Viven del día a día en pleno confinamiento

Crédito: Antonio Guzmán Oliveros - EL NUEVO DÍA
Ni los restaurantes botan comida para los habitantes de calle, y hasta los pocos residuos que arrojan son suficientes para calmar el hambre durante este confinamiento obligado para evitar el aumento de Covid-19.
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Son personas que viven del día a día, algunos con sus chazas buscan rebuscarse la comida y los 10 mil pesos para la pieza, otros viven en la calle pero buscan algo para comer, la mayoría lo encuentran en la basura, y otras personas, sin saber o no si es negocio, salen con niños a pedir dinero.

Pero en este confinamiento, hasta para quienes viven en la calle ha sido difícil remover en las bolsas de basura y no encontrar un hueso con un poquito de carne o una porción de arroz que alguien no quiso terminar en un restaurante.

Son tres historias de ciudadanos, que andan todos los días por la carrera Tercera, seres que deambulan entre la multitud, a veces llamados desechables, que en algún momento sus vidas dieron un vuelco del cual no pudieron salir.

Por la carrera Tercera, un habitante de calle revuelca la basura en busca de su almuerzo, ya que tampoco halló qué comer para el desayuno, no se enoja por la foto, solo espera encontrar un ‘bocado’ de un extraño que haya botado en la caneca.

Solamente dice que “está jodida la vaina, la gente no compra nada, no consume, todo está solo, las canecas vacías, y aunque he mirado, no he conseguido nada para comer”.

Mientras revuelca la cesta, en medio de los residuos encuentra un empaque de icopor (poliestireno expandido), revuelve la hoja de aluminio que hay adentro y para su sorpresa, esta vez no le dejaron mucho al hueso, abre una copita con una salsa, y con su dedo limpia lo poco que quedó allí, y luego se lo lame. Fue lo único que encontró luego de cuatro días de confinamiento.

‘Una monedita’

Para muchos ciudadanos es común ver a las indígenas embera deambular por las calles, algunos dicen que se aprovechan de esta situación para pedir plata y es un negocio para captar dinero, otros le ayudan por misericordia, pero durante estos días prohibidos para salir, aún así, salen a rebuscar.

Ellas, quienes tienen prohibido hablar con extraños, y mucho menos lo pueden hacer con personas de prensa, solamente hablan en su idioma nativo como para evitar que les tomen fotos o las indaguen, pero la cámara nunca oculta una triste y dura verdad.

En plena calle 15 con carrera Tercera, un taxista, que pudo haber tenido un buen turno o apenas inició turno, extiende su mano a la niña, esta mira, también la extiende, luego la recoge, mira a su progenitora y luego vuelve su manita hacia la moneda.

Al acercarnos, la misma niña muerde un hueso al que le saca un poco de carne, pero quien está con ella la reprende y el pedacito de alimento cae al piso.

Con su chaza por las calles vacías

A sus 63 años, Julio Obando Pérez recorre las calles del centro de Ibagué con su coche y productos alimenticios en paquete, además de varias marcas de cigarrillos. Sale a rebuscarse lo de la habitación, pues vive del día a día y donde reside, debe de llevar lo que cuesta la noche.

Cuenta que no siempre vivió de la venta callejera, pues desde los 12 años, cuando sus padres lo trajeron de Filadelfia (Caldas), vivió y trabajó en una finca por la vereda Santa Teresa (sur de Ibagué), hasta hace 23 años cuando falleció su mamá, se fue a vivir a Caquetá, luego retornó a la Capital Musical.

Durante estos días de confinamiento, con la mayoría de calles solas, sus ventas se redujeron a la mitad, dice que sus clientes este fin de semana fueron los vigilantes y taxistas, ellos, le pagaron estos días su techo, pues en un día ordinario vende un aproximado de 40 mil pesos diarios, en este ‘puente de reyes’ extraordinario apenas ha vendido 15 mil pesos en dulces y cigarrillos.

ANTONIO GUZMÁN OLIVEROS

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