La tiranía del mérito

Alfonso Reyes Alvarado

Este es el título del más reciente libro de Michael Sandel, el filósofo norteamericano, profesor de Oxford, cuyas clases sobre justicia social son tan populares que la universidad debió alquilar un teatro para recibir a sus estudiantes.
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El libro comienza contando el caso de un joven que le ofrecía a personas adineradas la posibilidad de que sus hijos (as) ingresaran a las mejores universidades norteamericanas, a cambio de unos cuantos miles de dólares. Con este dinero, sobornaba a quienes eran responsables de los procesos de admisión para que alteraran los documentos de los aspirantes. El próspero negocio fue descubierto, sus clientes fueron expuestos públicamente, los funcionarios corruptos fueron despedidos y el joven fue condenado a prisión. Sandel llama a este mecanismo de ingreso a la universidad: la puerta trasera.

La puerta lateral se abre cuando una persona adinerada se acerca a las directivas de una buena universidad y les ofrece una millonaria donación. Tiempo después, los llama y les menciona que su hijo (a) desea ingresar a la universidad.

Por la puerta principal ingresan aquellos estudiantes que se han sometido a las pruebas de Estado, es decir, los mejores, gracias a su talento y preparación, sin ayuda de nadie. Es un proceso meritocrático.

Es claro que la primera y la segunda puerta se abren por la presión natural del dinero, pero, se pregunta Sandel, ¿no ocurre algo similar con la tercera? Veamos. En el caso de Colombia, el principal mecanismo de ingreso es a través de las pruebas Saber 11. Un análisis cuidadoso de sus resultados indica que los mejores puntajes son obtenidos por los estudiantes de los mejores colegios, la gran mayoría privados. Es decir, tienen más chance para ser admitidos en las mejores universidades aquellos jóvenes que provienen de estratos más altos, con algunas excepciones. Por supuesto, si no logran ingresar a una universidad pública, la siguiente barrera es el costo de la matrícula. Por lo tanto, el ingreso por la puerta principal, la que está resguardada por la meritocracia, también está fuertemente ligada al dinero.

Afirmar que el mecanismo es transparente, meritocrático y objetivo oculta el hecho de que, en la práctica, quienes tengan los recursos para estudiar en colegios privados, acceso a buenos textos o a tutores para prepararse adecuadamente, tienen una mayor posibilidad de acceder a una educación de alta calidad. De allí la tiranía del mérito.

¿Qué alternativa existe? El libro plantea volver a la idea del bien común. A mi juicio, en lugar de tener que seleccionar meritocráticamente a los mejores, la puerta debería abrirse para aquellos que tengan los recursos para pagar la matrícula, para quienes reciban un crédito contingente al ingreso, y para quienes reciban una beca de un fondo público y estén dispuestos a prestar, a cambio, un servicio a la comunidad. Los dos últimos deben dirigirse a cualquier estudiante de bajos recursos económicos.

ALFONSO REYES ALVARADO

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