misma avanzó por sus propios medios, llena de coraje, para tomar posición entre los prisioneros y los dos sacerdotes que con sus oraciones pretendían la salvación de esas almas. Al frente iría una escuadra de cuatro guardas, a los lados otros tantos y atrás cerraban con el pelotón de fusilamiento, comandados por el Sargento Iglesias.

En las afueras del claustro hay barullo. Los patriotas granadinos pronto saldrán conducidos por sus verdugos, camino al patíbulo que el Régimen del Terror ha destinado para ellos, en la esquina suroccidental de la plaza mayor de Santa Fe.

La procesión sale por una de las puertas de la edificación, afuera, los curiosos se estacionan a lo largo de varios cientos de metros, hasta la plaza, para mirar el cortejo. A la salida del grupo, empezaron las imprecaciones de esa niña bella, esbelta, altiva y valiente que apenas contaba con veintidós años.

Resuena la frase ¡Muero por defender los derechos de mi patria!, que la muchacha lanza a la multitud. Pero también iba dirigida a los guardas que, sorprendidos, no saben cómo responder. Eran sus últimas palabras de aliento a un pueblo sometido y postrado, sacrificado por Pablo Morillo, llamado “El Pacificador”, quien dejó instalado al Virrey Sámano para que gobernara a sangre y fuego en la Nueva Granada a nombre del Rey.

En el trayecto se mezclan los lugareños que comentan el suceso. Sotto voce, unos dicen: “Ella es la sediciosa que apresaron allí arriba”; otros saben que es la costurera, y con algo de temor la señalan como una espía y saben que en su pasaporte se identificaba como Gregoria Apolinaria. Todos tienen razón, dan cuenta que quien avanza entre los sacerdotes y los milicianos es La Pola, una joven valiente, que días atrás fue capturada en una de las casonas del centro de la villa. Ella es la más peligrosa de ese grupo; camino al cadalso, tiene arrestos para arengar a los uniformados: ¡Viles soldados, volved las armas a los enemigos de vuestra patria!

Sobre esa aguerrida joven, hay un pasado histórico que viene desde la Insurrección de Los Comuneros en 1781. Su padre, don Joaquín Solabarrieta, comerciante de El Socorro, hizo parte de esa gesta y estuvo preso durante cinco años. En la psiquis de la doncella que va camino al sacrificio, gravita el peso de la historia desde los comuneros hasta el grito de independencia, el cual había quedado anudado en la garganta de un pueblo ¡Comuneros ni un paso atrás!

Ha lugar para la ocasión, el texto tomado del libro Pretéritas, de José María Vargas Vila “(…) ¡Cuando todo tiembla y vacila, cuando nadie alza la frente, y todos callan confusos y asustados, como si el ala de Dios pasara sobre ellos, entonces la libertad perseguida, se refugia en la mente de los pensadores, como buscan las águilas las rocas más altas, para guarecerse del furor de las tempestades! (…)”.

El socorrano don Joaquín Solabarrieta, quien ha salido de prisión, después de pagar cinco años por participar en La insurrección de los Comuneros, conformó una familia numerosa con la moniquireña Mariana Ríos. Se establecieron en Guaduas; pero la sangre de este comunero bullía, y mucho más sus ansias de independencia y libertad, de lo cual son testigos sus hijos. En su trashumancia se trasladó en 1795 a Chaguaní, vereda La Tabla, hacienda El Hoyón. Don Joaquín, abrió un mesón, paradero obligado, en una ruta alterna al camino real para albergar y procurar alimento a los viajeros y cubrir a sus compañeros de andanzas. Allí nació, según cuenta la tradición oral, Apolinaria Solabarrieta el 26 de enero de 1795. Se dice que por allí pasó Bolívar con sus tropas.

De ese terruño es Apolinaria (nombre como lo deja escrito su padre en el testamento). Nuestra heroína creció en ese ambiente febril de independentistas y conspiradores; su familia trashumante pasó por Honda y Mariquita, respirando anhelos de libertad. Posteriormente, en esos lugares, ya huérfana y en su condición de costurera, hará trabajo de inteligencia para el grupo La Niebla en el que se encuentran los hermanos Almeyda y José Ignacio Rodríguez El Mosca, con quienes servirá de contacto para llevar y traer correspondencia entre la provincia y Santa Fe. Su labor le servirá de pretexto para liberar presos ganándose la confianza de los guardas del Virrey, mientras los otros escapan.

La niña guerrera ha sido detectada y Ambrosio Almeyda le ordena trasladarse de Guaduas a Santa Fe (Bogotá), donde cumplirá labores más útiles como la de ayudar a enrolar jóvenes para el ejército de Bolívar en los Llanos y buscar recursos con las familias adineradas y fieles a la causa.

Apolinaria, camino al sacrificio recuerda las arengas comuneras y la traición que siguió después de la insurrección. Es la dignidad de una lucha, es el legado que ha recibido ¡Valientes, ni un paso atrás, siempre adelante, y lo que ha de ser menester que sea! Lo había aprendido en las conversaciones de su padre Joaquín y de Mariela, prima de Manuela Beltrán, madrina de Catarina. Ahora lo tiene más claro que nunca.

El cortejo sigue su marcha y solo se detiene hasta llegar al sitio donde está dispuesto el fusilamiento para esos nueve jóvenes, y nuestra “Pola” no cesa de arengar: ¡Miserable pueblo yo os compadezco! ¡Algún día tendréis más dignidad!

Acomodados de espaldas para el fusilamiento, como se acostumbra con los traidores (como los tilda la autoridad de la Corona), prefieren ponerse de rodillas y de frente como último deseo.

La voz enérgica de Apolinaria Solabarrieta, es el eco de esa dignidad comunera que le ha permitido, ante el tribunal del Virrey, negarse a firmar el protocolo de su muerte y que le alcanza para erguirse en sus últimos instantes de vida para increpar a todos los presentes: ¡Pueblo indolente! ¡Cuán distinta sería hoy vuestra suerte si conocieseis el precio de la libertad! Pero no es tarde. Ved que, aunque mujer y joven, me sobra valor para sufrir la muerte y mil muertes más. No olvidéis este ejemplo [...]

Su arenga final, no es un canto de sirena, es el trueno que antecede a la tempestad. Después de su fusilamiento, los hermanos Almeyda, al enterarse de su muerte, se toman a Chocontá y hacen arder las guarniciones españolas. “La Pola” se multiplica, es el ejemplo de los jóvenes que se enlistan entusiasmados a las filas patriotas, su acto de inmolación y sus palabras pasan de boca en boca por toda Suramérica. Hasta en Argentina se encuentran poemas a su memoria. Ha servido el sacrificio y pervive a través de los siglos.

 

*ESPECIAL PARA EL NUEVO DÍA

 

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POR HUGO CORREA LONDOÑO*

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