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Encanto

Tenía 25 años de no ir al cine a ver dibujos animados. En el Rey León lloré con mi hija el azaroso destino de Simba, perseguido por Scar, su malvado y codicioso tío. De regreso a casa tuve que soportar algunas mofas (los hombres no lloramos cómodos en ninguna parte) y desvié la conversación hacia los estragos que causan la envidia y el deseo desenfrenado de poder.
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Las fábulas contienen metáforas, símbolos y moralejas que resumen la manera de ser, pensar y actuar de un pueblo. Pues bien, intrigado con el enfoque que le dieron los estudios Disney a Colombia fui con mi señora a ver Encanto. Ocasión para saber cómo nos miran, qué es eso que los colombianos tenemos en común y proyectamos al mundo como nación, cuál es la narrativa que le achacan a nuestra cultura e identidad, más allá de justificaciones y lugares comunes.

No había ningún niño en la sala, así que no hubo exclamaciones de contento ni risas espontáneas entre los curiosos espectadores. Les confieso que salí intranquilo, con la sensación de haber ido al lugar equivocado. No se trató de un romance, las aventuras de un héroe, los padecimientos de un antihéroe o de una chispeante fantasía musical. No, los ojos de Hollywood fueron más certeros de lo que esperaba. Intentaré explicarlo en el espacio que me resta.

Somos un pueblo en constante amenaza. El guión comienza con el flashback del incendio de una aldea, desplazamiento y persecución de sus pobladores, entre los que sobrevive una viuda con tres huérfanos de brazos. Luego vuelve al presente y nos muestra una casa habitada por tres generaciones levantadas bajo el férreo control de la abuela. Muchos secretos esconde este encantado lugar: un tío negado y medio loco al que nadie presta atención; la infatigable fuerza del trabajo femenino; una chica manipulada por la abuela para que salve a la familia con un matrimonio por conveniencia; dos hermanas rivales que se reconcilian cuando la menos agraciada libra a la “perfecta” de un matrimonio infeliz, revelando una verdad misteriosa que derrumba la estantería.

No podía faltar el folclor: música de Carlos Vives, Yatra y Joe Arroyo; vestuario típico, danzas, gastronomía, el bucólico valle de Cocora con su bosque de Palma de Cera que todos creen exclusivo de Salento, aunque dos terceras partes estén en Toche, corregimiento de Ibagué, de donde es natural quien hace la voz de Antonio Madrigal, el pequeñín de la familia; personaje con el don de comunicarse con animales, ríos, montañas y árboles de nuestro maravilloso paisaje. Esos mismos que arrasan, sin objeciones de Cortolima, los advenedizos cultivadores de aguacate.

Disney desnuda nuestra maña de vivir de apariencias: falsa autoridad, falsa riqueza, falsa alegría, falsa armonía. Nos motiva a no tragar entero, a demoler los cimientos de una parodia de desarrollo sustentado en la devastación de la naturaleza, la zalamería con el corrupto y el autoengaño.

Dirán que exagero, pero no hay otra forma de comprender por qué la casa (que simboliza a Colombia) cae en súbita ruina y tres generaciones deben arrancar de cero, cuando la bella de la familia no le hipoteca su felicidad al rico del pueblo. Las causas no están explícitas sino sugeridas, pero no hay duda de que así nos ven. 

Estamos en Navidad. Es tiempo de reflexionar y, por qué no, de cambiar.

GUILLERMO HINESTROSA

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