Pancracio o de la Educación

La tradición del Islam dice que el Día del Juicio, Alá recompensará toda buena obra realizada. El Corán garantiza que “quien haya hecho el peso de un átomo de bien, lo verá”. También declara la tradición musulmana que la recompensa de todo trabajo que realiza el ser humano, finaliza cuando éste muere, excepto tres cosas: una limosna continua, un saber o un conocimiento beneficioso y un hijo piadoso que pida por su padre cuando éste haya muerto.

De allí el dicho popular que da enorme importancia a sembrar un árbol (ejemplo de limosna continua por sus frutos), escribir un libro (el saber al que otros pueden acceder después de la muerte de su escritor) y tener un hijo (educado en la piedad para pedir por el padre ausente).

A los 15 años sembré un árbol y se lo comió una vaca, dudo que estas columnas puedan calificarse como un saber beneficioso y he de reconocer que mis dos chiquitines no gozan del mejor padre. Tal vez por eso Dios es masculino, por la carencia de paternidad que abruma al mundo.

Cuando pensaba si educo a mi hija de la manera adecuada, mi perro Pancracio (un bulldog gordito y perezoso) me dio la respuesta.

El veterinario ordenó ponerle un collar de cono para un tratamiento y Pancracio lo sintió como una tortura, pataleó, se desesperó hasta el paroxismo. En medio de su angustia le hice caminar treinta metros hasta la casa. Se tiró al piso dos veces. Lo levanté de la cadena y le obligué a caminar dos metros. Le dio un infarto y se murió.

Fui incapaz de entender a un perro gordito y frágil. No sentí su angustia. No tuve el amor necesario para sentarme a esperar que se calmara. No le canté una canción de cuna. No le traje agua. No le animé, ni le reconforté. Solo le exigí que se parara a caminar y le dio un infarto.

Decir que lo maté sería un poco más preciso, pero la Selección Natural me regala un poco de indulgencia, máxime si este mundo no tiene espacio para los débiles. Es supremamente breve el lapso que separa la vida de la muerte. Solo un poco de amor en medio metro y el perro estaría vivo.

Si mi pequeña hija se cae tengo prohibido que la levanten porque “ella puede solita y debe acostumbrarse a guerrear”. El general Paton declaró que “el patriotismo en el campo de batalla consiste en conseguir que otro desgraciado muera por su país antes de que consiga que tú mueras por el tuyo.

“¿Para qué guerra educamos a nuestros hijos? Hay una enorme diferencia entre las civilizaciones que apaciguaban a sus dioses con el sacrificio de los débiles, y aquella que obtuvo redención con el auto sacrificio de su propio Dios.

Creo que educo a mi hija para el triunfo de este mundo, pero no para la piedad mencionada en el Corán. Ni árbol, ni libro, ni hijo educado en la piedad… ni perro.

RICARDO CADAVID

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