23 de Noviembre del 2017
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Columnista Invitado
20 Abr 2017 - 9:55am

Las incoherencias expresidenciales

Publicada por
Héctor Galeano David
Autor:

La política exterior, se define como una política pública, que busca satisfacer los intereses de un Estado, en el proceso de interacción con los demás actores del sistema internacional. Los intereses nacionales, se pueden agrupar en tres líneas; asegurar la sobrevivencia física del Estado y sus habitantes, garantizar el bienestar económico y mantener la autodeterminación. 

En tal sentido, luego del derrumbe de la Unión de Repúblicas Soviéticas (URSS) y la terminación de la “guerra fría”, la globalización y creciente interdependencia, han sido una constante irrefutable, lo que ha obligado a los Estados a rediseñar su política exterior, desideologizando su ejercicio y ejecución.

El caso colombiano, es sui generis en la región. Prácticamente, toda su historia ha mantenido una adhesión irrestricta hacia los Estados Unidos, llevándolo a convertirse en el principal “peón” en ese complejo tablero de ajedrez.

Fiel a la Doctrina Suárez o réspice polum, (mirar a la estrella del norte), aún después del derrumbe del socialismo, el país aliado de Norteamérica, se convirtió en un verdadero problema para la región. El creciente narcotráfico y su directa intromisión en la política, la expansión de las guerrillas y el paramilitarismo, confluyeron para que el conflicto interno se internacionalizara.

En un complicado contexto de incertidumbre, el gobierno de Pastrana, suscribió el controversial Plan Colombia, lo que confirmó de manera irrefutable que el conflicto colombiano se había internacionalizado, dando un paso a la gravísima “Intervención por invitación”, como la denominó Arlene Tickner. 

Colombia, abrió las puertas de su casa, para que un vecino distante, le solucionara sus problemas, mediante la indiscriminada fumigación con glifosato y la participación de “contratistas” que en esencia son viles y burdos mercenarios.

Posteriormente, Uribe Vélez, que obstinadamente negó y sigue negando el conflicto, enfocó todos los esfuerzos del Plan Colombia, a la lucha contra la insurgencia, lo que, sumado a la firma del acuerdo en seguridad y defensa con el gobierno de los Estados Unidos, ratificó que había un conflicto que amenazaba a toda la región.

Para fortuna del país, las presiones de todas las naciones de la región y un fallo de la Corte, derrumbaron la decisión del ejecutivo. 

Uribe entregó un país que, internamente, continuaba teniendo la guerrilla más fuerte del hemisferio y en el escenario internacional, un estado aislado, conflictivo, despreciado por sus posiciones guerreristas y el desconocimiento al derecho humanitario, al convertir a gran parte de la población en desplazada y un número récord de “falsos positivos” ejecutados por fuerzas del Estado. 

Juan Manuel Santos, asumió el reto de posicionar al país en el entorno internacional y recomponer las casi destruidas relaciones con los vecinos y limpiar la imagen de Colombia en materia de derechos humanos. Sus irrefutables logros demuestran el éxito de su gestión internacional; la ratificación de los TLCs con EE.UU. y Europa, los interesantes logros de la Alianza del Pacífico, el liderazgo sectorial regional en el tema de desarrollo sostenible demostrado en Rio+20, el reconocimiento de la Ocde que denota la confianza del empresariado, las innovadoras propuestas en materia de lucha contra el narcotráfico y por supuesto el honroso Premio Nobel, entre otros. 

Por todo lo anterior, es imposible entender como dos ex presidentes que manejaron la política exterior enmarcada en la más pura y recalcitrante subordinación, que rememoró a los “criollos” enemigos de la independencia del siglo XIX, se hayan convertido en los más recios críticos del manejo de las relaciones internacionales del país, sustentando sus ataques en fundamentos que nos devuelve a la guerra fría.

Solo falta que, en esa supuesta entrevista, hayan llevado la propuesta de reactivar un Plan Cóndor o una Escuela de las Américas, rogando al controversial e incoherente presidente Trump, la intervención, así como hacen los chicos débiles en la escuela, que pagan seguridad a los bravucones para que no les hagan bullying. 

Este artículo obedece a la opinión del columnista. El Nuevo Día no responde por los puntos de vista que allí se expresen.
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