Educación, pobreza y desigualdad

En su última intervención como Primer Ministra en el Parlamento del Reino Unido, Margaret Thatcher fue interrogada por el partido Laborista sobre el aumento de la brecha entre el 10 % más rico y el 10 % más pobre durante su mandato. En una de sus intervenciones más citadas e icónicas, respondió que “(…) Todos los niveles de renta están mejor que en 1979 -inicio de su periodo-, pero que lo que preferiría de cierto modo el partido laboralista, es que la que los pobres fueran más pobres con tal de que los ricos fueran menos ricos y de esa manera nunca creará la riqueza necesaria para mejorar los servicios sociales”. De esta respuesta se deriva esa frase tan repetida desde los 90s por la centroderecha: el problema no es la desigualdad, sino la pobreza.
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En las últimas semanas, a propósito del trino del hijo de una precandidata presidencial que afirmaba que la desigualdad existía porque hay gente más trabajadora, más talentosa y creativa que otra, se han abierto reflexiones sobre este tema y comparto algunas en materia educativa al respecto. Si bien es cierto que el problema es la pobreza – por ejemplo, si hoy en Colombia multiplicamos por 50.000 el ingreso de todos los hogares, no habría pobreza pero seguiría habiendo desigualdad- empíricamente, los hogares con menores ingresos y oportunidades no pueden competir en igualdad de condiciones educativas, nutricionales o de oportunidades para romper ciclos de pobreza. Entonces esa desigualdad no es una elección, es una brecha social que está dada por lo que los académicos han denominado, la lotería de la cuna. 

Varios estudios en Colombia han medido la “inmovilidad social” a través de los niveles educativos y han mostrado que quienes nacen en hogares donde los padres tienen altos niveles educativos y mayor nivel de riqueza, tienen mayor probabilidad de llegar a condiciones socioeconómicas favorables. Por el contrario, quienes nacen en hogares donde los padres tienen bajos logros educativos y niveles de riqueza, tienen bajas probabilidades de tener movilidad social positiva. 

Si tenemos en cuenta nuestra coyuntura actual, donde a lo largo de la pandemia 240 mil estudiantes abandonaron los estudios -la mayoría de hogares vulnerables-, 26.521 estudiantes se vieron obligados a pasarse a colegios privados a públicos ante las dificultades económicas y que el sistema público no tiene cómo cumplir el número de profesores para atender mayor cantidad de alumnos, y que, sólo 26 % de los hogares rurales tienen conexión a internet, lo que ha limitado el acceso de niños a educación con el cierre de las escuelas; es evidente que los  hogares con menores ingresos fueron los más afectados y el acceso a educación de sus hijos fue la principal consecuencia, lo que sabemos, se traducirá en baja movilidad social y perpetuación de condiciones de pobreza. 

Teniendo en cuenta que el problema es la pobreza y que, en las próximas elecciones mucho oiremos hablar del tema desigualdad y pobreza, exijamos menos poesía y más estructura en las propuestas educativas que como lo ha demostrado la evidencia, son un determinante para cerrar ciclos de pobreza. Así, hagámosle zoom a la calidad educativa, la alimentación escolar, la formación docente y la conectividad para que niños y jóvenes puedan romper efectivamente los ciclos de pobreza a través de una mejor educación.

 

JULIANA KAIRUZ

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