Sangre llama sangre

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Quizás el legado más desafortunado que nos fue adjudicado en la partición hereditaria durante el fenecimiento de los oscuros años del reino del terror en nuestro país fue la atracción casi que patológica por la sangre. El morbo que su color escarlata y su aroma metalizado nos despierta es tal vez la razón por la cual muchos programas de televisión sin trama o vergonzosos realities rompen el techo del rating y marcan la pauta publicitaria. El solo ver cómo los noticieros se han convertido en reportes policiacos de crónica roja donde entre más fresco se enfoque el cadáver más profesionalismo se tiene es una de las tantas muestras de que a Colombia le encanta la violencia y aunque la rechace de dientes para afuera, muy en sus adentros la añora como una droga.

Esta semana los trinos crudos del Concejal de Medellín, Juan Felipe Campuzano, nos han refrescado esta pasión que a veces pasa desapercibida. Su propuesta de colgar a los asesinos “de donde sabemos” y de matar a los sicarios tiene para muchos una equivalencia natural que iguala con justicia la ecuación jurídica, ya que en su imaginario quien le quita la vida a una persona no merece conservar la suya. Este principio retributivo permaneció vigente por mucho tiempo y no son pocas las culturas que lo implementaron, pero en un estado del arte más depurado, como aquel en el que se encuentra nuestro Derecho punitivo, reducir todo a que el que a espada mata a espada muere es inaceptable. Esto desataría una cacería de brujas indiscriminada que podría decaer en excesos, errores y abusos que, por la naturaleza misma de la muerte, serían irreversibles.

Lo que sí podemos extraer de la respetable posición de Campuzano como algo inequívoco es que el país está atravesando por un estado preocupante de frustración con su aparato judicial, lo que de no ser revisado prontamente podría decantarse hasta convertirse en un brote incontrolable de violencia y de justicia por mano propia. Y no es para menos, pues hay que tener un estómago blindado para no indignarse al ver cómo asesinos ebrios al volante vuelven a sus casas en cuestión de horas, cómo criminales callejeros recuperan su libertad casi que inmediatamente, cómo se premia con beneficios a algunos reos y cómo las denuncias en la Fiscalía se quedan estancadas sino está Julito o Séptimo Día detrás empujándolas a fuerza de micrófono.

No podemos seguir eludiendo las verdades que Colombia necesita decirse mirándose al espejo y por eso debemos reconocer que nuestro modelo de justicia ha fracasado hasta reducirse a un híbrido que hace lo que puede con lo que tiene. Eso no es suficiente en un estado moderno, urge una reestructuración total y libre de intereses que identifique los males que le corroen para corregirlos antes de que hagan metástasis y sea demasiado tarde. Lo siento Concejal, pero nos vemos obligados a creer una vez más en la ley por defraudados que estemos porque la sangre llama sangre y por esta tierra ya hemos visto correr demasiada.

FUAD GONZALO CHACÓN

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