Un país de motos

Es verdaderamente aterrador el panorama que ofrecen las calles de las principales ciudades, con las nubes de motos que aparecen en todos los sentidos en donde no solo se hace padecer un vía crucis de enormes proporciones a los conductores de vehículos automotores, sino que a los peatones se les presenta como un escenario de alta peligrosidad e inmanejable, debido al desorden e irresponsabilidad de todos aquellos que conducen motos sin estar preparados para hacerlo.

Según los datos del comercio, una moto se puede conseguir por un poco más de tres millones y se puede pagar en cuotas de $87.000 mensuales, lo que las hace accesibles a la mayoría de las personas. Son vehículos rápidos, de fácil maniobrabilidad y económicos en su funcionamiento. Esto ha llevado a que las calles se inunden de estos aparatos y que el año entrante vayamos a tener circulando dos motos por cada automotor. En la actualidad existen en Colombia 4.8 millones de motos, frente a 3.5 millones de carros.

El resultado de este panorama es aterrador: En Colombia existen 876 accidentes al día, 320 mil al año, en donde están involucrados los motociclistas, y de estos, se derivan el 47% de las muertes y el 55% de los lesionados.

Todo esto nos lleva a pensar en algo muy trascendental y urgente para enderezar ese panorama aterrador y de tan profundas consecuencias en la vida de los ciudadanos.

Cuando uno aborda una calle, lo primero que observa es el caos y el peligro inminente, todo producto de un desorden en donde quienes se encuentran al timón de un aparato de estos, se creen con derecho de accionar a su antojo toda clase de maniobras, omitiendo elementales normas de comportamiento y de respeto frente a los demás.

Ir al volante de una moto, pareciera no tener ninguna clase de obligaciones: todo se permite y las consecuencias pareciera que no tienen ningún efecto en el cuidado y la prevención que se deben guardar. Es hora de exigir más responsabilidades, de ser más cuidadosos al otorgar un pase de conducción y de actuar con toda energía frente a los infractores de las normas. La estadística de accidentalidad, de mortalidad y de lesiones, amén de los daños materiales, debe motivar un reajuste sustancial sobre las condiciones para conducir esta clase de vehículos.

Este panorama es ya un caos total.

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