Algo anda mal

Imagine un país donde a usted lo asaltan en alguna esquina desafortunada de su ciudad, hasta ahí todo normal ya que es una contingencia que puede darse hasta en el mejor de los territorios nórdico, pero tiene suerte porque el crimen es presenciado en primicia y alta definición por un policía que pasaba por allí.

Usted acude a él en busca de ayuda y éste no solo le recrimina diciendo “¿y yo qué puedo hacer?” sino que alza los puños recordando sus tiempos de pugilista y amaga unos golpes, alguien lo filma y se gana el apodo de “poli-ninja” en redes sociales.

Pero el ladrón sigue suelto, entonces lo persigue y junto con otros ciudadanos logran darle alcance dentro de una estación del sistema integrado de transporte y trasladarlo a un CAI, no sin antes recibir su respectivo linchamiento frente a la mirada impotente de los indefensos bachilleres de policía. Allí les toman los datos (sí, los suyos delante de él para que pueda identificarlo en el futuro) y cuando van ante el juez para legalizar la captura no hay personal disponible porque la rama en pleno está en paro.

Salen ambos de la estación, y usted nervioso procura desaparecer del radar de su agresor antes de cualquier retaliación llamando a un taxi blanco de servicio especial con una app de su teléfono, no solo porque le parece más cómodo y seguro, sino porque le puede pedir que lo lleve al otro lado del mundo sin rechistar. Aborda el vehículo y se siente un poco más tranquilo rumbo a su casa, pero en plena autopista los sorprende un retén de taxistas amarillos, que con cruceta en mano empiezan a destruir el automotor en el que se transporta, alegando el respaldo del Ministerio de turno que los regula.

Salta del asiento del pasajero y decide correr hasta refugiarse en una zona comercial cercana de alta alcurnia donde siente que nada malo podrá pasarle. Sigue caminando mientras cae la noche y escucha los gritos de un joven supuesto agente de la CIA exclamando “usted no sabe quién soy yo”, rifando viajes sin retorno a Chocó y alegando lazos sanguíneos imaginarios con un expresidente que ninguna generación reciente recuerda para exitosamente no ser detenido por la policía.

Entonces llega a su casa, prende el televisor y el titular más importante trata de un alto magistrado de ese país hipotético acusado por sus compañeros de mesa de una camándula de delitos bastante deshonrosos. Ante la solicitud de su renuncia, el togado se atornilla en su puesto y amenaza frente los micrófonos de todas las emisoras que si se va él se van todos. Tras un suspiro, no le queda claro si está viendo un noticiero o esas novelitas baratas del prime time.

Algo anda mal en el panorama de este país cuya crisis institucional de justicia permeó todos los estadios donde opera. Desde un CAI negligente hasta un escándalo sin proporciones en el corazón de sus Cortes, nada parece funcionar como debiera ¿Si esto no merece una reforma estructural, entonces qué?

fuad.chacon@hotmail.com - @FuadChacon

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