Pobres ricos y ricos pobres

“Es mejor ser rico que pobre”, dijo Pambelé y Colombia se estremeció. Una tesis que todos sospechábamos, pero muy pocos podían comprobar.
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En los años 70 se daba por descontado que quien nacía pobre lo seguiría siendo hasta la muerte. La riqueza era escasa, asociada con los dueños de la tierra. Cada departamento contaba con un puñado de terratenientes de donde salían senadores, embajadores, alcaldes y reinas de belleza. Se casaban entre sí.  

En los 90 floreció la filosofía pambeliana. Los altos precios de petróleo, coca y marihuana nos inundaron de dólares. El campo perdía importancia y el país se urbanizaba rápidamente. El Estado se desentendió de la prestación de los servicios públicos de acueducto, recolección de basuras, energía eléctrica, que entregó a los particulares. Esa fue la cura inventada por Margaret Thatcher para frenar la apropiación que hacían los sindicatos públicos de los recursos a redistribuir entre los más necesitados. En Colombia acabamos Colpuertos, Ferrocarriles Nacionales, Caja Agraria y por estos lares Empoibagué y Electrolima.   

Hoy basta con el favor del Príncipe. Se ha venido consolidando una clase empresarial parásita del Estado, aversa al riesgo y la competencia. El remedio ha resultado peor que la enfermedad. Contratantes públicos y contratistas privados transan turbiamente la prestación de los servicios públicos, en condiciones monopolísticas o de oligopolio. No podemos llamar a esto libertad de empresa y menos democracia liberal. 

Los ejemplos abundan: las investigaciones que adelantan Corte Suprema y Fiscalía sobre la financiación ilegal de las reelecciones presidenciales; US$7 millones que le dieron a un viceministro de Transporte, y otro tanto a los denominados “Buldoseres”, por cuenta de la famosa Ruta del Sol; el caso de la Triple A de Barranquilla; el robo de los juegos nacionales de Ibagué o el apartamento que le habrían “regalado” al fulano que certificó agua cruda como potable para 1000 familias. 

Pero el mantra pambeliano pierde validez. Hacerse rico de cualquier manera ya no es digno de admiración. Quizá por instinto de conservación los jóvenes comienzan a descartar la mentalidad de nuevos ricos que obnubiló a sus padres. Andan ligeros de equipaje, atendiendo virtualmente su propio negocio u ofreciendo servicios “freelance”, en horarios que les permitan practicar deportes y pasear a sus mascotas. Viven en unión libre, visten tenis, yines rotos y no están seguros de traer hijos a un planeta en irremediable deterioro. No les interesa hacer carrera en grandes corporaciones o bancos. Son minimalistas, se transportan en bicicleta y muchos son vegetarianos. Las religiones tradicionales no los deslumbran, pero aman los ríos, los animales y los árboles. Adoran la tecnología, detestan el autoritarismo y reconocen la hipocresía. Prefieren viajar o reunirse con sus amigos en espacios públicos naturales a encerrarse entre cuatro paredes con cercas eléctricas y guardias que protejan sus posesiones. 

Señales que no entienden los políticos colombianos. Como la generación de Pambelé, derecha e izquierda se lían a trompadas, todo por llegar al poder como subalternos de una burguesía extractivista, remolona y usufructuaria de las arcas públicas. 

GUILLERMO HINESTROSA

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