“Colombia entra en la recta final del conflicto”

Desde hace varias décadas, particularmente desde los años 70, y con las experiencias de las dictaduras se instauró y generalizó el mecanismo no judicial de comisiones de la verdad, con al menos las siguientes funciones: La primera era delegarle a un grupo de expertos de amplio reconocimiento público la tarea de esclarecer lo que había pasado, cuando se sabía que las propias partes no podían asumir claramente sus responsabilidades acerca de lo ocurrido; es decir, una especie de tercería para darle objetividad a la narrativa del conflicto. Un segundo rasgo es saber cuáles son los temas y cómo se ponen los temas; éstos en general tienen que ver con la interpretación y el sentido de lo que pasó y el reconocimiento de las responsabilidades. En tercer lugar, el reconocimiento de las víctimas.

Más allá de las dictaduras latinoamericanas (Argentina y Chile), su uso se extendió al África, con la emblemática de la Sudáfrica de Nelson Mandela, presidida por el Obispo Desmond Tutu e incluso al Asia. Ejemplos recientes en América Latina, que se convirtió en uno de los escenarios más relevantes y creativos del mecanismo han sido Guatemala, Salvador, Perú, Ecuador, Paraguay y Brasil, en algunos de ellos décadas después de terminado o cerrado el conflicto, por la negociación o el derrocamiento de gobiernos totalitarios. A diferencia de muchos de estos casos mencionados, en Colombia la tarea es considerablemente más difícil, pues aquí ya ha habido muchísima producción de verdad y de memoria que precede la institucionalidad y la creación de esta Comisión. Hemos tenido comisiones temáticas y locales, como la de Trujillo o la de Barrancabermeja. Pero además se ha avanzado con una institucionalidad que la precede, con la creación del Grupo de Memoria Histórica, hoy Centro de Memoria Histórica, que ya tiene no solo ‘El Basta YA: Memorias de Guerra y Dignidad’, sino unos cuarenta informes que apuntan a temas de esclarecimiento de verdad temáticos o regionales. A ello hay que agregar notablemente la llamada Comisión Histórica del Conflicto, que fue muy particular por su origen negociado entre las partes. Todo este acumulado hace desde luego difícil establecer lo que pueda ser el diferencial de la nueva Comisión. En el hecho de hoy, dado a conocer por las partes en La Habana, hay dos o tres puntos clave. Uno es que se trata de un proceso de esclarecimiento no judicial. Eso es muy importante, pues la asociación entre los temas de la verdad y los de la justicia se estaba volviendo un cuello de botella. Para desbloquearlos se ha optado por separar los dos escenarios. El tema judicial podrá ir por un camino y el de la verdad por otro. Esto despeja rutas e incluso pensar mejor la articulación entre los dos carriles, puesto que el llamado a la visión integral está en la sustancia del comunicado del Gobierno y las Farc. Otro aspecto muy importante para confianza pública es el énfasis en el carácter autónomo del mecanismo. Y un tercero es la disposición compartida de asumir responsabilidades. Por último se le atribuye un especial lugar a la proyección territorial de sus tareas. La fuerza simbólica del informe salido de un mecanismo de estos puede enunciarse así: “Aquí están los mínimos sociales y políticos de lo que ha pasado”. Son un intento de firmar una especie de acta de entendimiento sobre lo que ha pasado, aunque se acepte también de partida que el debate que suscite es parte de la naturaleza del escenario democrático que pretende reinstaurar.

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