El espejismo del control fiscal

Poco después de que entró en vigencia la Constitución de 1991 asistí a una reunión con el contralor general de la época. Me invitaron, con otros colegas, para ajustar la estructura de la Contraloría a las exigencias de la nueva Carta.
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El contralor inició la reunión con estas palabras: “Hay dos grandes mentiras que ilustran muy bien el proceso de toda auditoría. La primera es la que le dice el jefe del equipo auditor al gerente de la entidad que va a auditar: ´doctor, venimos a ayudarlo´. La segunda es la que le responde el gerente: ´bienvenidos´”. Es decir, toda auditoría se hace desde la desconfianza.

Recuerdo que pregunté cómo se medía la efectividad de la Contraloría. Mencionó un solo indicador: el monto de dinero recuperado, lo que implicaba que el papel de la Contraloría sería más efectivo en la medida en que hubiese más corrupción, pues solo de esa manera podría recuperar cada vez más dinero. Casi que, metafóricamente, su papel consistía en realizar autopsias, explicar cómo se perdió el dinero. Por supuesto, tiene más sentido el indicador contrario, es decir, entre menos dinero haya que recuperar, mejor. ¿Cómo hacer esto? 

La Constitución creó las oficinas de control interno al reconocer la futilidad de tener un controlador vigilando toda decisión administrativa de los funcionarios públicos. Hacerlo, además, implicaba tener una Contraloría con una nómina enorme, lo que le daba al contralor un capital político que podría ser mal utilizado. De hecho, la gran mayoría de contralores del siglo pasado en algún momento aspiraron a la presidencia y la gran mayoría terminó en la cárcel. 

Cada entidad pública debe autorregularse y es responsabilidad de la Contraloría asegurar que esto ocurra, este debe ser su papel principal. A nadie se le ocurre pensar en tener un policía que vigile el comportamiento de cada ciudadano para reducir los índices de hurto. Lo que nos impide tomar un artículo de un almacén, así nadie nos esté vigilando, son los valores con los que fuimos formados, esta autorregulación es el punto de partida para reconstruir las relaciones de confianza entre el Estado y los ciudadanos.

La semana pasada se realizó el VIII encuentro nacional de contralores en Ibagué. Hubo dos intervenciones refrescantes, la del exfiscal Alfonso Gómez Méndez y la del exministro de las TIC, David Luna. El primero advirtió sobre el riesgo de generalizar el concepto y llamar corrupción a cualquier acto administrativo doloso. Estas generalizaciones invitan a la impunidad. Recordó, así mismo, la importancia del enriquecimiento ilícito como mecanismo idóneo para identificar posibles responsables de corrupción. El exministro señaló la importancia del uso de las TIC como medios de prevención y alerta temprana. Las otras intervenciones sugerían volver a un control previo, concomitante lo llaman ahora. Este es el espejismo del control, creer que entre más controles pongamos en marcha, menor será la corrupción.

La educación es el medio más apropiado para sembrar una ética del cuidado de los recursos públicos y la autorregulación institucional es el mecanismo idóneo para reducir la corrupción a su mínima expresión.

 

ALFONSO REYES ALVARADO

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