Los dos Papas… ¡veneno oculto!

Tiene, en estos días, gran difusión el filme “Los dos Papas” que Netflix ha puesto en su programación, y se multiplican los comentarios, casi unánimemente laudatorios. Yo no soy cinéfilo, podría decir casi que soy todo lo contrario. Rarísimamente soy capaz de mirar hasta el final una película; prefiero, de lejos, dedicar tiempo a la lectura. Por lo anterior, me sentiría ridículo emitiendo un concepto sobre el valor artístico o técnico de este filme desde el punto de vista del llamado séptimo arte.

Me atengo, en este terreno, al análisis que hacen los que, se supone, saben de qué hablan. Entre ellos hay quienes lo han calificado de obra maestra. Desde mi ignorancia, admiré la belleza de la fotografía, la actuación de los dos actores protagonistas, especialmente la de Jonatan Price, que encarna al cardenal Bergoglio; la agudeza de los diálogos, que insinúan mucho más de lo que expresan. Pero, repito, en este tipo de análisis me reconozco un analfabeta.

Pero en relación con el contenido mismo de la película, de su intencionalidad, de su meollo… quiero compartir alguna reflexión. Reflexión que me lleva a decir: por desgracia, muchos van a ver este filme, y va a hacer muchísimo daño.

Hay, a mi modo de ver, mucho veneno oculto en la obra. Y comienzo por decir que tiene una dosis excesiva de novela ficción. Fernando Mirelles, su director, afirma que es una película basada en hechos reales. Pero ciertamente, si establecemos el porcentaje que en ella tienen la realidad y la ficción, ésta aventajaría a aquella por lo menos en un setenta por ciento; o tal vez más. Es que el acontecimiento mismo de la llamada al cardenal Bergoglio para que fuese a entrevistarse con el Papa Benedicto, el encuentro de ellos dos en Castelgandolfo, y el diálogo que constituye prácticamente todo el entramado de la película, y que por momentos adquiere tintes de enfrentamiento, jamás existieron.

Y son pura ficción elementos que, lejos de ser simples detalles, marcan esencialmente el desarrollo de los acontecimientos, como la revelación del Papa al cardenal de su intención de renunciar, y su insinuación, casi su predicción de que él lo sustituiría; como el cabildeo que se insinúa del cardenal Ratszinger para lograr su elección en el cónclave del 2005, como el desencanto manifestado por el cardenal Bergoglio ante la elección de Benedicto XVI… Por otra parte, la película es gravemente injusta: injusta con la historia, injusta con la Iglesia, y especialmente injusta con la persona del meritísimo y venerado Benedicto XVI, de quien traza un retrato verdaderamente caricaturesco y que linda con la calumnia.

Tal vez so pretexto de resaltar el contraste entre los dos personajes, frente a un cardenal Bergoglio simpático, extrovertido, espontáneo, cercano, de sonrisa irradiante, sencillo y “normal”, que carga su maletín y monta en bus, que disfruta de una mesa compartida y es “hincha” de un equipo de futbol, nos muestra a un pontífice hosco, lejano, ausente de la realidad, voluntariamente solitario, aislado, de mirada inquisidora, incapaz de ponerse al nivel de la gente, amigo de lujos y boato, amargado de sí mismo, encastillado ...!Cuán lejos, todo esto, de la realidad! El bulo que se encierra en la supuesta confesión del papa, relacionada con la actitud cómplice suya en los abusos sexuales cometidos por Marcial Maciel y otros, desconociendo que fue precisamente Benedicto XVI uno de los primeros en denunciarlos y quien, una vez tuvo la autoridad para ello, apartó del ejercicio sacerdotal al delincuente y lo confinó a una vida de penitencia, es francamente inicuo. Flaco servicio le hace a nuestro amado pontífice, el santo padre Francisco, esa pretensión, evidente en el filme de Mirelles, de exagerar sus rasgos atrayentes para afear, por contraste, los de Benedicto XVI.

En el fondo de todo, la película pretende mostrar dos iglesias: la una, que se encarna en el Papa emérito, conservadora en el sentido peyorativo del término, aferrada a antiguallas doctrinales y cultuales, incapaz de ponerse al día, principesca, ausente de la realidad cuotidiana de los hombres, enemiga de la cultura, encubridora de sus propias culpas, renitente a los vientos frescos y renovadores del Vaticano II; la otra, con el Papa Francisco a la cabeza, moderna, abierta, actualizada, abierta al hoy del mundo y del hombre, capaz de aceptar el pluralismo doctrinal, encarnada en la realidad, pobre y para los pobres, enemiga de ritualismos y de oropeles, descomplicada, capaz de acomodarse a lo cambiante, despojada de dogmatismos e intransigencias, que anda a pie y que, en aras de no rechazar a nadie, está dispuesta a edulcorar su doctrina y las exigencias de sus normas. Y esas dos iglesias, sencillamente, no existen.

La Iglesia de Jesucristo, que tanto Benedicto XVI como el Papa Francisco han apacentado en su nombre, dándole cada uno, como es normal, tintes nacidos de du talante y de su propia riqueza humana y espiritual es única, es universal, es la misma. Tan alejada del indiferentismo como del fanatismo; tan distante del sincretismo como del exclusivismo; tan ajena a los relativismos doctrinales como abierta al diálogo con la ciencia y la cultura; fiel a una Verdad, que es Cristo, y que no puede cambiar. A Ella, en cumplimiento de la promesa de Jesucristo, Dios le ha dado el regalo de los Papas.

Y es sórdido el propósito de mostrar al actual Pontífice como alguien que puede o quiere tijeretear el Evangelio y la Revelación y acomodar la doctrina a los acontecimientos, y de negociar lo innegociable - lo que se hace dando a sus palabras y a sus decisiones un sentido o un alcance que no tienen -, así como es perverso el aplicar una careta de momia a la luminosa firmeza doctrinal, transida al mismo tiempo de amor, del amado Benedicto XVI.

La Iglesia que él enriqueció con su luminoso magisterio y con su testimonio admirable, es la misma que actualmente camina tras el amable cayado de Francisco; la misma que, en el Concilio, se redefinió a sí misma como Iglesia en el mundo ( no del mundo, ni frente al mundo, la preposición fue reflexivamente escogida), como misterio salvífico, como pueblo de Dios en camino. Insisto: la misma del venerado papa Benedicto y del amado santo padre Francisco.

La soterrada dicotomía que la película Los dos Papas establece entra la iglesia del uno y la del otro, es falsa, y es lo que, en el título de este sencillo comentario yo llamo un veneno oculto…Me reafirmo en lo que arriba expresé: desgraciadamente, muchos, sin una capacidad de análisis y unos elementos de juicio suficientes, verán este filme y les hará mucho daño…¡ Que bueno sería que nosotros pudiéramos evitarlo, ayudando a pensar ! Yo aporto esta reflexión, e invito a otros, con mayor alcance que yo en este terreno, a hacerlo.

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