Buscando “camello”

Cuando mi sobrina mayor cumplió 18 años vino a Colombia con el propósito de debutar en una de esas mágicas fiestas de San Juan. Lucía preciosa en su traje de seda bordado con canutillos y lentejuelas, pero no había decidido cuál de los hijos de mis amigos sería su parejo. Le preguntamos qué tipo de persona le gustaría y con gran seguridad expuso los atributos ideales de su galán. Siendo gringa desestimó los ojos azules y el cabello rubio. Exigió sí que fuera piadoso, tuviera buen humor y le enseñara a bailar salsa. –No importa que hable inglés como Tarzán, yo entender spanglish--. Se encaramó en sus tacones de puntilla y exigió una estatura superior a 1,75.
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– Con esta última exigencia me acabas de cortar la cabeza --, dije. Soltó una carcajada y agregó: – “¡Tú no cumples ninguno de mis requisitos, tío! …”. No le salió muy devoto el chambelán, aunque sí una precocidad en materia de reguetón.

La semana pasada, trece años después de su exitoso debut, por casualidad contesté su llamada de Estados Unidos. Antes de pedirme que le pasara a la abuela, me dijo: – Tío, escribes cosas muy interesantes en El Nuevo Día, pero pienso que te desperdicias. La manera como estrujas tu cerebro es digna de una mejor causa. Revisando el listado de aspirantes a la presidencia de Colombia, me he dado cuenta de que cualquiera puede ser candidato, y lo que es peor, cualquiera puede ganar. Veo una magnífica oportunidad para ti, que estás un poco desparchado. Deberías aprovechar tus emergentes talentos ofreciéndote como fórmula vicepresidencial. Hay cincuenta vacantes disponibles y no te vendría mal conseguir un trabajo. ¿No te parece? 

Quedé en shock. La idea de mi sobrina no me ha dejado dormir desde el pasado viernes. Sin comentar con nadie la honrosa postulación decidí emprender un subrepticio proceso de selección. Descarté los candidatos de los extremos (en la universidad me decían Hinestrosky y en Ibagué, recién casado, Fray Hinestrosa). Procedí a buscar mi fórmula entre la franja de los tibios, sometiéndolos a la prueba ácida de mis hermanas. Estos fueron sus corrosivos resultados: 

“No está mal la apariencia de Clark Kent de Alejandro Gaviria, con tal que cuando se quite el Everfit no sea, únicamente, para clavarnos la decimonovena, vigésima y vigésima primeras reformas tributarias de la Universidad de los Andes”. “Algo similar pensamos de Juan Carlos Echeverry: Inteligentísimo, pero poco seductoras esas gafas de mayordomo de Batman Carrasquilla. ¡No mijo, con Crepúsculo III quedamos saturadas de vampiros!”. 

Les encanta el aire a Leonel Álvarez de Sergio Fajardo: “Es tierno, aunque mete mucha pata, sobre todo en materia financiera. Le vemos más posibilidades a James de titular en el Real Madrid”. Juan Manuel Galán les parece buenmozo: “El yerno ideal, siempre y cuando la nuera les resulte digna de tanta pureza…”. ¿Jorge Enrique Robledo? – “Tú hablas más paja que él. Si compitieran con Duque y Martuchis no se notaría, pero no es el caso”. ¿Iván Marulanda? – “Se ve más joven que tú”. ¿Ángela Robledo?  -- “¿Eres adicto a la cantaleta?” 

Nada qué hacer, las mujeres de la familia son demasiado exigentes. Mejor sigo tranquilo con mi pensión y los suculentos honorarios de El Nuevo Día.  

 

GUILLERMO HINESTROSA

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