El cliché más viejo del mundo

Como ningún otro ejemplo en la historia de los prejuicios enraizados en las profundidades de la mente del mundo, se ubica uno en particular compuesto por los mismos elementos invariables sin importar la cultura o país donde se le mire: Todos los abogados son unos ladrones.

Y es que hacernos merecedores de aquella reputación como los Judas Iscariote de los profesionales no ha sido gratis y su origen parte desde la concepción misma de nuestra labor. Contrario a lo que normalmente sucede en los demás oficios, el derecho es naturalmente adversarial, esto implica que dos partes con intereses divergentes se enfrentarán y tras un largo y fatigoso camino alguno de los dos se alzará con la victoria al tanto que el otro se lamenta y seca sus lágrimas con la sentencia condenatoria. Mientras los médicos luchan por salvar vidas y los ingenieros construyen el futuro, los abogados saltamos a la arena para defender al cliente.

Justo allí es donde la percepción sobre nosotros del público en general empeora, pues la facilidad de cambiar de equipo nos cubre con una inmerecida aura mercenaria en la que no muchos podrían confiar. Los grandes litigantes que salen en la emisión del mediodía protegiendo a una parte, pero que para la transmisión de la noche saltan al bando rival y respaldan con el mismo ahínco a la otra han provocado que sobre el abogado se refuerce el concepto de que nos regalamos al mejor postor dispuestos a venderle el alma al mismísimo diablo si hace falta con tal de ganar.

Nada parece mejorar si nos remontamos a la relación entre la ética y el derecho, la cual un sector de extrañamente famosos doctores sostiene en todos los micrófonos abiertos que no existe. No saben lo equivocados que están, pues mientras algunos sienten que no existen límites morales para practicar nuestra profesión, lo cierto es que sí los hay, adaptables dependiendo de la base de valores de cada uno, pero palpables. Es deber de todo aquel con tarjeta profesional no solo hacer su mejor trabajo, sino hacerlo de forma que no afecte la reputación de sus demás colegas por los actos que cometa. Urge objetar la prestación de nuestros servicios aún cuando rebote de los fajos de dinero retumbe más fuerte que el eco de la conciencia.

Es quizás esta nueva raza de litigantes la que sin saberlo más daño le ha hecho a nuestro país, ya que han proyectado la imagen de que la ley es un coloide maleable al que se le puede hacer el quite teniendo al abogado correcto a su lado.

Esos sabuesos de presa que están dispuesto a bordear la delgada línea de lo ilegal, y de traspasarla cuando nadie los ve, son una parte vital de nuestra crisis de justicia de la que nadie habla, aunque por años llevan alimentado el cliché más viejo del mundo.

Obiter Dictum: Las cárceles siguen siendo esas repúblicas independientes donde el estado no manda y la jerarquía en materia de autoridad no la encabeza exactamente el Inpec.

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