Votar bien: una obligación para con Ibagué

27 Oct 2019 - 3:01am

Votar bien: una obligación para con Ibagué

Publicada por
MANUEL JOSÈ ALVAREZ DIDYME-DÔME
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Suele decirse que las gentes del trópico, a la hora de tomar decisiones, nos dejamos llevar más por la pasión que por la razón, argumento con el que se quiere encontrar la explicación del sinnúmero de desaciertos que registra la historia de esta musical ciudad, en los que hemos incurrido al escoger a aquellos que han mal orientado nuestro discurrir político y económico.

Pero si bien esta aseveración se aproxima bastante a la verdad, a la efervescencia pasional que nos domina, le debemos añadir, -si en puridad de verdad aspiramos a entender integralmente la razón de la ligereza con que nuestras comunidades emiten su juicio-, el bajo nivel educativo de la mayoría de la población y su precaria circunstancia económica, las cuales las tornan vulnerables al discurso retórico y a las halagüeñas promesas de facilistas soluciones.

Es lo que explica que quienes ofrecen ríos de leche y miel sin esfuerzo alguno, terminen ganando el eufemísticamente llamado, “respaldo popular”, en contra de aquellos candidatos que con objetividad y buena fe invitan a tomar el verdadero camino que lleva al desarrollo y a la superación de las dificultades, que no es otro que el pleno de obstáculos, superables por el colectivo esfuerzo.

Y es que no debe ser la oferta de obras físicas la que en primera instancia convoque al ciudadano, sino aquella que se oriente a la construcción de una sociedad mejor formada, más responsable, honesta, justa e igualitaria: la que prometa prudencia y racionalidad en el gasto, la priorización de la inversión, la salud, pero por sobre todo, ¡educación, educación y educación!

¡Que vamos a hacer esto y aquello!, ¡que ahora sí se van a hacer las obras que requerimos! ¿Pero cómo, si carecemos de lo indispensable para lograrlo y si no tenemos recursos para invertir, pues éstos nacen del trabajo y el ahorro, valores poco arraigados en nuestra cultura, porque no nos hemos dedicado a enseñarlos y a aprehenderlos?

Medellín, Barranquilla y hasta Bogotá, nos han mostrado lo que significan la elección y continuidad de unos buenos administradores que permitan lograr y consolidar resultados positivos. Nos han indicado con su ejemplo, que la juiciosa selección, conseguida con la ponderación del voto, rinden buenos frutos en el mediano y largo plazos, no de manera inmediata ni espontánea, como esperan los crédulos e ilusos que se dejan embaucar.

Los electores de aquellas urbes, resolvieron desoír a los promeseros de siempre y rechazar a los personeros de la política tradicional, para dar paso a aquellos que de manera prudente y sin arrogancia se han dedicado a trabajar por su ciudad y sus gentes, ciertos que su acción y sus obras terminarán, tarde que temprano, hablando por ellos.

Federico Gutiérrez en la capital paisa, Alejandro Char en Barranquilla y Enrique Peñaloza en la gélida Bogotá, son la más clara evidencia de esto, lo cual por fortuna ya comienza a calar en el electorado de esta Colombia toda, tal como se advierte en los resultados obtenidos en cada lugar.

Los electores que hoy, deben reflexionar, igual a como deben hacerlo los empresarios y las amas de casa, agobiados por las falencias y altos los costos de los servicios de luz, aseo, agua o alcantarillado, o los ciudadanos del común por el desorden de la movilidad urbana, la pobreza y el desempleo.

Como igualmente deben hacerlo los apáticos, los despreocupados, los indolentes y los perezosos de siempre; aquellos que creen que su aporte electoral no es necesario, sin advertir que el voto es una obligación para con el país, la ciudad, la familia, la comuna, el barrio, los amigos y un medio para “estar de acuerdo con uno mismo”, como en su tiempo lo advertía el expresidente François Mitterrand a los franceses.

El mecanismo por excelencia nos lo ofrece la democracia para seleccionar a quienes juzguemos los mejores y más capaces a través del cotejo de sus hojas de vida, la verificación de sus ejecutorias, el estudio de sus programas y por sobretodo el celoso escrutinio de su honestidad y la de sus eventuales colaboradores.

Si de verdad aspiramos a mejorar el futuro de la ciudad, debemos escoger al mejor: ¡Leonidas López, alcalde!

Este artículo obedece a la opinión del columnista. El Nuevo Día no responde por los puntos de vista que allí se expresen.