Los engaños del líder

De cuanto se ha dicho del expresidente Álvaro Uribe Vélez hay verdades consolidadas, verdades a medias, especulaciones calculadas y engaños intencionales. No hay duda de que cuenta con panegiristas dedicados a la alabanza extrema destinada a preservarle a su caudillo una imagen de excelencia aun contrariando la realidad de sus humanas fragilidades o de sus inocultables flaquezas. En ese equipo no faltan columnistas aduladores, obsecuentes, diestros en el maquillaje engañoso, para mostrar el personaje como un ser de magnificencia inalterable, así su realidad no le alcance para semejante consagración.
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Que Uribe es un dirigente con talento político, indudable. Sabe embaucar y sus mañas para fabricar fantasías como un prestidigitador acertado, no se pueden desconocer. Eso le ha dado buenos réditos en su carrera caudillista. Fue hasta capaz de torcer la Constitución con un “articulito” para hacerse reelegir una vez y casi que lo logra en un segundo intento, si no se hubiera impuesto la sensatez de la Corte Constitucional a luz del derecho.

En su empeño revanchista contra la guerrilla Uribe apenas alcanzó un éxito relativo. Desmontó retenes de grupos armados en algunas vías y despejó el tránsito. También fracturó más de un frente de combatientes beligerantes, pero la insurrección continuó con diversos actores y el Estado no ganó esa guerra.

Por eso la negociación de Santos con las Farc está por encima de las estrategias de su antecesor y tiene el sello de lo histórico. Se consiguió la desmovilización de un ejército de más de 10.000 insurrectos. Y eso es un abono grande a la paz, así lo nieguen los que negocian con la guerra y con la muerte.

Sobre el paramilitarismo, que surge a la sombra de Uribe en la Gobernación de Antioquia y luego en la Presidencia de la República, las cuentas también tienen inexactitudes. El expresidente neutralizó buena parte de esa organización criminal, pero quedaron disidencias que siguen en auge.

Se ha dicho que la confianza inversionista, la cohesión social y la seguridad democrática fueron los tres huevitos del legado de Uribe. Pero ninguno fue sostenible. No pasaron de ser coyunturales, porque los graves problemas que agobian a los colombianos, como la violencia, la pobreza, la corrupción, el deterioro ambiental y los recortes a la democracia se enraizaron. Se mantuvieron con altos niveles, por lo cual Uribe no puede tener cacareos de bonanzas que no se dieron.

El balance de Uribe como estadista es precario. No tiene nada sobresaliente que mostrar. Y sus acciones presentadas como exitosas contra el narcotráfico y el llamado terrorismo no fueron cura para la nación y resultó peor el remedio que la enfermedad, porque se hizo a costa del recorte de los derechos ciudadanos y de las garantías democráticas. Los aletazos del autoritarismo y los abusos de poder se dieron con creces.

Uribe no tiene la estatura innegable de un Alfonso López Pumarejo. Mucho menos es equiparable a Simón Bolívar como pretenden venderlo. Es un político con todas las taras de la politiquería. Su ufanado patriotismo no pasa de ser su talante de odio para estigmatizar a quienes no comulguen con su credo de beligerante derechismo. No es cierta la llamada grandeza de Uribe.

CICERÓN FLÓREZ MOYA

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