“Hoy otro gallo cantaría”

¿Cuándo empezó el desastre político-moral del Tolima que hoy nos tiene postrados en un angustioso, degradante y vergonzoso subdesarrollo? Muchas voces podrían contribuir para ordenar una respuesta consistente que no parece fácil. Desde mi óptica juzgo que el asunto debe examinarse en perspectiva de tiempo y espacio, pero no con abstracciones filosóficas o cósmicas, sino juzgando el tiempo desde cuándo creemos inició el infame desmadre en el espacio histórico-territorial del Tolima (24 mil km2). Contextualizar el examen del atraso es esencial para comprender el problema, conocer sus orígenes y proponer las soluciones.
PUBLICIDAD

A mi juicio la catástrofe empezó en la década del setenta del siglo XX, época en que apareció la primera hegemonía política del Tolima que pervirtió los conceptos políticos y se convirtió en “academia de malas artes” para “formar” los sucesivos cacicazgos hegemónicos que por más de 40 años manipularían la vida, los sueños y las riquezas de los tolimenses. 

La dolorosa vida de miles de personas y los sueños frustrados son de conocimiento público, pero hay un enigma: ¿Cuántos billones de pesos (de tal tamaño es la cuenta) perdimos los tolimense en más ocho lustros por causa de la corrupción, la ineptitud, las omisiones y el entreguismo?

Indagarlo sería fácil si las facultades de economía, administración financiera y de empresas, contaduría o investigadores juiciosos quisiesen hacerlo para que todos seamos conscientes del valor de lo público en nuestras vidas y así entender que si tantos recursos naturales no renovables y tantos billones de pesos del erario no se hubiesen esfumado hoy en el Tolima “otro gallo cantaría”: las empresas públicas serían sanas y exitosas; la red semafórica sería moderna; las calles y la red vial veredal e intermunicipal estarían en buenas condiciones; el auge cultural sería evidente; los escenarios para recreación y deporte serían envidiables.

Habría eficacia en los planes de apoyo a los emprendedores; la infraestructura hospitalaria seria moderna, suficiente y eficaz; los centros veredales de salud prestarían atención digna; la protección animal sería cierta; la infraestructura y calidad de la educación sería ejemplar; el servidor público tendría estabilidad y salario digno; la economía sería dinámica, el índice de desempleo sería mínimo; muchas empresas privadas no habrían desaparecido. Sabiendo cuántos billones se evaporaron en más de 40 años veríamos que el Tolima no es pobre, que la política sana no aliena ni avasalla y que la transformación regional tiene que empezar.

Sí las ciencias económicas, tan solícitas al formular planes de empleo y análisis prospectivos, escrutaran en retrospectiva el manejo del erario y los recursos naturales, sin duda harían su mejor aporte al progreso, pues la pobreza del Tolima sería explicable y sabríamos que todas las instituciones públicas son de todos y que, como tal, su hálito vital debe surgir de su visión y su misión y no de la hegemonía y el narcisismo político. En el Tolima es posible una política democrática y, sobre cómo construirla, intentaré luego un borrador de propuesta crucial.

ALBERTO BEJARANO ÁVILA

Comentarios