Quítate tu pa’ ponerme yo

Álvaro Gómez se lamentaba diciendo que Colombia era un país conservador que votaba liberal.
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Pues bien, El País de Madrid acaba de referir un cambio de esta vieja percepción, titulando: “Gustavo Petro, primer presidente de izquierda de Colombia”. Son múltiples las lecciones que nos deja la victoria del Pacto Histórico. Más que hacia la izquierda, la campaña ganadora fijó la mira en los de abajo: los excluidos, los ninguneados, “los nadies y las nadies”, según la expresión de Francia Márquez, nuestra nueva vicepresidenta, hija de una comadrona y un obrero que se ganaban la vida, de sol a sol, en labores de minería artesanal.  

Negra, madre soltera a los 16 años, empleada doméstica en Cali, decidió estudiar y liderar la resistencia de 500 familias que iban a ser desplazadas por un fulano al que Uribe le concedió títulos mineros, en Suárez, Cauca; los tumbó con una tutela que interpuso ante la Corte Constitucional. Una sobreviviente de los millares de líderes asesinados que a diario registran los telenoticieros, como parte del paisaje nacional. Comunidades afrodescendientes, indígenas, campesinas; carne de cañón de las bandas criminales que azuelan nuestra desprotegida ruralidad.   

Una mitad de Colombia que la “gente de bien” se niega a mirar a los ojos en los semáforos. Compatriotas que rebuscan su sustento haciendo malabares en la calle; colonizando andenes para asar arepas, mazorcas, pinchos; vendiendo bayetillas, chupetas, Vive 100; que se instalan bajo una raída sombrilla ofreciendo galletas, cigarrillos, zumos de fruta, tinto. Vendedores ambulantes, domiciliarios de Rappi, hordas de excluidos que duermen en “pagadiarios” de cinco o diez mil pesos noche. 

Las redes sociales nos inundaron de post donde esos ciudadanos vitoreaban el triunfo del Pacto Histórico. Compatriotas enflaquecidos, muecos, de piel ajada y manos callosas que sentían que por primera vez uno de los suyos lo había logrado, que sí se puede. Vi secándose las lágrimas a la aseadora de un centro comercial. 

Y es que en el estrecho vértice de la pirámide social que habito reconozco los límites de una opaca burbuja. Una sociedad más al tanto de los seriados de Netflix o los eventos deportivos transmitidos por Star plus, que del día a día de sus atribulados compatriotas. Grupos sociales que repulsan al pobre, que desaprendieron los valores católicos de compasión y caridad, para adoptar los de un neoliberalismo que nos enseñó a sentirnos merecedores del éxito, de las oportunidades que nos ruegan; habitantes de una sociedad sin empatía ni solidaridad, liberada de culpas, que le achaca al desfavorecido la responsabilidad de su mala suerte. 

Pues bien, ahí está Francia Márquez para recordarnos con su expresión adusta y mirada suspicaz que ellos sí importan y son los que justifican la existencia de un Estado. Que se pueden superar las barreras y es posible conquistar el poder por vía democrática, sin empuñar las armas o transigir con César y ‘Simoncito’ Gaviria.  

No voté por Petro ni Francia, pero reconozco que relegitiman una democracia enferma que comenzaba a apestar. Espero que el nuevo presidente no sobrevalore el aporte de los paracaidistas de ojos azules que siguen aterrizando, con copa de champán, para celebrar la victoria del cambio.

 

GUILLERMO HINESTROSA

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