Memorias de un tolimense veterano de la Guerra de Corea

Crédito: ANTONIO GUZMÁN OLIVEROS – EL NUEVO DÍAJuan Bautista Rojas sostiene la fotografía de cuando hizo parte del Ejército Nacional.
Juan Bautista Rojas recuerda sus días en el Ejército, el duro entrenamiento que encaró y, cuando sin saberlo, alzó la mano para ser parte de la historia del Batallón Colombia.
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A sus 90 años y con una mente muy lúcida, Juan Bautista Rojas recuerda el día que se enlistó para el Ejército Nacional y, cuando después de jurar bandera, alzó la mano para sin saber en ese momento, iba a pasar a la historia como uno de los colombianos que libró la Guerra de Corea.

Sentado diagonal al parque donde en 2005 extrajeron el árbol de mango que hoy reposa frente a la Gobernación del Tolima, este veterano de Guerra inicia su narración, sin olvidar sus raíces, pues se siente orgulloso de haber nacido en La Tebaida, un lugar entre San Bernardo (Ibagué) y Alvarado.

Cuando se le pregunta cómo llegó al Ejército, recuerda el primer suceso que vivió por la guerra que en ese entonces se vivía en Colombia por la violencia bipartidista. Por su cercanía a Venadillo, decidió presentarse en este municipio, pero allí no lo recibieron.

“Nosotros éramos conservadores y esa tierra era toda liberal, y como no me recibieron, entonces me fui con un grupo de San Juan de La China que salió para Ibagué a presentarse, corría el año de 1952 y desde acá me llevaron a Neiva y luego hasta el batallón Juanambú en Florencia”, inicia su narración.

Recuerda que sus inicios antes de jurar bandera fueron muy difíciles, pues el entrenamiento era muy duro y recibió muchos golpes; así vivió seis meses hasta que terminó ese primer momento militar.

“Cuando juramos bandera nos enviaron a varios sitios, entonces dijeron que iba a haber un curso en Bogotá y que alzáramos la mano quienes decidiéramos ir, pues yo la levanté y cuando llegué a Neiva supe que era para el Batallón Colombia.

“Ahí se presentó el comandante y cuando dijo Batallón Colombia pensé, ‘no hay más que hacer, me voy para alguna guerra’, pues ya sabíamos que había un primer contingente”, cuenta.

En Bogotá recibió otro entrenamiento, esta vez en La Calera, también ejercicios difíciles. Cuenta entre risas, que como él sabía el oficio de peluquería, a veces se iba a cortarle el cabello a los soldados y así descansaba un poco de las duras prácticas.

“Estuvimos un mes en La Calera y de ahí nos mandaron para Cartagena a esperar el barco, el recorrido llegó con soldados de Estados Unidos y mexicanos, nos recogieron y salimos para Panamá. A las 5 de la tarde entramos al canal, pasamos la selva y a las 6 de la mañana llegamos al otro lado, el barco tardó 15 días en llegar a Hawái; allí duramos un día y nos dejaron salir porque al otro día zarpábamos a Seúl, otros 15 días”, recuerda Juan B. Rojas.

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A la guerra

Al llegar a Corea los subieron a un tren y desde allí para los diferentes batallones, dice que siempre estuvieron junto con soldados mexicanos. Su misión, entre muchas, consistió en realizar patrullas de observación, instalar cercas, sembrar minas y como radio operador.

“Siempre nos mandaban a patrullar, pues uno no se mete de frente al enemigo, había una línea de guerra y uno llegaba hasta cierto punto a observar y escuchar lo que podía ocurrir.

“Tuve un enfrentamiento bravo y fue porque el soldado del radio, que tenía que ir a esa comisión, se enfermó, me mandaron a llamar  para ser el operador radial, salimos a las 10 de la noche a pasar unos valles y con el teniente nos tocó la retaguardia y estar en contacto con los que iban al frente, a ellos les tocó más duro”, rememora.

Para esa misión, su equipo era el radioteléfono y una carabina, debía además guardar la espalda del teniente, pues siempre estuvieron de frente al enemigo y sin saber desde dónde los atacarían.

“Estuve en Monte Calvo o Cerro 180, eso pasaban muchos aviones y había bombardeos, también en Thunderbolt; duré un año en Corea y no conocí ninguna ciudad, siempre en el monte, la línea estaba cerca”, cuenta.

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Ocho días de fiesta

Luego de un año y con el tercer relevo, ya el pensamiento era de tranquilidad, pues aparte de los momentos de combate, cuenta que tuvo momentos tristes cuando escuchaba decir que qué hacían por allá y por qué no se devolvían para Colombia, un trato duro.

“Estar en tierra extraña es duro, yo tenía 22 años cuando me fui para el Ejército y en una guerra de otros países, por eso cuando nos devolvimos, hasta el viaje se hizo más rápido” ríe.

Al llegar a El Dorado, los recibieron, les dieron una corona y todos para sus lugares de origen. Atrás quedaron las llevadas de municiones, las noches en que salían a patrullar y poner alambradas, como en una ocasión en que estando en ese oficio los bombardearon.

“Cuando llegué a mi pueblo esos todos a preguntar que cuántos había matado, que cómo me fue, qué si había sido herido y se armó una fiesta que duró ocho días”, comenta Juan B.

Al indagarlo sobre la no continuidad en el Ejército, dice, “acá la guerra sí era diferente, al menos allá uno sabía dónde estaba el enemigo, acá sí le disparaban a uno desde donde sea y la vida militar en esa época era muy dura”.

Con sus reconocimientos y con una orden presidencial de que todo militar que hubiese estado en Corea debía de ser contratado para laborar, Juan Bautista cuenta que un día se fue para Chapetón, donde quedaba Bavaria y allí consiguió su empleo y su jubilación.

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Donó el árbol de mango

En 2005, y tras 20 años de haber sembrado en el barrio La Castellana un árbol de mango, llegó el día de decirle adiós a su ‘hijo’, y ahora verlo frente a la Gobernación del Tolima.

“Acá enseguida vivía un señor que todavía tiene una ferretería por la carrera Segunda con calle 15, y me preguntó que si donaba el árbol, le respondí que claro. Yo lo sembré, lo cuidé hasta que estuvo grande, pero que si lo necesitaban, ahí estaba.

“No sé si habló en la Alcaldía o dónde, pero a las 6 de la tarde se lo llevaron porque también habían visto uno en la Universidad del Tolima, pero ahí no lo donaron. Hubo una ceremonia y eso fue difícil para arrancarlo, se necesitó una excavadora grande para poderlo levantar”, recuerda.

Luego de que fue sembrado en julio de 2005, la familia entera, y como si fuera la tradición de visitar a uno más de la familia, duraron varios años que se iban todos a principios de año a tomarse fotos alrededor del mango. “Cuando paso lo miro y veo que está cargadito y bien cuidado”, apostillo.

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ANTONIO GUZMÁN OLIVEROS

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