El fin del Estado-Nación

La pandemia segó la vida de una gran cantidad de adultos mayores y se llevó prematuramente a varios millones de personas en todo el mundo. Igualmente, llevó a la quiebra a miles de empresas de diverso tamaño y dejó sin trabajo y en estado de pobreza a decenas de miles. Pero también hirió de muerte a las naciones o, para ser más preciso, a la idea del Estado-Nación.
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Esta idea nació con el tratado de Westfalia en 1648 como mecanismo para poner fin a la guerra de los 30 años en Europa. La idea de reunir en un territorio geográficamente delimitado y organizado de manera autónoma para preservar una identidad cultural y sostener un sueño común, pronto se extendió por el mundo entero. Diferentes fueron los estilos de gobierno que tomaron fuerza, entre ellos el más consolidado hoy en día es el del Estado social de derecho.

El COVID19 no es solo una pandemia producida por el coronavirus, también es una metáfora que puede usarse para caracterizar una nueva época que estamos viviendo y que comenzó hace algunas décadas.

Las características principales de esta época son: en primer lugar, una creciente globalización que implica que todos en el planeta estemos más conectados, lo que ocurre en un lugar remoto puede afectarnos a todos; en segundo lugar, por primera vez la especie dominante, los seres humanos, hemos evolucionado hasta el punto de amenazar la existencia del planeta entero, el calentamiento global es la manifestación más evidente; en tercer lugar, cada vez más la riqueza acumulada de firmas multinacionales supera el PIB de muchos países; en cuarto lugar, las organizaciones criminales trascienden las fronteras territoriales y encuentran en la heterogeneidad de normas locales su mejor aliado para protegerse; y en quinto lugar, los intereses particulares priman sobre la solidaridad planetaria, como lo muestra la venta de vacunas contra el COVID19 con un mercado cautivo y potencial de cerca de 7.000 millones de personas (a US$50 las dos dosis).

El Estado-Nación es impotente, como organización política y social, para hacerle frente a los problemas complejos que experimenta el planeta, pues estos trascienden sus límites territoriales. Las Naciones Unidas, surgida como reacción a los estragos causados por la segunda guerra mundial, fue un intento por desarrollar una visión global, sin embargo, el hecho mismo de que algunos países conserven el derecho al veto, la hace inoperante en estricto sentido.

Organizaciones como UNICEF y la OMS pretenden tener influencia a nivel planetario, pero no pueden ir más allá de hacer sugerencias y recomendaciones; la Corte Penal Internacional actúa tímida y tardíamente en asuntos de su competencia.

En síntesis, pareciera que la época que estamos viviendo requiere de un diseño intencional, holístico y consensuado que abra la posibilidad de crear un pacto planetario que nos permita a todos reconocernos, ante todo, como ciudadanos del mundo. 

 

ALFONSO REYES ALVARADO

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