Un mundo de agresores

Resulta impresionante constatar el amplio espectro asociado a las agresiones en el mundo, que van desde ofensas pequeñas, que a veces se dan incluso sin intención y fácilmente se pueden ignorar, hasta actos atroces como la tortura y el asesinato de un ser humano que es quemado vivo o degollado, mientras alguien, con una frialdad aterradora, filma el desarrollo de la repugnante escena. Sí, todos los días, en entornos bien distintos, incluso en el hogar donde comparten el techo personas unidas por lazos familiares, al hombre, como se dice coloquialmente, “se le sale el cobre”, es decir, la bestia que se esconde dentro de cada uno de nosotros y puede convertirnos repentinamente en agresor. Debemos recordar que la agresión se da también con el silencio que se escucha cuando se ignora al otro; o con el rostro que habla sin palabras, con una mueca o un gesto; y claro, con un chiste o el apunte jocoso que amparado en el humor que distrae y divierte, se reduce a la burla. Y por supuesto, se podría hacer referencia a la agresión de la publicidad omnipresente y la de algunos periodistas, más temidos que respetados, que no informan sino juzgan de manera inmisericorde. Hace poco, un excéntrico presentador peruano afirmó que “decir improperios tiene su gracia. Es como reventar una pirotecnia verbal y a la gente le gusta”.

Las personas que vamos al timón del automóvil nos sentimos agredidas cuando al detenernos en un semáforo, se acerca un habitante de calle y sin previo aviso, lanza un trapo mojado sobre el parabrisas y empieza a limpiarlo o acabar de enmugrarlo. Y a veces olvidamos que esa persona que nos hace eso, ha sido agredida de mil maneras y no una vez, sino muchas veces, por una sociedad que lo ha condenado a vivir en la marginalidad, sin oportunidades. En un ejemplo tan simple como este, se aprecia un verdadero choque de culturas, agravado, de una parte, por el egoísmo y la ostentación de aquellos que aparentemente lo tienen todo y hasta les sobra, y de otra, por la violencia e intimidación de quienes rondan la frontera de la desesperación y han perdido la esperanza.

Otra cosa muy distinta tiene lugar cuando la agresión se origina en el afán de dominio que embriaga a un individuo o una comunidad, también a todo un país; cuando se quiere instrumentalizar al ser humano cual ‘útil de escritorio’, cuando aspiramos a que el otro piense como uno, o que le guste lo que a uno, en un claro desconocimiento de la diversidad y la riqueza que conlleva. No es lo mismo proponer y anunciar que imponer y acosar. Es absurdo, por ejemplo, que la esposa tenga que leer el mismo libro o comer el mismo tipo de comida que su marido porque de lo contrario el hombre se molesta. Por supuesto, hay entornos como el educativo y el laboral, como el mundo militar, en los cuales no todo puede ser objeto de propuesta, aunque algunos defienden este esquema y descalifican todo aquello con visos de obediencia. Qué tal preguntarle al niño si prefiere una dieta de comida chatarra o una nutritiva, o si desiste de bañarse o lavarse los dientes porque es algo aburrido. Qué tal consultar al empleado para ver si está de acuerdo en realizar la tarea para la cual fue contratado. ¡No!

Sin embargo, existen otros espacios y momentos en los cuales hay lugar para una decisión autónoma y por supuesto, responsable, de acuerdo con mis intereses y talentos, que de no ser respetados dan lugar a una agresión. Ahora bien, los seres dominantes, que abandonan del todo su humanidad para transformarse en temibles agresores, abren el camino para situaciones de maltrato tan comunes y censurables como el matoneo, o tan descomunales y abominables como la que se vivió en los campos de concentración, en esa larga noche tenebrosa producto del delirio nazi.

Ante esta realidad, ¿cómo podemos enfrentar al potencial agresor que cada uno lleva dentro? ¿Cómo evitar que el planeta se convierta en un mundo de agresores? Ese monstruo miserable, -porque lo es-, que mora en el fondo de todo ser humano, solamente se puede mantener dominado y arrinconado a punta de buenos sentimientos. ¿Y dónde se consiguen esos buenos sentimientos? Pues germinan, echan raíces, crecen y se desarrollan gracias, no sólo a la buena educación, sino también al cuidado y el afecto recibido en la cotidianidad de la vida, en especial, en el hogar, la escuela y el trabajo.

fuad.chacon@hotmail.com - @FuadChacon

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