El último 20 de Julio

Recuerdo que el barullo comenzaba a eso de las 10 pasadas, varias noches antes del gran día y con la puntualidad militar que siempre les ha caracterizado. Tras una rápida ronda de sánduches con mortadela excesivamente condimentada y un vaso de limonada de panela que apenas si lograban disfrazar el frío gélido de aquellas horas silenciosas, los soldados empuñaban sus instrumentos variopintos en la oscuridad de la calle del edificio donde crecí y tocaban varios decibeles por debajo de su nivel real todo el repertorio que habrían de exponer ante su expectante público el siguiente 20 de julio.

Nunca supe por qué elegían justamente mi calle para practicar, a lo mejor porque era despejada, de una sola vía y desembocaba metros más adelante en la carrera donde presentarían su performance. Fuera cual fuera el motivo, me gustaba verlos allí, en una especie de macondiana serenata que los vecinos disfrutaban desde los balcones. Por años me fui a dormir escuchando de fondo las piezas clásicas que en el desfile se interpretaban a todo timbal en una especie de déjà vu musical que no nos perdíamos desde la terraza elevada de la portería que fungía de tarima para los efectos prácticos.

Al nacer en una generación que no conoció el narcotráfico en su hora pico, pero sí los temores de una robustecida guerrilla que parecía tenerlo todo para doblegar al estado, rápidamente mi mente infantil interpretó los 20 de julio no como la conmemoración de un independencia lejana y a ratos ajena que nos enseñaban en el colegio, sino como una ruidosa muestra de esperanza que nos daba el gobierno. Ver los tanques de guerra, los aviones con sus estelas de colores patrióticos, los perros antiexplosivos y los hombres jungla no me recordaba a Simón Bolívar, sino que me suministraba una dosis de fe en que algún día podríamos derrotar a la guerrilla.

Y quizás ese sea el motor que mueve los desfiles militares cada 20 de julio. Las calles de Colombia no se abarrotan hasta reventar por la magnitud de las añoranzas de la lucha pasada, sino por la zozobra de la presente. Sea como sea, y dada la coyuntura actual, tengo fe de que los 20 de julio que han de ver los hijos que aún no tengo signifiquen algo totalmente diferente de lo que simbolizaron para su papá.

Tras la tormenta que golpeó al proceso de paz en las últimas semanas y las medidas que fueron tomadas, parece que la negociación entra en una dinámica diferente, en la que no se quiere seguir perdiendo tiempo y en la que se ha reconocido que al no haber avanzado lo suficiente desde las elecciones presidenciales, se hacía necesario introducir un ‘game changer’. Ya estando metidos en esto hasta el cuello, lo único que queda es creer en que todo saldrá bien.

Sueño que este sea el último 20 de julio que inicie pavoneando armamento para darme esperanza y que en el próximo mejor traigan a los veteranos de la cola, para realmente poderles agradecer por la paz que junto los negociadores trajeron a este país.

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