¡Baje esa perra, Luis!

La expresión se hizo famosa este comienzo de año, gracias a las redes sociales. Un video grabado muestra el hoy famoso hecho en el que una mujer sorprende a su esposo en su carro en compañía de quien asegura es su amante.

De inmediato la mujer detiene el paso del vehículo para exigir que su marido baje “a esa perra” del carro. La muchedumbre rodea la escena y empieza a gritar junto a la mujer pidiendo que Daniela Murcia, como se llama la presunta amante, dé la cara.

Mientras todos piden a gritos, como en un circo romano, la cabeza de la “otra”, la turba aplaude la situación y aúpa a la dolida esposa a seguir. El caos llega a tal punto que, mientras el tráfico colapsa y las voces porque Luis, el esposo infiel, baje a la amante crecen, alguien le pasa a la mujer un rodillo y le aconseja destrozar los vidrios, mientras otro intenta entregarle lo que parece un cuchillo.

Aunque son inmensas las posibilidades de análisis de este hecho, quiero hablar de dos cosas. Primero la inmensa violencia arraigada en todos como la respuesta inmediata de resolver los problemas.

En este caos nadie llama a la calma. ¡Todos quieren más! Quieren que Daniela baje del carro, para que seguro la dolida esposa pueda golpearla.

Hay un disfrute genuino de la situación, un placer malsano en ver esta violencia generada por el triángulo amoroso.

Es una muestra clara de esa constante hipocresía en la que viven los colombianos, capaces de ser tan violentos como superficiales frente a algunas situaciones.

Y en segundo lugar todos culpan a “la otra” de la situación. Nadie, ni siquiera la esposa, le increpa a Luis por su falta, ni el público enardecido le pide a él que dé la cara.

No, todos quieren crucificar a Daniela, porque encarna esa arraigada idea según la cual las mujeres son una especie de brujas que seducen a inocentes hombres, que solo responden a su instinto.

Este video sin duda desentraña muchas de las miserias de lo que a veces somos como colombianos.

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