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Mi adiós a Camila

“Vamos a hacer un video en el que vas a contar tu historia y se lo mandaremos a todos los medios del país”, ese fue el plan que le propuse a Camila Abuabara una tarde de 2013 mientras ella descansaba en una cama de la sección de oncología de la Foscal en Bucaramanga. Su única petición en ese momento era que el rector de su universidad la escuchara y le permitiera terminar el semestre que le faltaba para graduarse como abogada desde aquella habitación que no podía abandonar por lo inmunodeprimido que estaba su cuerpo.

Allí Camila solo era Camila y salvo su valiente madre a nadie le importaba su suerte ni conocía su drama. La campaña fue un éxito viral y la prensa se volcó en apoyo. Su teléfono no paró de timbrar en esas ansiosas semanas, estaba nerviosa, pero fue muy feliz cuando su rector anunció en todos los diales que la facultad de Derecho aceptaba su solicitud. Lo habíamos logrado.

Casi en la Navidad de ese mismo año, Camila me escribe para relatarme una nueva lucha que busca emprender: Su EPS quiere que viaje a Medellín para hacerse el trasplante de médula que necesita con su hermano como donante, pero ella insiste en que se practique en Bucaramanga. Me dice que está cansada, que no hay tiempo, que así saliera todo pago no se iba.

Sopesé la opción más práctica y le sugerí que viajara a Medellín porque sabía que su leucemia era una carrera contrarreloj que no podía darse el lujo de entorpecieron tutelas ni jueces, como ella quería. “Tú no entiendes, yo no me voy a ir a Medellín. Hablamos después” y nunca lo hicimos más.

Siempre me preguntaré qué habría sucedido si Camila hubiese viajado a Medellín a practicarse ese trasplante y no hubiese tenido que pasar por el viaje a Houston ni los tratamientos experimentales para llegar al mismo punto un año después. Quizás hoy estaría viva, pero ya nunca lo sabremos.

La extraño como su confidente que fui en la adversidad y sufrí con rabia su partida más que todos aquellos que llegaron a hablarle al oído cuando vieron en su tragedia una excelente oportunidad para hacer figurar sus nombres en las portadas. Ellos mismos la convencieron de que no sería suficiente vencer el cáncer, sino que debía darle una lección al sistema en pleno. Alteraron su llamado y ahora su enemigo no eran las células cancerígenas que la mataban por dentro sino todo el arquetipo de la salud en Colombia.

A esas personas la cura de Camila les tenía sin cuidado, sólo querían un mártir para mostrar, y la eligieron a ella para serlo. Entonces la cargaron de soberbia y la enviaron a enfrentar a todo el mundo, hasta a quienes sinceramente buscábamos ayudarla, y con esas peleas perdió el tiempo que no tenía. Tristemente ellos ganaron y ahora tienen el cadáver que tanto querían.

Entre lágrimas te digo adiós, Camila, con la profunda convicción de que tu historia pudo ser otra. Una donde estas letras estarían de más.

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