La energía que no queremos tener

Andrés Forero

Más allá de lo anecdótico y caricaturesco del corte de energía que sufrió Ibagué en plena celebración de Navidad, las quejas y reclamos de los ciudadanos a través de las redes sociales dejan en evidencia el malestar generalizado por las deficiencias en la prestación del servicio por parte de la compañía Celsia.
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En algunos sectores de la ciudad, especialmente en el norte, barrios de la comuna siete parecieran estar sometidos a verdaderos racionamientos con interrupciones frecuentes e intermitencias que en días en los que se trabaja desde casa constituyen un dolor de cabeza.

El episodio de la Nochebuena detonó el  malestar generalizado de los usuarios, incluso voces desde la esfera pública reclamando respeto para los ibaguereños, otras más vehementes pidiendo el retiro de la compañía.

Para neutralizar el malestar, la empresa en un hábil movimiento comunicacional ofreció excusas públicas, argumentó daños en redes de interconexión por factores naturales y poco después aseguró que con la terminación de trabajos de modernización en la subestación Calambeo que habían causado algunas molestias, los usuarios notarían la diferencia.

Sin embargo, corren los primeros días de enero y las fallas, los cortes repetitivos y las incomodidades no cesan, para unos más que otros, muy a pesar de que durante todo el año la compañía programó a su antojo cortes programados de mantenimiento por hasta 10 horas continuas, no una sino varias veces en cortos lapsos.

Quisiéramos ser optimistas en este cambio de calendario, en esta nueva vuelta al sol, pero la oscuridad de los apagones de Celsia la ensombrecen.

Todavía hay usuarios que en el 2020 perdieron sus electrodomésticos y equipos de trabajo por cortesía de la proveedora de energía y siguen esperando respuestas.

Otros, ya claudicaron frente a la tramitología para aspirar a una reposición de los elementos perdidos.

Y otros más que bienaventurados dentro del jugueteo del duende del “switch” seguimos esperando que Celsia sea la energía que queremos tener.

Creo que en estos días de pandemia, de confinamiento forzado, de fin de vacaciones en casa, no se compadece de la realidad social el que Celsia nos condene sin distingo de estratos a incertidumbres e incomodidades adicionales o que como en el caso de la desaparecida Electricaribe puedan estar jugando con la vida de personas que dependen de un equipo alimentado por energía para sobrevivir y que por circunstancias de la pandemia no pueden tener el soporte de una planta eléctrica en un hospital.

Deben la clase política, los gremios económicos y sectores productivos de la ciudad y la región recoger el clamor y la voz de los ciudadanos, de sus agremiados, para oficializar ante la superservicios una solicitud de inspección y vigilancia ante el que sin duda es un atropello, especialmente tratándose de un servicio público elemental.

No puede ser que arrancando la segunda década del siglo XXI estemos de vuelta a los años 90, a los días de la obsoleta y negligente Electrolima mientras pagamos una de las tarifas más caras del país, según lo reflejan los Indicadores de Competitividad que nos ubican en el puesto 21 entre los 32 departamentos de Colombia.

No puede ser que al primer chubasco se suspenda el servicio cuando nos venden un discurso de modernidad, tecnología y eficiencia. Si eso pasa en la ciudad capital ¿qué será de la provincia y el campo?

ANDRÉS FORERO

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