“La patria es la pertenencia”: una charla con Leonardo Padura sobre el exilio

Crédito: FOTOS: REVISTAARCADIA.COM - EL NUEVO DÍA
En su más reciente libro, ‘Como polvo en el viento’, el escritor cubano aborda el trauma de la diáspora cubana y la importancia de la amistad, el amor y la lealtad. Hablamos con él al respecto.
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En el barrio Mantilla, en La Habana, hay una casa de dos pisos y paredes verdes que se distingue de las propiedades vecinas porque, en la puerta de entrada, su nombre resalta con letras de hierro: “Villa Alicia”.

En algún lugar de esa vivienda se han escrito novelas como El hombre que amaba a los perros, Herejes y la serie del detective Mario Conde. El escritor cubano Leonardo Padura nunca se marchó del hogar que su padre construyó con sus propias manos en los años de la Revolución, siempre ha vivido en el número 75 de la calle Calzada de Managua.

Padura no se fue y no se irá pues, a pesar de las dificultades, “la patria empieza en casa, en mi barrio de Mantilla, este es el lugar al que pertenezco y es la esencia de mi patria, que está adornada por símbolos como un himno y una bandera”.

Bien se sabe que, tras el golpe a Fulgencio Batista en 1959 y la llegada de Castro al poder, miles abandonaron la isla y lo siguieron haciendo años después. Ya fuera en botes, en avión o incluso nadando, los exiliados cruzaron los 150 km de agua que los separaban de Estados Unidos hasta llegar a Key West y otros territorios del sur de la Florida, que, con el tiempo, se han convertido en réplicas a escala de la capital cubana.

Así empezó uno de los grandes dramas que dejó la Revolución: la diáspora de sus ciudadanos, que ha desgajado prácticamente a cada familia y definido una manera particular de pensar y sentir el mundo, aunque el exiliado “nunca deja de ser lo que ha sido originalmente”.

Así lo cuenta Padura en su más reciente libro, Como polvo en el viento, que aborda la historia de un grupo de amigos que ha sobrevivido a un destino de exilio en territorios como Barcelona, el noroeste de Estados Unidos, Madrid, Puerto Rico y Buenos Aires.

“Es una manera de hacer un recuento de lo que ha significado el exilio para esta generación de cubanos, pero también lo que significa el desarraigo y la lejanía para cualquier persona en el mundo (...) un conflicto humano, universal”, dice el autor.

Desde su hogar en La Habana, el escritor cubano más relevante de su país hoy en día habló con Semana Cultura/Arcadia sobre el significado de la patria, el exilio de las nuevas generaciones e incluso el título de su obra, inspirado en la famosa canción del grupo Kansas, Dust in the wind.

 

¿Cuál es el sentido de la patria cuando se vive en exilio?

Yo creo que la patria es la pertenencia, es la relación con un sistema que comprende la geografía, pero más que eso comprende una cultura, una espiritualidad, una forma de entender y expresar la vida.

En América Latina es muy evidente que países que están muy cerca tienen historias muy similares, como pueden ser Uruguay y Argentina, o en el Caribe con Cuba, República Dominicana y Puerto Rico.

Creo que las patrias pueden ser diferentes porque hay singularidades que las identifican y creo que el exiliado, en sentido general, tiene una nostalgia por la patria, una necesidad de la patria. Le es necesario tratar de adaptarse al lugar en que vive porque debe rehacer su vida, es una cuestión de supervivencia y adaptación, pero nunca deja de ser lo que has sido originalmente.

Hay personas que tienen más facilidad para realizar ese tránsito, y otros a los que les cuesta más trabajo; creo que los cubanos son de esos. En esta novela hay todo un capítulo, el primero, que se desarrolla en la ciudad de Hialeah, en el condado de Miami-Dade, donde se ve cómo los cubanos han tratado de reproducir Cuba en ese territorio de Estados Unidos. Allá están haciendo de alguna manera un rescate de la patria desde el extranjero para poder encontrarse a ellos mismos y poder sobrevivir como lo que han sido siempre, como cubanos.

Pero en el interior, cuando vives en la patria, esa noción te es tan cercana que a veces no la expresas, no tienes una conciencia cotidiana de lo que es la patria porque estás inmerso en ella.

 

¿Por qué deja de lado al detective Mario Conde para hablar de la diáspora y qué significa esto en su carrera como escritor?

Esta es una novela que, como casi todas las mías, parte de estas obsesiones que me van acompañando a lo largo de toda mi vida, mi experiencia como cubano y como escritor. El tema del exilio ha estado muy presente en mi literatura.

En La novela de mi vida, el personaje central es José María Heredia, el primer cubano que siente el hecho de ser cubano, pertenecer a la patria cubana, y es también el primer exiliado cubano, el primero que habla de la nostalgia por Cuba.

Y es un tema también que aparece en varias novelas de Mario Conde, en Herejes es un tema importante, con la diáspora judía.

El tema también lo retomé en el guion para la película Regreso a Ítaca, y ahora lo convierto en el tema central de una novela que tiene que ver con la experiencia de mi generación, el exilio, lo que ocurre a partir de los años 90 en Cuba, aunque la historia llega hasta una generación posterior, los hijos de mi generación, en los personajes de Marco, Adela, Ramsés, Fabiola, que también están viviendo afuera de Cuba.

Es una manera de hacer un recuento de lo que ha significado el exilio para esta generación de cubanos, pero también lo que significa el desarraigo, la lejanía, para cualquier persona en el mundo y el sentido de la pertenencia, la permanencia, porque hay personajes que permanecen en Cuba.

He tratado que la historia de estos personajes sea lo suficientemente fuerte, que las motivaciones sean lo suficientemente orgánicas para que expresen, no solamente una necesidad que tiene que ver con una situación específica o que pueda tener una lectura política en un primer término, sino que sea un conflicto humano, universal.

Pienso que lo he conseguido. Cuando uno reduce a una lectura política o a un conflicto de carácter doméstico el tema de una obra, la está reduciendo, por eso busco una lectura mucho más amplia y que tenga que ver con lo que compartimos todos, características de la condición humana mucho más universales.

 

La pandemia y el legado

¿El aislamiento por la pandemia perjudicó en algo a su novela?

Afortunadamente, la pandemia llegó en el momento en el que tenía escrita ya la novela y estaba en la revisión final, por lo tanto, creo que los tres primeros meses de pandemia me fueron más leves, en el sentido en que tenía un trabajo que exigía toda mi concentración.

Era el momento en que, además, todos teníamos más miedo con lo que estaba pasando. No sabíamos exactamente hasta dónde iba a llegar esta pandemia, esta peste, y me concentré mucho en el trabajo de la novela.

 

¿Cree que esta generación de cubanos podría vivir un exilio similar al de décadas anteriores?

Creo que, entre la gente de la generación más joven, no se producirá un exilio de la misma manera.

Siento que la misma homogeneidad, el compartir experiencias y pasar por lo mismo, llevó a mi generación a practicar mucho más la solidaridad. Era la única manera que teníamos para pasar etapas tan difíciles que vivimos.

La sociedad cubana, el tejido social tan compacto que existía, se ha ido dilatando con los años y han ido apareciendo desigualdades. Han aparecido, yo lo repetí cuando publiqué La transparencia del tiempo, destellos de riqueza y bolsones de pobreza.

Creo que, al aparecer condiciones diferentes en las sociedades, pueden aparecer reacciones diferentes de los individuos.

 

¿Hay alguna historia sobre la elección del título de la novela?

Por lo general los títulos de las novelas me llegan al principio de la escritura. Con La novela de mi vida fue lo primero que tuve porque quería escribir la historia de Heredia, pero en este caso me ocurrió algo totalmente diferente.

Pensé como título, desde el principio, El clan disperso, una novela que el escritor Alejo Carpentier empezó a escribir en los años 20, nunca la terminó y esa escritura estaba ahí dando vueltas.

Cuando hice algunos comentarios en entrevistas sobre la novela que estaba escribiendo y que tenía que ver con la diáspora cubana, que la iba a llamar así, de la fundación Carpentier me llamaron y me dijeron que querían publicar los fragmentos que Carpentier dejó escritos.

Entonces tuve que buscar otro título. Lo pensé durante varios días y encontré un poema de (José) Lezama Lima en su libro Fragmentos a su imán, y quise utilizar una paráfrasis de ese título, quise llamar a la novela Los fragmentos del imán.

Pero después me di cuenta de que la palabra imán podía tener más de una interpretación, se podía prestar a una cierta confusión.

Ya con la novela completamente escrita, cuando faltaba solamente la revisión final, la tenía en sus manos mi editor en Barcelona, Juan Cerezo, y yo estaba en México, muy cerca de Cancún, en un centro turístico, por los días que empezó esta crisis de la pandemia.

Estaba en ese lugar con mi amigo, el escritor cubano Francisco López Sacha, que ya había leído algunos capítulos de la novela, y pasamos por algún lugar donde escuchamos la canción de Kansas, Dust in the Wind.

Me dijo Sacha: “Ese es el título de tu novela porque la historia que cuentas demuestra que somos todos polvo en el viento. Que nuestra generación ha sido polvo en el viento”.

Me di cuenta de que yo estaba con Sacha en ese momento y en ese lugar solo para encontrar el título de mi novela.

Es una canción que yo escuché mucho en los años 70 y mi educación sentimental en la música la he escrito hablando sobre el reguetón. Creo que mi generación tiene una gran ventaja sobre las generaciones anteriores porque en la memoria de su formación está la música de The Beatles, The Rolling Stones, Blood, Sweet & Tears, Chicago, toda esta música preciosa de los años 60 y 70.

A diferencia de generaciones posteriores, que van a tener en su memoria afectiva musical frases como “Dame más gasolina” y cosas así de los reguetones que se han escuchado en los últimos años, y entre Dust in the Wind y Gasolina hay una diferencia muy grande.

También es una relación de identificación con la música de esos años y creo que Dust in the Wind es una de las canciones más bellas que he escuchado.

Por lo que se lee en el libro, parece que le tomó bastante tiempo investigar y visitar lugares que refiere en la historia.

Hay mucho trabajo de terreno. A diferencia de otras novelas mías, como El hombre que amaba a los perros, Herejes o La novela de mi vida, donde la investigación fue fundamentalmente bibliográfica, libresca, en este caso eran experiencias, lugares, contextos en los cuales tenía que ubicar a los personajes, tenía que desarrollar las historias, y lo que necesitaba era visitarlos.

Fueron muy importantes para mí los recorridos que hice y las permanencias que hice en ciudades donde viven tantos cubanos y personas que hablan español. Ver cómo se comportaban los cubanos en ese territorio, preservando lo que era, y eso fue algo que me reveló mucho del carácter de ese exilio.

En Hialeah encontré a un médico que me contó hasta qué punto muchos cubanos que viven por fuera siguen viviendo con un pie en Cuba. El hombre me dijo que había atendido recientemente a un señor, le había dicho cuál era el tratamiento para el cáncer que él tenía y el paciente pidió que, antes de empezar el tratamiento, lo dejara llamar a su padrino de santo, en Cuba, para que él le dijera si ese tratamiento lo debía hacer o no. Le consultaba todo a él. Ese hombre, espiritualmente, seguía viviendo en Cuba y estaba viviendo fuera del país.

También fue muy importante ir al estado de Washington, en el noroeste de Estados Unidos, cerca de la frontera con Canadá, para visitar una granja donde se desarrollan un par de capítulos de la novela y por supuesto recordar mis recorridos por Madrid, Barcelona, San Juan de Puerto Rico, Toulouse, Francia y por Nueva York, que son contextos donde ocurre también el libro.

Para mí, el conocimiento de los espacios donde se mueven los personajes es muy importante a la hora de definir sus actitudes. Yo tengo en ese sentido una escritura muy visual.

Cuando hablo de una casa donde están esos personajes, me imagino esa casa, la identifico con una casa que conozco y a partir de ahí desarrollo la acción de la novela y, en este caso, como eran contextos muy peculiares y no estaban al alcance de mi mano, tuve que recorrerlos.

Gracias a un grupo de amigos que me ayudaron muchísimo, volviendo al tema de la amistad, pude estar y conocer estos lugares, y entrar en su intimidad para poder describir la novela.

 

 

TOMADA DE REVISTAARCADIA.COM

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