Clamor orquestado en favor del aborto

Posiblemente parezca un inútil majar en hierro frío volver a hablar en defensa de la vida del inocente aún no nacido. Pero yo sigo experimentando en lo más íntimo de mi ser de hombre, de colombiano, de católico y de sacerdote, la necesidad de salir en defensa de esos pequeñines inermes y de los principios y verdades de la antropología y de la moral que orientan mi pensamiento y nutren mis más entrañables convicciones.

En los últimos días, la campaña criminal de influyentes medios de comunicación, particularmente El Espectador y El Tiempo, para presionar a la Corte Constitucional y obligarla a legalizar el asesinato de los que viven aún en el seno materno, se ha vuelto un verdadero clamor; uno descubre en esos órganos de opinión una auténtica obsesión. ¡Y con qué facilidad encuentran columnistas que tienen, al abogar por el aborto totalmente libre y generalizado, un efugio para su antipatía por la moral cristiana o tal vez para sus propias frustraciones o remordimientos… El magistrado doctor Linares, que se erige en el corifeo del proyecto infanticida, tiene a su alrededor un coro vocinglero que lo acicatea y lo conmina.

“Ya es hora de que la corte permita el aborto libre”, así se despacha el editorial de El Espectador el 19 de enero; y en la misma fecha, desde su buhardilla, de la que salen casi semanalmente envenenados disparos contra la Iglesia y contra la moral cristiana, don Ramiro Bejarano esgrime, para pedir que se autorice el asesinato del niño en gestación dizque la “igualdad de género real”… Y hoy, en breve nota, quien se firma como Berta Lucía, blande el manido “argumento”: es que las mujeres somos dueñas de nuestros cuerpos. Le pregunto: ¿y dueñas también del cuerpo de sus hijitos, hasta el punto de sentirse autorizadas para matarlos en su vientre?... En El Tiempo en enero 20, doña Melba Escobar titula su columna con esta perla: “Defender el aborto es también defender la vida”. ¿Habrase visto contradicción de términos más protuberante? Es el colmo de la falacia y de la desfachatez. Eliminar y expulsar al embrión, al que la simple biología reconoce ya como un ser humano, ¿es defender la vida? ¡Por Dios! Y al interrogante que en su artículo plantea, yo le respondería: sí, por supuesto, sabemos que mueren miles de mujeres en el mundo por prácticas abortivas no seguras. Razón de más para luchar contra ellas; pero ¡también sabemos que mueren en el mundo, no millares, millones de pequeñitos no nacidos aún, porque los abortan!

Una y mil veces más: ¡no al aborto, no al genocidio de los más indefensos, no a las artimañas idiomáticas para no llamar las cosas por su nombre, no a la autorización legal del filicidio, no a los órganos de opinión que, sometidos a condicionamientos económicos foráneos, cobardemente se prestan a alentar la depravada campaña abortista! Y no, también, a nuestros silencios cómplices, a nuestras cobardías para salir en defensa de la vida. La doctrina esplendente de la Iglesia es ineluctable y tiene que ser la que nos señale el rumbo. “La vida, desde su concepción, ha de ser salvaguardada con el máximo cuidado: El aborto y el infanticidio son crímenes abominables” (Vaticano II, Gaudium et. Spes, N° 51).

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