Armero 8 años después

Crédito: Archivo - EL NUEVO DÍA
Hoy, con el vivo recuerdo de mi tragedia he vuelto a Armero. Desde esta inmensa piedra lo divisó todo. Lo que siento no lo puedo explicar. No puedo hablar. Quizás no lo deseo. Me invade una gran tristeza y unas fuertes punzadas se apoderan de mi costado izquierdo.
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Allá muy lejos y bajo un palo de mango hay siete cruces, las tocó una a una y en silencio elevó una oración a Dios. Este, era mi hogar. Esta era mi familia.

Sobre una gran roca, probablemente arrastrada por el río Lagunilla hace 8 años, un residente armerita plasmó días después de la avalancha el sentimiento que a muchos embarga.

Fue la tragedia que padecieron el 13 de noviembre de 1985, cuando la naturaleza se enfureció. Un río se desbordó y sepultó a los pobladores.

Los sobrevivientes recuerdan esta noche como si fuera ayer. La describen detenidamente sin olvidar un solo detalle.

Héctor Orlando Arango sufrió cuatro días entre lodo, cuatro días sosteniéndose de un muerto. Con hambre, con frío y con miedo de morir sin ser visto por los grupos de rescate. 

Noches de angustia

A las 2:30 de la tarde comenzó la emisión de ceniza y un olor fuerte se esparció por toda la región.

Era fuerte, penetrante, pero nunca para pensar que en la noche se presentaría una catástrofe de tales proporciones.

La gente, sin percatarse de lo que sucedía, continuó con sus actividades normales. Nadie huyó del pueblo.

El sacerdote de entonces, anunció por el altoparlante las precauciones que se deberían tomar: retirar la ceniza de los techos y utilizar pañuelos.

El párroco no quería alarmar a la población, sin embargo, algunos comentan que él sí se fue de Armero. La noche del miércoles 13 de noviembre de 1985 cayó un fuerte aguacero hasta las 8 de la noche.

No hacía frío y la tempestad ya había pasado a las 11:00, pero las calles se han convertido en ríos y la gente gritaba angustiada ¡se vino el Lagunilla! ¡se vino el Lagunilla! 

Todos corrían con histeria, los carros con la llantas hacia arriba se ladeaban de un lado para otro. Orlando Arango estaba jugando sapo, escuchando música y tomándose unas copitas con tres amigos más, en el segundo piso una casa localizada cerca a la Caja Agraria, cuando se fue la luz. La torre ubicada en Convenio se la había llevado el Lagunilla.

“Mis amigos se iban a ir, pero yo les dije que nos quedáramos donde estábamos”, comentó Orlando. Abrazo un poste fuertemente, miró hacia el techo y pensó, 'Ojalá que la plancha no se venga encima'. Pero ese soporte que encontró para disimular el miedo, se deslizó y cayó el primer piso.

Instantes después Orlando escuchó que algo muy pesado había golpeado la puerta, “creo que la tumbó. No sé, porque el techo se me vino encima. 'Chepe ¿está bien?', contestó, que sí. Nos llamamos cada uno por el nombre y hasta luego. Se había venido la avalancha.

Ya había llegado el momento. El ruido era tan duro como si 500 monstruos enfurecidos se acercaran al tiempo. La tierra vibraba.

Fueron 20 o 25 minutos de pánico, de angustia, sin saber en qué pararía todo. “Yo me hundía y me salía, me hundía y me salía. Al tercer zambullón, alguien me pegó. Era un brazo. Lo cogí y no lo volví a soltar hasta el domingo siguiente. 

El finado y yo llegamos a la hacienda El Santuario. Fueron 23 kilómetros aproximadamente”.

La noche oscura y en silencio. No se oían murmullos ni lamentos. Nada se veía. Todo parecía estar en calma.

A las 5 de la mañana del jueves, “¿Alguien me escucha? ¿quién está por ahí? ¿alguien me escucha?, era una persona que se sentía sola y única en su drama.

Orlando, sosteniéndose de ese cuerpo grande y sin vida, como de 1.90 de estatura y con más de 130 kilos de peso, volteó a mirar. Era un hombre que estaba a más de 100 metros de distancia. “Sí, aquí estoy yo, Orlando Arango. Yo soy el que vende mercancía... ¿usted quién es? 'El operador de Telecom' me dijo.

Ya comenzaba a aclarar y una avioneta de fumigación dio la vuelta a Armero. '¡Nos vieron, nos vieron! ahora vienen por nosotros', decía al operador de Telecom ilusionado con que su rescate sería ese mismo día. 

Luego comenzó la búsqueda. Los helicópteros venían en fila india desde Lérida. “Sacaban a los muertos amarrados de las manos y los halaban. Así se los llevaban”. Contó el damnificado.

Al caer la noche, a las 5:30 de la tarde o 6 comenzaba otra vez la angustia para Orlando. “No nos vieron”.

Al día siguiente una nueva avalancha los arrastró 15 metros más. Fue cuando Orlando vio una señora al otro lado, a 12 metros de distancia, agarrada de un tronco. Vestía a un babydoll negro. Su pierna y su brazo sangraban.

Empezaron los tres a conversar. De pronto volvieron los helicópteros. Se acercaron y los que tripulaban la nave hablaban como si los vieran. Un reportero gráfico les tomó fotos, y probablemente imaginó que estaban muertos, porque ni siquiera intentó descender para recogerlos.

Mientras tanto ellos gritaban y hacían señas como podían. Tenían miedo de moverse.

El cadáver del que se sostenía Orlando ya se estaba descomponiendo. Olía mal. Se había hinchado y los zancudos lo rodeaban.

“Venga, salte y cójase de este tronco conmigo. Podemos hacer una balsa”, dijo la señora del babydoll negro a Orlando. Él se paró sobre el muerto y de un brinco avanzó tanto como pudo, pero sólo fue un metro. No alcanzó a llegar. 

Después de batallar una obra o tal vez dos, y hacer cualquier cantidad de maniobras volvió al cuerpo sin vida.

Allí se mantuvo con la cara al descubierto y el resto del cuerpo entre lodo, evitando que los mosquitos acabarán con él. De su ropa no quedaba nada, sino la pretina del pantalón, las botas que había estrenado el día del cumpleaños, el cuello de la camisa de poliester marca Rocky, un anillo de oro en cada mano y una cadena con un Cristo en el cuello.

“Si lo recogen a usted primero, que a mí no se le olvide que aquí quedó vivo”, insistía el operador de Telecom.

Finalmente, el domingo a las 3 de la tarde un helicóptero un helicóptero los rescató.

Orlando llegó al hospital de Facatativá. Se había roto un brazo y una pierna. Allí estuvo dos meses. Luego regresó a darle cristiana sepultura al cuerpo que lo había salvado, pero tuvo miedo que lo señalaran como profanador de tumbas. 

Recuerdo que se lleva el tiempo 

El recuerdo de Armero se ha desvanecido con el paso de los años. El tiempo se ha encargado de borrar paulatinamente su imagen. Ya no hay luto, ni sufrimientos, todo quedó atrás.

De esa débil voz de Omaira, que se convirtió en el símbolo de la catástrofe que conmovió al mundo, sólo queda el eco escuchaba por la soledad de Armero. Muchos la recuerdan pero nadie vuelve.

Su sepulcro está ahí en medio de una maleza. Dos banderas blancas y una de Colombia rotas, una muñeca, una veladora derretida que ya no alumbra y unas flores secas, son lo único que acompaña el testimonio de esa tragedia.

Pero cerca a la gran cruz existe otro sepulcro y sobre él la figura de un niño de raza amarilla enviado desde Japón. Esa pequeña estatuilla tiene grabada una poesía escrita por el chileno Dagoberto Melillón Jura: “Omaira llora la cumbia, está muy triste toda Colombia, está enlutada con la tragedia de la montaña, llora Colombia, llora Colombia...” 

Al recorrer paso a paso cada sitio, al caminar entre los escombros, entre las tumbas cubiertas de monte y entre cruces inclinadas, aparece una sepultura diferente. Unos restos que reposan sobre ella. Probablemente son los de muchas personas amontonadas en un mismo sitio. Y más adelante, por el mismo lugar reaparecen otros.

Al seguir pisando ese camposanto, se alcanza a ver una persona. Es un hombre que ocho años después de la tragedia está colocando una lápida. “Una señora de Bogotá la mandó hacer” dijo. ¿Por qué sólo hasta ahora? “Yo no sé”, contestó.

Al otro lado, cerca de la antigua comandancia de Policía, se observa humo sale del monte. Ahí estaba Luis Alberto Mahecha con una brocha escribiendo su apellido sobre una piedra.

¿Y esa quema? “Vine a arreglar la tumba de mi esposa que estaba llena de maleza”. ¿Usted viene con frecuencia? “Antes sí. Ahora vine porque es el cabo de año”.

Habitantes del lugar 

Las ruinas de Armero durante una época se convirtieron en guaridas de ladrones. Hoy es el hábitat de murciélagos.

Al ingresar al hospital San Lorenzo, se descubre un fuerte olor a aceite quemado, que se pierde con otros ambientes. Fetidez total.

En su interior sólo hay escombros. Al pisarlos uno se encuentra con la cueva los vampiros. Todos los que están bajo esa cubierta de madera salen al tiempo, son más de 10. Y poco a poco, los demás van saliendo de todas partes.

50 o tal vez más, pasan rápidamente sin tropezar con nada y sin hacer ruido. Recorren el lugar.

Luego hacia el final del centro hospitalario, se escucha un goteo. Es agua. Baja lentamente y se posa entre dos paredes, manchadas, con grafitis y deterioradas, al igual que las demás.

A las 5 de la tarde los escasos visitantes retornan a sus hogares y Armero vuelve a queda sol.

Dicen que en las noches atracan, pero EL NUEVO DÍA permaneció en el lugar un buen rato y nada sucedió. Nadie apareció. Unicamente un camión con las luces plenas, que quizá se dirigía a Méndez y por lo tanto debería atravesar el antiguo casco urbano.

EL NUEVO DÍA, publicado el 13 de noviembre de 1993

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