El legado intelectual de Rafael Gutiérrez Girardot: sobre su archivo personal

Crédito: Suministrada / El Nuevo Día.
El reciente envío de cartas y otros documentos personales de Rafael Gutiérrez Girardot al profesor Juan Guillermo Gómez García, efectuado por su hija Bettina, constituye quizá el más importante testimonio de sus amplias relaciones académicas y profesorales por más de medio siglo de intensa actividad ensayística e intelectual.
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J.H.C.: Bueno, pero para ilustrar a los lectores, y antes de seguir, hagamos un recuento de la vida y obra de Gutiérrez Girardot. ¿De su vigencia?

J.G.G.G.: Gutiérrez Girardot muere en Bonn en 2005 a la edad de 78 años. Había nacido en Sogamoso en 1928, como hijo de un político conservador y su madre era directa descendiente de Atanasio Girardot. Su padre fue asesinado en hechos confusos, cuando tenía el niño cuatro años. Emprendió estudios de derecho en el Rosario y filosofía en la Nacional  sin ninguna fortuna. Como miembro de las falanges, obtuvo en 1950 una beca del Instituto de Cultura Hispánica, que era una institución recién erigida por Laureano Gómez que, de paso, liquidó la famosa Escuela Normal Superior. En España estudió con el filósofo Xavier Zubiri, y con el filósofo del derecho Enrique Gómez Arboleya. En el Colegio Guadalupano, tuvo entrañables amigos como los hermanos Goytisolo.

Fue estimulado a emprender una tarea crítica por el poeta Luis Rosales, director de “Cuadernos Hispanoamericanos”. Como se puede apreciar, en la España franquista encontró un ambiente muy abierto, muy exigente; todo menos fanatismo doctrinal católico.

Esto abrió su amor por América Latina y sobre todo el sentido de raíz problemática cultural. La Contrarreforma como resorte oculto de nuestra identidad de larga duración.

Gana una beca para Friburgo, donde conoce a Heidegger, con quien estudia tres años a Hegel.  Se doctora, luego de cien vaivenes (15 años), con el prominente romanista Hugo Friedrich, con una tesis sobre poesía y prosa en Antonio Machado (publicada en 1969 por Editorial Guadarrama, con el apoyo de Vintila Horia). Como diplomático organiza un importante encuentro de escritores latinoamericanos y alemanes en Berlín en 1962. Regresa a Colombia hacia 1965 y trabaja en universidades imposibles: el Externado de Colombia, Los Andes o la Gran Colombia. De allí sus cuestionamientos radicales contra las universidades privadas. Regresa a Alemania hasta conseguir una cátedra como profesor titular de hispanística en la Universidad de Bonn y allí muere luego de su jubilación.

Si se compara esta trayectoria, con sus inmediatos antecesores, como Eduardo Caballero Calderón, éste llevaba una semi-fósil existencia de hombre de letras apegado a las prebendas del poder tradicional colombiano. La relación de Caballero Calderón con la edición del libro español (Editorial Guadarrama) es sencillamente anacrónica. Pero Gutiérrez se convierte en un impulsor de Taurus (traduce La carta del humanismo, por ejemplo), y luego de Montesinos. Publica allí su Modernismo o traduce Lenz de Büchner. O la Colección “Estudios alemanes” (Sur, Alfa), que publicó por vez primera a Benjamin, Marcuse o Adorno, entre otros sesenta títulos. Abría así horizontes culturales exigentes. 

 

J.H.C.: ¿Y…? Así visto se convierte en un ilustre muerto hasta ahora desconocido en su patria. Tratemos de explicar mejor, a Gutiérrez Girardot lo estiman y admiran muchos…

J.G.G.G.: Es cierto, muchos y otros se quedan con el ripio. Todavía se lamentan que atacó críticamente a Octavio Paz, Ortega, Neruda, Estanislao Zuleta, a Gonzalo Arango y otros. Lo culpan de resentido, de atrabiliario y, como suma, de vargasvilesco. No se le ha leído o no se le quiere leer a conciencia. También irritan sus ataques al indigenismo y se le mofa como: “filósofo alemán nacido en Boyacá”. Lo cierto es que fue un filósofo muy respetado, por el mismo Heidegger, se puede ver en el certificado que le extendió, y con mucho orgullo era boyancense. Leyó a Nietzsche, y su libro dedicado a él de 1966 (Eudeba) es ejemplar de su compenetración con las raíces del romanticismo alemán y el nihilismo. Creo que todo esto se traduce en complejo de inferioridad ante un intelectual que empleó todas las armas (la sátira quevediana y la ironía borgiana) para sacudir el amiguismo entre intelectuales, esta clientela de los hombres de letras que corrompen la vida pública, tanto como los congresistas al país.

 

J.H.C.: Profesor Gómez, lanza usted cosas tremendas…, como hijo de su maestro.

J.G.G.G.: No le he llegado a los tobillos.

 

J.H.C.: Retomemos la pregunta inicial ¿Qué significa que venga este legado al país?

J.G.G.G.: Mucho. Una lección de patriotismo y generosidad para un país que lo saquean por todas partes. Mire solo que la familia de García Márquez negoció sus papeles por millones de dólares a la Austin Texas University. Una vergüenza insólita. Se siguieron llenando de plata a costa de un patrimonio de la nación. Es increíble que nadie, ni académicos, ni los profesores o ministros de cultura o educación (¿nuestra ministra de educación habrá leído en serio Cien años de soledad?) no han pegado el grito en el cielo. Ni los que proclaman que García Márquez es de nuestras entrañas culturales, como creo lo fue su contemporáneo, Gutiérrez Girardot. La fama no es la única medida de la importancia cultural. El legado de Gutiérrez Girardot, y no hago un distingo de escalas de éxito comercial o bulla mediática, es una pieza central de la vida cultural de nuestra nación. Mire usted solo el asunto de los herederos de Tomás Carrasquilla, de los de León de Greiff, acaparan hasta el abuso los escritos de sus ascendientes, de los ilustres literatos que se deben sacudir en su tumba por el impudor de sus descastados.

 

J.H.C.: Entonces, ¿qué acción emprender? ¿Qué cabe hacer para contrarrestar este despropósito, la privatización del patrimonio de la nación?

J.G.G.G.: Primero, conciencia de la importancia capital de esa tradición. Sin tener conciencia de ello, es imposible apreciar su valor, situarlo en el marco de una nación destruida por la envidia, el narcotráfico y la peor de las clases políticas que nos gobierna sin inmutarse. Pero el descaro, no sólo es deshonestidad, sino inconciencia histórica, permite que el patrimonio de la nación (García Márquez) vuele a los USA para disfrute del imperio devorador de nuestro petróleo, pero también de nuestras letras. Nos quitan hasta a Macondo. Nos arrebatan lo más grande y digno.

Aquí no más en el Archivo General de la Nación saquearon los folios correspondientes al consulado de Rubén Darío (1894-95), para revenderlos descaradamente. Diciente es que los Caballero Calderón no conserven el archivo de Guadarrama. Hasta donde sé. Este despojo y auto-despojo hay que evitarlo, esta institucionalización del olvido.

 

J.H.C.: ¿Pero cómo evitarlo?, le reitero la pregunta.

J.G.G.G.: Con dignidad, que es ante todo conciencia, toma de conciencia de nuestra nación que nació de Bolívar. Gutiérrez Girardot fue bolivariano hasta las cachas. Amó a su patria, a América Latina, amó a Bello, Sarmiento, González, Prada, Rubén Darío, Silva, Borges y muchísimos más que estudió sin comparación, en profundidad y agudeza. Como un intelectual combativo, como  el último intelectual de nuestras lastradas naciones. Gutiérrez Girardot enseñó a vivir la categoría de juventud con enorme dignidad.

Hay que crear un archivo literario de la nación, como responsabilidad pública de primer y urgente orden. Hay un ejemplo en Marbach, en la patria chica de Schiller. Alguna vez lo puse de ejemplo a Antonio Caballero, pero el ilustre hijo de Eduardo y nieto de Luis, me mandó a donde José Obdulio. Esto es urgente… urgentísimo. “Entre todos, lo hacemos todo”, decía el mexicano Alfonso Reyes.

 

El archivo como origen

J.H.C.: Y el destino final del Archivo…

J.G.G.G.: Los archivos son parte de la cultura de la nación.  Este primero, lo estamos organizando, clasificando, garantizando su supervivencia en el tiempo, gracias al apoyo institucional de nuestra Facultad de Comunicaciones y Filología y del grupo Gelcil de la Universidad de Antioquia.

Este Grupo es muy dinámico, lo impulsan la pasión y el rigor filológico. Luego, una vez aprovechado en una edición que estamos realizando, lo depositaré en la Universidad de Antioquia, o Nacional (sede Medellín) o Luis Ángel Arango, en cuanto sea posible. Adicionalmente estamos (bueno, el plan en el papel) en la publicación de las obras completas, 45 tomos a los menos. Hay de todo: ensayos, libros, cartas, entrevistas, epistolario, sus cuadernos. Veremos. Necesitamos mucho apoyo institucional, hasta del sector privado.

 

J.H.C.: Obras completas. Es un proyecto enorme.

J.G.G.G.: Sí enorme. Digámoslo con palabras de un escrito enviado como a mediados de los setenta, a María Mercedes Carranza, que quedó, como muchas de sus cosas, inédito, no sin antes insistir que el problema de la nación es la lengua, la enseñanza de la lengua, como principio comunicativo: para podernos entender, dialogar. Hablar sin frivolidades, sin diletantismos. Hablar y escribir con clarividencia y sentido de la continuidad: “…las obras completas de los autores muertos no son solamente un acto de justicia, sino que en muchos casos pueden ser una necesidad nacional, la de poner en claro, al menos, qué es la nación, lo propio…”.   

         

J.H.C.: En pocas líneas profesor Juan Guillermo, ¿qué es un archivo? ¿Para qué?

J.G.G.G.: El archivo es la materialidad tangible y socialmente consultable del origen. Sin conciencia del origen no hay conciencia histórica, no hay un hilo de humanidad consciente. Dirigir un archivo es dirigir de algún modo un sentido de la nación. De ahí la importancia de sus directores, la mayoría son una calamidad vergonzosa… Esta conciencia del origen (la historiografía) configura lo histórico. Da sentido al paso de las horas.  A una trayectoria, a lo que feneció de ella, a lo que habría que renovar y definitivamente sepultar. El origen para los románticos fueron los vedas, para Heidegger los presocráticos. Para Lenin Marx. Para Gutiérrez Girardot

Lo esencial es arraigar. Meditar. No caer en especulaciones, en griteríos. Sobriedad, rigor, polémica son los postulados de la vida intelectual. La verdadera esperanza consiste en asegurarnos que el pasado no se vuelva a repetir (como catástrofes continuas) y forjar un futuro conscientemente diferenciado. Lo que cabe es que el estudiante tome conciencia de las bases de su existencia histórica y actúe con una sensatez jovial. Si no, caemos en el nihilismo de la farándula. La violencia devastadora. El reinado de los Smith y Wesson.

JOSÉ HERNÁN CASTILLA MARTÍNEZ

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