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Ibagué, Colombia - Sabado, 31 de Julio del &año

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La juvenilización de la vida laboral

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PobreEl mejor 

MARIANA JARAMILLO FONSECA (*)
Desde siempre le he tenido miedo a la vejez, no por sus achaques físicos que me parecen naturales, sino por mi no-lugar en el mundo laboral. Cada día con mayor ímpetu, los medios de comunicación, y las diferentes organizaciones, exigen que sus miembros sean cada vez más jóvenes, a la vez más experimentados, y con niveles de estudios más altos. Con esta política las empresas buscan mano de obra mejor calificada pero a la vez más fácil de explotar porque estos jóvenes tienen la formación pero deben conseguir la experiencia y eso tiene un precio, situación que las organizaciones aprovechan.

El hecho de que cada día las nuevas generaciones vengan mejor preparadas, hace que la competencia en el mercado laboral sea más dura y difícil y si a eso le sumamos el hecho de tener que ser menor de 30 años, la cosa, para quienes ya pasamos esa edad fronteriza, se pone cada vez más negra. Porque es que en términos laborales la vejez llega más temprano. A los 35, si no se tiene un trabajo medianamente estable, las posibilidades de conseguir uno completamente estable, se reducen. La posibilidad de vincularse de forma permanente a una organización es cada vez más difícil.
Esto lo que evidencia entonces es que lo importante es verse y ser joven pero no la experiencia juntada por años de desempeño en una o varias áreas. El trabajo entonces deja de ser un derecho fundamental y se convierte en un privilegio para quienes además de ser jóvenes, están formados profesional o técnicamente. El resto de personas que pueden tener una parte de la formación y el resto en experiencia parece que no son consideradas valiosas y su aporte, menos. Además, el problema de pasar de los 30 es que uno se vuelve cada día más caro de contratar porque tiene más riesgos de sufrir accidentes de trabajo o enfermedades laborales que pueden costar mucho para la empresa mientras que un joven tal vez no.
Ahora creo que en las condiciones laborales actuales, centradas en contratos por prestación de servicios, la discriminación es menor en cuanto a la edad, pero de todas formas, para vivir dignamente es muy difícil lograrlo solo contratos de esta naturaleza que son inestables y precarios. Lo que considero es que el Estado, considerando estas prácticas, debería pensar la posibilidad de hacer una reforma laboral en la que todo el mundo tenga derecho el trabajo, no importa la edad, y que ese trabajo sea además digno. Estas dos condiciones en la actualidad no se están cumpliendo cosa que es indignante en un estado que tiene una constitución como la nuestra.

(*) Psicóloga Pontificia Universidad Javeriana
Magister Literatura Hispanoamericana
Instituto Caro y Cuervo

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