El enorme costo de la arrogancia

Carmen Inés Cruz Betancourt

Pocos comportamientos producen tanto daño a la imagen de alguien y tanto malestar en su entorno como la arrogancia, con el agravante de que quien la practica no se da cuenta. Se les reconoce muy fácilmente porque a pesar de que quieran parecer simpáticos, suelen ser engreídos, displicentes, autoritarios y también ignorantes, porque niegan, minimizan o subestiman el mérito de otros por las ideas, iniciativas o por cuanto han hecho. 
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Especialmente en la dirigencia del sector público esa actitud es frecuente; prefieren arrancar de cero, y se suele decir que sufren del “complejo de Adán”, porque se comportan como si todo hubiese comenzado con ellos. Así, son responsables de que obras y programas que no son de su autoría o de su grupo, queden inconclusas o abandonadas y ello explica muchos de los llamados “elefantes blancos”. 

Otros, como mínimo cambian el nombre a los programas, lo que suele implicar cambio de logos, papelería, publicidad y demás; les hace felices “poner la primera piedra” y dejar placas con su nombre por doquier, en general desconociendo a otros que tuvieron que ver con las obras o programas que inauguran. Todo ello hace que se incrementen los costos, tanto en dinero de los impuestos que paga la ciudadanía, como en el tiempo que toma su realización y así se reduce la eficiencia y eficacia de muchas acciones, y también la credibilidad en las instituciones y en su dirigencia.

Así mismo, aquellos personajes se caracterizan porque una vez elegidos o nombrados, asumen actitudes de inalcanzables, se creen superiores, consideran que se las saben todas, que sus ideas y propuestas son las mejores y sus logros extraordinarios, por ello prefieren escucharse a sí mismo antes que a otros; “les fascina la pantalla” y hacer grandes discursos en los que no faltan promesas que no podrán cumplir y siempre estarán esperando alabanzas y aplausos. 

No se cansan de narrar sus proezas, en las que dejan clara su superioridad; la autocrítica no va con ellos, son hipersensibles a la crítica y cualquier objeción u opinión contraria a la suya les hace reaccionar con soberbia y la atribuyen a envidia, ignorancia o persecución política. No entendieron que en cualquier ámbito en que se muevan, y más en la política, generan mayor retorno la simpatía, la capacidad de escucha, la humildad y la sinceridad, que el envanecimiento y la arrogancia, la locuacidad y el autoritarismo. 

Aquellos personajes terminan convirtiéndose en una pesadilla y su castigo es que la gente se fatiga de cuanto dicen y prometen, pierden toda credibilidad, pero no parecen percibirlo a pesar de que poco a poco se van quedando solos porque resultan insoportables. Sus acompañantes serán los incondicionales que, a cambio de privilegios, aceptan “comer callao” y aplaudir cuando el libreto así lo ordene. Muy probablemente esta caracterización se ajusta a algunos personajes que usted conoce, porque infortunadamente abundan en muy diversos ámbitos del quehacer humano, y de ellos debemos estar prevenidos, sobre todo cuando se acerca una jornada electoral, en la cual es imperativo que la ciudadanía esté alerta porque debemos alejarnos de ese tipo de personas.

 

CARMEN INÉS CUZ

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