24 horas en Viena

Hasta aquel día, la única referencia que tenía sobre Viena me venía dada por una crónica disfrazada de columna que García Márquez escribió en 1955 bajo el título “El Hotel del Enano Jorobado”, en la cual Gabo se esmeró por retratar, con los dotes imaginativos que el planeta entero le conoce, su paso en octubre de aquel año por “la ciudad de El Tercer Hombre”. Por ello, cuando mi novia me reveló que el regalo protagonista de mi vigésimo octavo cumpleaños sería un fin de semana en la capital austriaca, que casualmente también sería para principios de octubre, tuve la certeza de que el destino me había puesto por delante una hermosa suerte de coincidencia poética.

Paradójicamente, caminando por sus calles te das cuenta de que Viena es más alemana que austriaca, y por ello, el no saber alemán te hace sentir algo incómodo, aunque en lo profundo de tu pecho te enseña a valorar que en la lotería lingüística te haya tocado hablar un idioma tan intuitivo como el español, con el que hasta los turistas menos espabilados pueden dejarse guiar por las musas fonéticas. Quizás sea esa herencia lingüística germana la que te hace percibir que la gente que te atiende anda constantemente enojada por algo que no tienes muy claro, y es así como terminas discutiendo con el organizador de la Ópera Estatal, con el camarero del Hotel Sacher que te trae un trozo de su típica tarta o con la mesera del café sobre el Danubio en el que te sentaste a mirar el atardecer. La atención al cliente no es realmente su fuerte.

Toda Viena parece un gran museo arquitectónico al aire libre. La belleza de sus edificios evoca una época anterior en la que solo podían pasar cosas épicas tras cada balcón. Desde el impresionante Palacio Belvedere, con sus curiosas estatuas de hombres resolviendo a puñetazos las diferencias con sus caballos y letreros que advierten sobre los vientos huracanados que la temporada de lluvias trae consigo, hasta la rotonda de Ringtrasse donde a cualquier punto donde mires se te atravesarán colosales estructuras palaciegas de una fastuosidad enmudecedora, pasando por la céntrica Catedral de San Esteban (a la que el capitalismo le ha ganado el pulso al punto de convertir sus paredes en andamios con vallas publicitarias para celulares), cualquier calle del centro es un homenaje a la simetría y al buen gusto.

Pero nada como acabar la noche dando un buen paseo de la mano que atraviese en diagonal la ciudad, mientras comes las deliciosas galletas “Manner” de todos los sabores disponibles en el supermercado, hasta llegar al parque de diversiones Prater, donde dos impresionantes ruedas de la fortuna con brillos multicolores te dan la bienvenida, una de las cuales incluso te deja subir gratis en determinadas fechas del año. Ya para el cierre, mi sugerencia es comerte un jugoso salchipapa austriaco y bailar con tu novia los acordes de “Cásate Conmigo” de Silvestre Dangond, los cuales sorpresivamente salían de los parlantes del carrusel. De lejos, mi mejor cumpleaños.

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