El Rey que perdió la cabeza

Crédito: AFP
¿Cuál es el futuro de la monarquía? ¡Quién puede saberlo! Nada garantiza que Felipe VI no tenga que abdicar, como tuvieron que hacerlo su padre y su bisabuelo.
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¿Cómo juzgará la historia al rey Juan Carlos I? Difícil saberlo. Con Juan Carlos Alfonso Víctor María de Borbón y Borbón nada es previsible. Su vida está llena de contrastes y paradojas, de altas y bajas, de mieles y amarguras. Antes de ser rey padeció la tragedia de no ser casi nadie, tan solo un objeto en disputa entre su padre el conde de Barcelona, don Juan de Borbón, y el dictador Francisco Franco, quien lo ponía y lo quitaba de un sitio para otro a su antojo.

Cuando nació (Roma 1938) la monarquía estaba moribunda y España vivía una feroz guerra Civil (1936-1939) en la que perdieron la vida un millón de personas, la mayor tragedia que haya vivido jamás la península. Alfonso XIII su abuelo, había abdicado en favor de su padre, Juan de Borbón. Por este hecho, a los tres años de nacido Juan Carlos se convirtió en príncipe heredero de la corona, de una corona que debería esperar cuarenta años para ser restaurada. Durante mucho tiempo, Juan Carlos tuvo que jugar al tonto y aceptar los caprichos de Franco, quien finalmente en julio de 1969 lo designó su sucesor, a título de rey, desconociendo los derechos del conde de Barcelona, con quien jamás se entendió. Tal designación suponía un quiebre ilegítimo de la sucesión dinástica. El episodio se zanjó, gracias a la renuncia que hiciera de tales derechos el conde Juan. La escena quedó documentada y es bellísima. Sucedió el 14 de mayo de 1977 y es uno de los hechos políticos más relevantes para la historia de la monarquía española. 

El conde Juan de Borbón era un demócrata liberal. Así como suena. Creía que la monarquía debía adaptarse a las realidades sociales de los tiempos, respetar la voluntad popular, que el rey tenía que serlo de todos los españoles y ejercer un poder arbitral por encima de los partidos políticos y las clases sociales, y funcionar dentro de un estado de derecho en el cual gobernantes y gobernados estuvieran sometidos a leyes, expedidas por una auténtica representación popular. Y que si bien, la religión católica era la profesada por la mayoría del pueblo, había que consagrar un régimen de plena libertad de cultos, conforme al Concilio Vaticano II. Tras un panegírico a su padre Alfonso XIII, el Conde renunció a sus derechos y cerró el discurso con una nobleza sin par, dirigiéndose a Juan Carlos dice: “Majestad, por España. Todo por España. ¡Viva España, viva el Rey!”.

 El cambio político y social venía gestándose hacía muchos años, aunque esto no fuese evidente. El 20 de diciembre de 1973, la banda terrorista ETA asesina en Madrid al presidente del Gobierno, el almirante Luis Carrero Blanco. Un hecho que, no obstante lo repudiable permite visualizar el agotamiento del régimen y aviva las tensiones políticas subyacentes en la sociedad. El sepelio se lleva a cabo en un ambiente enrarecido, crispado y cargado de miedo. El Generalísimo preside las honras fúnebres, el príncipe Juan Carlos dos pasos atrás desfila por las calles de Madrid, plenamente visible, es la persona más alta. Años más tarde se convertiría en la más grande, por su papel en la transición a la democracia. Se viven momentos de tensión, la dictadura juzga a diez trabajadores por el delito de intentar constituir un sindicato independiente. La ultraderecha se moviliza frente al palacio de Justicia para exigir que estos sean enviados a la horca. Se teme lo peor. Entre tanto, la radio nacional transmite música de Beethoven, tratando de rebajar la tensión que se palpa en la ciudad. Muchos creen que el régimen va a desatar una represión brutal y sangrienta. Sin embargo, eso no se produce y la oposición antifranquista dentro y fuera del país toma nota de que algo está cambiando. Ni el Gobierno ni el Ejército pierden la calma.

 

El reto de hacerse rey y liderar la transición

 

Los españoles intuyen que el final de Franco se aproxima, ante su calamitoso estado de salud, el príncipe es encargado de la jefatura del Estado. España atraviesa una crisis, Marruecos ha puesto en marcha la reivindicación del Sahara, la famosa “Marcha Verde”, protagonizada por 350 mil marroquíes. Las cosas no están fáciles para Juan Carlos. En el franquismo hay incertidumbre, algunos en sus filas solo quieren que sea una figura decorativa. Para la oposición es apenas un pelele. Sin embargo, ese estado prebélico y la tormenta que se cierne en los cielos españoles, le permitirán al príncipe de España comenzar a revelar un talante de estadista, de estratega y diplomático que nadie hasta ese momento le conoce. En absoluto secreto, envía a un emisario a Washington para que se entreviste con Henry Kissinger, el secretario de Estado y le transmita un mensaje personal. Manuel de Prado y Colón de Carvajal, su hombre, tiene una misión: conseguir que los americanos ayuden a frenar la arremetida marroquí y evitar que aprovechen la crisis que causará la partida de Franco.

Tras este episodio vendrán otros, algunos ampliamente conocidos, que terminarán por inaugurar el “Juancarlismo”. Uno de ellos fue gestionar la sucesión. Antes de que muera Franco, envía un mensaje a su padre en París, de quien se encuentra distanciado. Le hace saber que cuenta con el respaldo de las fuerzas militares de tierra, mar y aire, pero al mismo tiempo le ruega que se abstenga de hacer declaraciones públicas que puedan complicarle la vida. El 20 de noviembre de 1975, tras una larga y dolorosa agonía, muere el Generalísimo. Finalmente, ha llegado el momento de Juan Carlos, el 22 de noviembre es proclamado Jefe de Estado y Rey, Juan Carlos I de España. En su discurso anuncia que quiere ser rey de todos los españoles, y de cada uno en su propia cultura y singularidad. Sin embargo, casi nadie cree en él, muchas personas piensan que será recordado como Juan Carlos “El breve”.

Conducir el país hacia la democracia es el reto. Junto a Adolfo Suárez, el presidente de Gobierno designado por él, emerge como el gran protagonista de esa transición. Su prestigio crece dentro y fuera de España, al igual que el afecto de los españoles. Hace realidad un sueño: “Ser el rey de una república”, como se lo dijera a Winston Churchill durante una cena en Londres. En España terminan aceptándolo todas las facciones políticas, económicas y sociales. Los monárquicos, los liberales, los socialistas, los republicanos, los separatistas, el Opus Dei, los comunistas, de hecho traba amistad con Santiago Carrillo, el secretario general del Partido Comunista. Su momento cenital llega el 23 de febrero de 1981, con el intento de golpe de Estado perpetrado por el teniente coronel Antonio Tejero, quien irrumpe en el Congreso de los Diputados con pistola en mano. Esa intentona es desactivada gracias a la intervención del rey, aparece en la televisión vestido de capitán general de los ejércitos desautorizando tal golpe. A partir de ese momento, los flashes y reflectores se centran en el rey. Ya no es el heredero de Franco, ahora es el símbolo de la unidad española, y el garante de la democracia, una democracia joven que comienza a llevar a España por una nueva andadura. En 1982 es elegido Felipe González, quien habrá de gobernar casi 14 años y el país vivirá una época de bonanza y esplendor que sólo la crisis de 2008 habrá de ensombrecer.

 

 

 

Cuando las luces se apagan

Pero el poder obnubila, y seguramente hastía. El 11 de abril de 2012 en un safari en el sur de África, en las áridas llanuras de Botsuana, con su rifle Rigby Express de calibre 470 el rey disparó siete veces contra un elefante. Está a 7.566 kilómetros de la Zarzuela, pero eso no impide que las fotografías en las que posa junto a su trofeo de caza rápidamente lleguen hasta su reino. Estalla el alboroto. Los medios de comunicación publican unas antipáticas fotografías de aristócratas miembros de la nobleza europea cazando elefantes. El rey ha perdido el olfato político, ignora que vive en una época en la que los ecologistas y animalistas tienen voz, y que el mundo sigue cambiando. Días más tarde, sufre un accidente en el delta del Okavango, se fractura la cadera y todo sale a la luz pública. Trasciende que ha estado acompañado de Corinna zu Sayn-Wittgenstein, su amante. A partir de este momento, los astros se desalinean y comienza un viacrucis que aún no termina. El rey se ve forzado a ofrecer disculpas a sus súbditos, algo insólito. Promete que no volverá a suceder. Y en efecto, no vuelve a cazar elefantes, sin embargo comienzan a saberse cosas peores. El distanciamiento con la reina Sofía es inmenso, tarda tres días en ir a verle al hospital.

Desde hace meses España viene enterándose de cosas feas. El escándalo del elefante y su amante alemana, se suma a otros relacionados con la corona. En 2010, su hija Cristina y el esposo Miguel Urdangarin, los Duque de Palma, resultan envueltos en un caso de corrupción política que los lleva a los tribunales. Les imputan cargos de malversación, fraude, prevaricación y blanqueo de capitales. Una sombra oscura planea sobre la corona. En la calle comienzan a agitarse voces antimonárquicas, y los ojos se posan sobre él como jefe de la familia real.

Ahora que leo las crónicas que dan cuenta de los escándalos que sacuden a la corona, vienen a mi memoria los recuerdos de la visita de Estado que realizara a España el presidente Álvaro Uribe, en julio de 2005. Un querido amigo hizo que el gobierno español me invitara a la recepción que el rey le ofrecería en el palacio Real de El Pardo. Al igual que muchos latinoamericanos crecí odiando a los reyes, quizás por culpa de Fernando VII y de la crueldad de la reconquista. Sin embargo, pudo más la curiosidad y concurrí para observar con ojos de advenedizo la recepción. La entrada al Pardo me resultó enigmática, pensaba que desde alguna de esas pequeñas y oscuras ventanas el fantasma de Franco lo observaría todo. Me impresionó la sobriedad. No había boato, ni pompa, ni protocolo casi. La única instrucción a los invitados era la de no abandonar el recinto hasta tanto el rey no lo hiciera. Juan Carlos I lucía un elegante traje azul, nada que lo acercara a la estética de un monarca. Me pareció un hombre tranquilo, campechano, como suelen decir de él. Nunca había visto a un rey en persona, de hecho, ha sido la única vez. No me deslumbró. En cambio, dos mujeres atraparon mi atención, la reina Sofía y doña Lina Moreno, conversaban como dos viejas amigas, como si fuesen unas invitadas más a la recepción. Cómo da de vueltas la vida. Hoy, el expresidente colombiano es objeto de un arresto domiciliario y el rey español se ha autoexiliado para alejarse de los escándalos. ¡Qué efímero es el poder! Salvo la muerte, nada es eterno.

 Del poder se dice que por pequeño que sea, altera la visión y cambia el espíritu de quienes lo tienen. Sobre Juan Carlos I existe una biblioteca de crónicas y biografías que describen centenares de episodios llenos de luz. España entera se rindió a sus pies, como “el piloto del cambio”. Parecía que el poder no había logrado trastornarlo. Paul Preston, uno de los historiadores ingleses que más conocen historia de la península, escribió en 2003 una monumental biografía titulada, el “Rey de un pueblo”, en la cual destaca los múltiples sacrificios del monarca borbónico en favor de la supervivencia de la monarquía. Preston por supuesto no es el único. Al menos media docena de historiadores han dedicado miles de páginas a reseñar la vida del “Rey para los republicanos”, biografías que seguramente tendrán que ser reescritas a la luz de los actuales acontecimientos. Juan Carlos I fue objeto de veneración en casi todo mundo, y en particular en América Latina. Tanto que en una cumbre Iberoamericana un presidente le dijo: “Bienvenido, Majestad. Hace 500 años que lo estábamos esperando”. Todos querían una fotografía con él. “¡Por qué no te callas!” Le espetó en una de esas cumbres a Hugo Chávez, quien despotricaba del expresidente José María Aznar. El rey extendía así la arrogante y antipática sombra de los borbones sobre un presidente latinoamericano, y no pasó nada. Antes que rey de España era Juan Carlos I.     

Es difícil encontrar una celebridad que no haya sido su amiga. Toda la realeza europea, con la cual está emparentado, todos los jefes de estado, todos los jeques y príncipes árabes, todos los banqueros, los escritores más célebres, entre ellos García Márquez, todos eran sus amigos. Era el rey de oros de la baraja. Como amigo personal de George Bush (padre) intentó normalizar la relación con EE.UU., maltrecha por la decisión del presidente Rodríguez Zapatero de retirar las tropas de Irak. Lo tenía todo y más. Quizás tanto halago lo hizo pensar que era intocable, que podía arrojarse ante los pies de su amante, Corinna Larsen, y regalarle no solo 65 millones de euros que le había donado el rey Abdala de Arabia Saudí sino también las propiedades inmobiliarias regaladas por el rey de Marruecos en Marrakech.

 

La abdicación y el exilio

Posiblemente, la premonición de que estas cosas podían trascender al mundo de los plebeyos, lo hace abdicar en favor de su hijo Felipe en junio de 2014. Sabe que ya no es parte de la solución, sino del problema. Han aflorado rumores, revivido antiguos fantasmas que permanecieron en la penumbra durante largos años, vinculados con una larga lista de amantes, negocios turbios por comisiones de petróleo y generosas donaciones que van a parar a fundaciones tapaderas en paraísos fiscales, sin que la hacienda española se entere. Y entonces, de repente, toda la gloria y todo el carisma labrados durante largos años se derrumban como un castillo de naipes. Las luces comienzan a apagarse. Su tiempo ha terminado. El rey emérito se ha marchado tratando de sofocar el escándalo y las voces republicanas, para facilitarle la vida a Felipe VI, es posible que nunca regrese y muera en el exilio. Lejos de sus hijos y nietos. Es posible también que nunca sepamos cuándo perdió la cabeza, y en qué momento echó por la borda el inmenso legado que él mismo construyó y que luego convirtió en un legado de cenizas. Tiene 82 años. Ahora, en torno suyo hay más sombras que luces.

 El emperador Calígula, en un momento de cordura, le encargó a uno de sus esclavos la misión de repetirle, de tarde en tarde, “acuérdate que eres humano”. Habría hecho bien Juan Carlos I en pedirle a uno de sus súbditos la tarea de susurrarle en las noches de tedio en la Zarzuela: “Acuérdate que eres el rey”. Algo que nunca se le olvidó a la reina Sofía.

 ¿Cuál es el futuro de la monarquía? ¡Quién puede saberlo! Nada garantiza que Felipe VI no tenga que abdicar, como tuvieron que hacerlo su padre y su bisabuelo. En los días de esplendor del Generalísimo se hizo famosa una frase: “Después de Franco, las instituciones”. Hoy podríamos preguntar: Y después de Juan Carlos I ¿qué? La historia de España es fascinante, y no se termina nunca.

 

 

GUILLERMO PÉREZ FLÓREZ

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