Cíclope

Crédito: Cíclope / Técnica óleo sobre lienzo (1999)Un relato de Germán Garzón.
Los ojos de mi abuela eran dos; muy fijos. Ella nunca me permitió pasar desapercibido en su casa (fui bastante molesto y travieso de pequeño). A eso se debió su eterna desconfianza; y no la culpo.
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Estaba muy entrada en años cuando se hizo más evidente su enfermedad y, más firme en mí, la idea de comparar su aposento con un panóptico. Nada que yo hiciera allí quedaría impune. Sin embargo, ejercía mis males de algún modo. “Para eso sí tiene alientos”, decía. Creo que nunca la quise; ella tampoco a mí. Dos a dos/tres a tres. Siempre fue empate.

En parte, la entiendo. No es fácil llevar una vida dura, siempre trabajando. A lo sumo, un marido estorboso y tantos hijos como los dedos de mis manos. Ella no tiene la culpa; no hizo algo para merecer eso. Esa vida dura y su enfermedad (demencia senil), lograron afectarla de tal modo, que le provocó olvidar, en muchas ocasiones, cosas simples como el nombre de sus hijos o comer, pero nunca olvidó mirarme y vigilarme.

No le deseo eso a nadie. Ella, y esta situación de sentirme observado por sus ojos grisáceos y opacos, fue el motivo para producir una de  mis primeras obras, hace años. A mis tías les causaba extrañeza y a veces miedo; aun así, les gustaba.

Por ese entonces formaba mi primer público en mis amigos; ellos iban a ver ese cuadro colgado en la pared de mi cuarto. En la pintura se podía apreciar el contorno de mi abuela totalmente en blanco, centrado en el plano básico del soporte, haciendo  una aparición espectral en la escena, con un enorme ojo inserto en su espalda, rodeada de un ambiente en penumbra y de evocaciones del campo en donde ella vivió.

No niego que era fascinante verla corriendo la cortina para ver a la calle desde la ventana, o verla mientras deshilvanaba  un ovillo de hilo. Se cubría la cabeza con un chal rosado y se ponía unos zapatones verdes de lana gruesa para calentar sus pasos.

¡Qué duro! No se puede devolver el tiempo. De haber podido, sería diferente. ¡Te lo prometo! Lo cierto es que no la habría retratado (o de pronto sí, no lo sé). Debo admitir que esta situación genera aún en mí una leve sensación de ambivalencia. Me explico: tomando distancia y reflexionando un poco más allá del hecho creativo, considero que no fue la mejor manera en que debí abordar esta relación. Es que las experiencias  sensibles son susceptibles de ser arrastradas a la banalidad de lo plástico. Pienso que fui demasiado lejos en el sentido ético del asunto. Es fácil profanar sin querer hacerlo conscientemente. Tengo un sinsabor, siento que trastoqué y puse en vilo esa memoria rica y ambigua de momentos de entredichos e incomunicación.

-¿Qué debí haber hecho como artista, como ser humano y como observador?, me pregunto. ¿Qué debí haber hecho? Debí lograr otro producto, tal vez. Sé que ha pasado mucho tiempo para reclamarle a la vida. Pero antes que retratarla mientras me daba la espalda, desde mi pedante actitud un cazador de imágenes, mejor que eso, mucho mejor y aún más elemental, sencillamente debí decirle que se sentara en el sillón para tomarnos un tinto. ¡Qué rico! Un tinto oscuro y muy dulce; como a ella le gustaba.

Seguro me habría contado muchas cosas de la vida en ese rato, de mis tías cuando eran pequeñas. Porque en ocasiones sus recuerdos venían y así mismo, se iban. El tinto habría sido el pretexto perfecto para darme la oportunidad de compartir con ella un segundo. Al final, mi abuela (con su mirada puesta en la ventana llena de luz) me acogería en su regazo con  aura maternal, y yo, merodeando en su memoria,  dedicaría  la tarde a  escuchar su relato.

- Abuela, esa ruana que llevas puesta está bellísima.

 ¿La tejiste tú?

GERMÁN GARZÓN

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