Aberraciones

“Acto o conducta depravados, perversos…” es la definición que el diccionario de la RAE da, en su segundo significado, de la palabra aberración. Y queda corto el término para designar las insensateces morales a que estamos llegando. La perfidia nos ciega los caminos; sórdidos intereses se imponen sobre los auténticos valores que dignifican la vida y las relaciones entre los seres humanos; la más inexplicable insania pretende desconocer o llevarse por delante toda ley natural; parece que no nos diéramos cuenta de la sima de degradación a la que nos vamos precipitando, ni de cómo, obcecados, nos envilecemos al aceptar, sin un gesto de protesta o de repugnancia, las peores aberraciones; no nos erguimos, como deberíamos hacerlo, contra quienes se empeñan en borrar cuanto nos sitúa por encima de los animales.

Pueden sonar a discurso apocalíptico mis palabras; probablemente habrá quien me tilde de Savonarola criollo; que ya una vez me lo dijeron. Nos hemos anestesiado moral y espiritualmente para no sentir dolor ni gritar de indignación cuando se nos arrancan las raíces de cuanto, heredado de nuestros mayores y bebido en las fuentes de nuestras creencias, hemos profesado, amado y defendido. Permitimos, impasibles y estólidos, que quienes, encumbrados en los estrados legislativos y judiciales, deberían tutelar los principios fundamentales de una sociedad cristiana, hagan todo lo contrario: los destruyan y pisoteen, y nos impongan los más perversos antivalores; y que los medios de comunicación que tienen mayor influencia, porque están sustentados por enormes capitales, se hayan convertido en canales con caracteres de albañal, y rieguen, tiñéndolas de verdad, las más ponzoñosas falsedades.

Hay noticias que, si no fuesen tan trágicas, si no transmitiesen hechos tan aberrantes, provocarían risa; pero a mí me causan estupor y tristeza. Vayan dos, de estos últimos días, como muestra.

Una juez laboral del circuito de Medellín ordenó que, ante notario, se legalizara por primera vez la unión, ya no entre dos sino entre tres o entre cuatro homosexuales; y habla, a propósito de esa aberración, de “matrimonio poliamoroso”, y denomina al grupo dizque “trieja conyugal”… ¿Matrimonio? ¡Por Dios, qué profanación, qué patochada, qué insensatez! Désele, a esa relación anormal, otro nombre cualquiera. Reconózcanseles, a quienes la constituyen, lo que reivindican en materia de derechos económicos o efectos civiles de su convivencia. Pero no tergiversen las cosas; eso no es, no, matrimonio; ni puede serlo.

En Disneylandia, ese famoso parque de diversión, se organizó y se celebró una gran “marcha del orgullo gay”. Y eso, por encima de la protesta que con casi cuatrocientas mil firmas, intentó estorbar semejante barbaridad. Ahora, ese centro de entretenimiento convertido en escuela de adoctrinamiento y corrupción para los niños que lo visitan; ahora la tradicionalmente amable figurita del ratón Mickey transformado, con estrafalario gorrito multicolor, en ícono de la homosexualidad… ¿Habrase visto?

Si no volvemos a nuestras raíces, si continuamos ignorando que hay una ley natural que es ley de Dios, y que es anterior y está por encima de toda ley positiva; si no nos unimos para contener esta riada tumultuosa de inmoralidad que nos arrastra, estaremos perdidos. ¡Dios nos proteja!

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