¡Un país libre, coherente y con mejor calidad educativa para Lorenzo!

A pocos días de ser mamá me preguntan mucho si estoy nerviosa por el parto, por la lactancia, por el Covid o por los riesgos de mi placenta. Y no.
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La verdad lo que me ‘preocupa’, lo que realmente me quita la paz, es pensar que Lorenzo -mi hijo- tiene la altísima posibilidad de nacer en un país que no va a ser libre. La visión de país que lidera las encuestas hoy, propone un país sin libertades económicas o individuales, lo que afectaría todas las esferas de su vida, pero en especial su educación y la de millones de niños y jóvenes que tendrían un futuro amenazado por la seducción de un falso cambio.  El Pacto Histórico propone concretar un nuevo contrato social con una economía que genera riqueza basada en “la protección de la casa común”. De ese concepto se desprenden los innumerables riesgos que afectan la producción y la generación de riqueza y que ya hemos visto en América Latina cómo esta fórmula ha terminado en aumento desproporcionado del tamaño del Estado, lo que se traduce en más gasto público y mayor tributación a empresas, con el pronto cierre de las mismas, mayor desempleo y mayor pobreza. Todo esto, en nombre del bienestar común. 

En esa misma narrativa, las propuestas concretas de educación del Pacto son antecedidas por un discurso que afirma que “…dejaremos de ser una de las sociedades más desiguales del mundo garantizando los derechos fundamentales”. Es ahí donde empieza a gestarse la inviabilidad y la demagogia. 

Por un lado, con menos empresas y menos recursos ¿cómo se van a garantizar los derechos fundamentales? Si bien los derechos se protegen mediante leyes o consignas, solo se garantizan con ejecución y esto lo permiten -mayoritariamente- los recursos que tributan al Estado las empresas. Véase especialmente el caso de Argentina, que presenta una correlación positiva entre crecimiento del Estado, disminución del sector empresarial y estancamiento en los resultados de aprendizaje con alertas en la eficiencia del uso del recurso público destinado para educación. 

Por otro lado, en las propuestas concretas del mencionado Pacto se habla de una revolución a través del acceso a la educación pública, gratuita y de calidad a nivel tecnológico y universitario. Si bien esta propuesta no tiene nada de innovadora, porque es la misma apuesta que viene impulsando el Gobierno Duque con el programa Generación E y en virtud del cual se aumentó sustancialmente el presupuesto para Educación Superior en los últimos 4 años; es importante tener en cuenta dos premisas fundamentales: (I) la evidencia ha demostrado que la calidad educativa de los países aumenta cuando se subsidia la demanda (véase el caso de los vouchers educativos en Chile u Holanda); y  (II) cuando el Estado tiene el monopolio de la educación se restringe la competencia y por tanto, no se aumenta la calidad.

En el caso colombiano, preocupa aún más que este monopolio esté liderado por Fecode, entre muchas otras cosas, por su resistencia a la evaluación docente que es un pilar fundamental para la calidad. 

En este panorama es esperanzador, aunque falten muchas estrategias y el cómo puntual de las propuestas, ver un programa de Gobierno como el de Federico Gutiérrez que propone orden y oportunidades y que tiene claro que para cumplir sus propuestas educativas -entre las que resaltan: aumentar la cobertura de educación inicial y educación tecnológica, ampliar la jornada única, conectar las Instituciones públicas a internet, impulsar  la ‘matrícula cero’ en educación superior- requiere y debe apostar por un sector productivo competitivo, defendiendo la libertad de empresa. 

Por eso este año, yo me identFICO y espero que seamos muchos más para poderle dar a mi hijo y su generación,  un país coherente, libre y con mejor calidad educativa. 

 

JULIANA KAIRUZ

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