Más temprano que tarde

Llegó a mis manos el diseño de la campaña que contra el consumo de alcohol se llevó a cabo en el colegio en que estudia una de las niñas del sector donde vivo. ¡Qué frustrante experiencia! No sólo leerla -porque me costó trabajo hacerlo- sino ver la manera como en este colegio hablan del tema a los muchachos.

La primera página del cuadernillo es una imagen en blanco y negro con un texto que dice -en mayúscula sostenida-: “Reconozco mi derrota ante el alcohol” y al lado, la figura de un hombre semidesnudo que yace encadenado a una botella de alcohol y pide ayuda en actitud de dolor.

Sé que los docentes que la diseñaron no lo hicieron con mala intención, ni más faltaba, incluso estoy seguro de que creen aún en la sensatez de las felicitaciones del Rector del colegio, pero en este tipo de cosas no sólo cuenta la intención -porque de buenas intenciones hemos vivido todos estos años tratando de disminuir las estadísticas- sino una cantidad de cosas que, como colegio, como actor social, es mejor aprender a manejarlas más temprano que tarde.

A ellos les ocurrió lo mismo que ha pasado a muchos que orientan estos procesos de prevención, mitigación y reducción del daño: actúan bajo la premisa del iluminado, de aquel que lleva una luz adonde hay una supuesta oscuridad, como si quienes viven allí no supieran nada acerca de esa condición. Ahí es cuando la luz deja de cumplir su función y se convierte en saturación, en ceguera y quien la lleva, termina pensando que al final no había nada que rescatar, porque no encontró lo que iba buscando.

En este caso, es un error pensar que la luz debe llevarse de un lugar a otro porque lo que debe suceder es que la luz debe encenderse desde allí, de donde es la supuesta oscuridad, y quien propicie esto debe tener el conocimiento, la vocación y la humildad para liderar lo que no debería llamarse campaña, sino realmente proceso.

Por eso me interesé alguna vez en hacer unos conversatorios con jóvenes en edad escolar para preguntarles acerca de las campañas de prevención que se han llevado a cabo en sus colegios. En el trabajo encontré claves sobre cómo deben pensarse y hacerse estos procesos.

La mayoría de los y las muchachas hablaron de lo aburridoras de estas cosas porque son orientadas por personas mayores o agentes de policía, porque los mensajes rayan con el infantilismo, las imágenes con lo catastrófico, pero, sobre todo, porque en las actividades no se les tiene en cuenta ni para diseñarlas ni para desarrollarlas.

Hay que decir, además, que aunque los docentes son capacitados muchas veces en atención de estas situaciones, no son las personas idóneas para abordarlas por la sencilla razón de que éste es un conocimiento especializado, que atraviesa la cultura y que exige vocación, humildad y acompañamiento no sólo institucional sino también familiar, aspectos que no son notorios en muchos de los casos.

Así que, visto el contexto, parece que estos procesos caen ingenuamente en un círculo vicioso del que es mejor salir más temprano que tarde. Es frustrante ver cómo la mayoría de estos intentos fracasan, pero lo es más saber que quienes tienen el poder de decisión no saben que no saben por dónde empezar.

federic.cj@gmail.com

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