La indomable mancha amarilla

La función que desempeña el servicio de taxis en un país es simplemente fundamental, ya que se encuentra en el punto medio entre el bus urbano y el carro particular. Da al usuario la comodidad y privacidad que no inspira el primero, sin los costos algunas veces exorbitantes que genera el segundo. Teniéndolo todo para convertirse en el medio de transporte favorito de los ciudadanos, y sin una competencia fuerte dada la etapa embrionaria de los sistemas integrados de nuestras ciudades, el taxi hoy no es más que una fuente recurrente de desconfianza y temores.

Aunado a los clásicos relatos de terror sobre paseos millonarios, de los cuales todos conocemos al menos uno cercano o alguno lejano como el del agente Watson de la CIA el año pasado, están las anónimas narraciones diarias de todos nosotros en la lucha constante contra el “Para dónde va?... No, para allá no me sirve” al que nos enfrentamos en cada hora pico de nuestra cotidianidad. Hay quienes deciden llevar este drama a otro nivel y con sus celulares nos dan a conocer escenas que indignan y llenan de coraje. La arrogancia de unos lunares que empañan el gremio hace que la gente cada vez los estime menos.

Aunque no es posible universalizar los malos comportamientos de un par de taxistas protagonistas de la indignación en redes sociales, también es cierto que así como hay personas decentes que hacen bien su trabajo, hay una inmensa minoría de intolerantes conductores que no temen abusar de sus pasajeros con atropellos que llegan incluso a desenfundar el puñal que tienen oculto debajo del compartimento del volante. Triste pero cierto, en Colombia el poder de convocatoria de los radio-teléfonos ha dado lugar a demasiadas golpizas injustificadas contra incautos pasajeros que solo querían que les cobraran lo justo.

El usuario está indefenso. En su vehículo y con sus reglas no hay ley que valga ni que haya sido capaz de poner el freno de mano a los múltiples episodios de negación de carrera y malos tratos tan comunes que uno comienza a acostumbrarse a ellos.

La insípida multa del Código de Policía, que obliga a llevar a un uniformado a la mano para poder hacerla efectiva, no puede competir contra la fuerza de los noticieros haciendo denuncias con los videos que llegan a su sala de redacción y logran desembocar en medidas expeditas de las empresas de taxi.

El gremio taxista es una indomable mancha amarilla que sigue sus propias normas de juego, una aglomeración poderosa que nadie ha querido regular por la influencia que pueden llegar a ejercer. Dándole vida a un servicio público que ni es servicial ni tiene contento a su público. Entonces, sin más opciones de movilidad, la gente se resigna a ir no donde debe hacerlo, sino a donde lo quieran llevar, y eso está mal.

Obiter Dictum: Y se levantó el paro judicial un día antes de la vacancia judicial, hágame el favor. En ningún país decente del mundo la justicia puede detenerse 70 días sin que pase nada.

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