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Seguir siendo humanos

Se termina este año pandémico e inicia otro con el virus “vivito y coleando”. Pese a que persiste la incertidumbre, sobre todo cada vez que aparece una nueva variante, hay que celebrar que en este año viejo logramos recuperar la cordura y volvimos a actuar como seres racionales. También reconocer que en algunos campos fuimos verdaderos idiotas.
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En este segundo año de pandemia superamos cuestiones tan absurdas como los toques de queda improvisados y repentinos que no solo causaron frustración y angustia en la población sino perdidas económicas enormes para el comercio y los trabajadores informales. Se  avanzó parcialmente en la apertura de los colegios y universidades que, aunque a cuenta gotas, empezaron a implementar la presencialidad o alternancia, y a entender por fin lo que tanto repitieron académicos, científicos y la misma UNICEF: que el cierre indefinido de las escuelas solo habría servido para socavar la calidad educativa, ampliar las brechas dejando en peor posición a los estudiantes de familias mas pobres y los que viven en zonas rurales, exponer a niños y adolescentes a todos los riesgos asociados a permanecer alejados de sus entornos escolares seguros, entre otros tantos efectos.  Se descartaron los ridículos “pico y cédula” que pretendían regular el aforo en bancos, supermercados y restaurantes, mientras que las plazas de mercado, las zonas céntricas y  los bares y discotecas vivían atestados de público: ¿Cómo llegamos a creer que podríamos controlar el tiempo de la gente de esa manera?; aún persisten restricciones de aforo en el transporte público, vaya locura. En este año por fin se levantaron definitivamente las barricadas que alcaldes y organismos de socorro habían montado en la entrada de las poblaciones para “mantener el virus fuera”, dizque fumigando a las personas y vehículos, tomando la temperatura y datos personales, y hasta decidiendo quien podía y no entrar. Se abrieron nuevamente los parques infantiles y se permitió que los niños y niñas pudieran nuevamente frecuentar sitios que mantuvieron cerrados para ellos por mucho tiempo, pese a la evidencia de contundentes afectaciones emocionales y psicológicas en la población infantil por cuenta del aislamiento, el hacinamiento en los hogares y el cierre de escuelas: los menos vulnerables a enfermarse o morir por el virus, fueron los mas duramente castigados con medidas que restringieron sus derechos fundamentales a la educación, la recreación y la interacción con sus semejantes: esa fue la tapa. Los gobernantes, administradores de unidades residenciales y otras personas que ostentan alguna posición de poder, entendieron que medidas arbitrarias y autoritarias, por muy bien intencionadas que fueran, socavarían su legitimidad y llevaría a un descontento generalizado que pondría en riesgo su permanencia, por cuanto tuvieron que ponerse en su sitio y encontrar maneras razonables de ayudar a hacerle frente a la pandemia.

En este año que termina entendimos que el virus se quedaría con nosotros para siempre y a pesar de ello debíamos preservar todo lo que nos hace humanos. Recobramos la esperanza, perdimos el miedo. Nos sobrepusimos a la muerte y la adversidad. Volvimos a vivir. Dejamos claro que solo una extinción total evitaría que nos sigamos amando, besando, odiando, matando, cooperando, excluyendo, ayudando. Aunque tuvimos un bache en el camino por el desespero ante lo desconocido, demostramos que estamos dispuestos a todo por seguir siendo lo que somos.

 

Cesar Picón

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