Ocultar tanta conducta aberrante ha sido el peor de los negocios de los jerarcas sucesores de San Pedro y de los demás discÃpulos que han debido, a través de los tiempos, orientar hacia Dios al género humano, antes que obsesionarse por las mieles del poder y los placeres que se derivan de acumular riquezas e influencia en nuestras sociedades.
Esta forma de enfrentar la vida es algo que viene sucediendo desde tiempos inmemoriales. Tal vez se comenzó a generar a partir del establecimiento del celibato, el peor error que hayan podido cometer quienes fueran sus representantes en aquellos tiempos del oscurantismo, cuando hasta en los templos se llevaban a cabo orgÃas para celebrar distintos acontecimientos.
Yo recuerdo que papá hablaba de una novela que habÃa leÃdo, publicada en el siglo XIX, y cuyo tÃtulo debÃa espantar a beatas y beatos: “La Hija del Cardenalâ€.
También recuerdo que por las calles de mi pueblo se paseaban unas niñas de ojos claros, muy simpáticas, que según la chismografÃa lugareña eran hijas del cura párroco. Y nos les faltaba razón a los envidiosos porque eran igualitas al cura simpaticón y de ojos igualmente claros. A él las chicas le decÃan tÃo, y él las llamaba “sobrinas†con la sonrisa de satisfacción de cualquier padre.
En fin. Tales actitudes bien podÃan pasar por rumores infundados, producto de la envidia, pero era algo que no menguaba la fe en la religión ni la creencia en Dios, tal vez sólo producÃa una mueca que terminaba dibujando una sonrisa complaciente.
Mejor dicho, era una conducta comprensible, pues bien sabÃamos que ellos eran seres humanos, algunos más débiles que otros. Por eso, quizás, el acerbo de chistes populares está plagado de estas conductas de los curas, cuando no de su debilidad por cuerpos tiernos de su propio sexo. Y todo se quedaba en eso, puros chistes y gracejos.
Pero ahora resulta que el destape ha sido tan violento que resultan abrumadores los casos de curas pedófilos marcados por conductas criminales que ya uno no sabe qué actitud asumir.
Sin embargo, la existencia de Dios no está en duda ni los rituales con los que le damos gracias por nuestra existencia. Está tan en duda es el clero, como jerarquÃa eclesiástica, que nadie sabe si desearles el cielo o es mejor decirles que se vayan para los infiernos.