Es hora de cambiar

La historia que voy a contarles es absolutamente cierta y tuvo lugar en el centro del país, en San Sebastián de Mariquita, no en lo que podría llamarse la Colombia profunda, circunstancia que la hace más increíble y patética. Solo cambiaré el nombre de la protagonista. Se trata de María Ramírez, una joven de treinta y dos años, la mujer de un trabajador de salario mínimo. Tiene diez semanas de embarazo, y aunque ya es madre de un joven de diecisiete años es como si fuera la primera vez. Volver a quedar embarazada después de tantos años y en plena pandemia le ha sumado estrés a las náuseas y vómitos.
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La atendieron en la EPS y le ordenaron una ecografía, tras haberle confirmado el embarazo. Según la entidad, se la tienen que hacer en Ibagué. ¿En Ibagué? Me pareció absurdo que deba desplazarse 120 kilómetros para una prueba que hoy en día la hacen en un consultorio médico. Me dijo que eso le habían dicho, pero que estaba pensando en ir a un particular pues le salía más barato. ¿Cómo así? Sí. El pasaje a Ibagué ida y vuelta vale setenta mil pesos. A eso súmele el almuerzo y el transporte en la ciudad y el costo llega a noventa mil pesos, y no me siento bien para ir sola, entonces ir con otra persona vale ciento ochenta mil pesos. ¿Y en el hospital local no hay ecógrafo? Sí, pero que no quién lo maneje. La respuesta me dejó mudo. La ecografía en un servicio privado vale ochenta mil pesos, de manera que ahorra la mitad y no corre riesgos de subirse en buses y taxis, ni se gasta un día en un examen de 15 minutos.

María se sentía indispuesta para viajar, y fue a urgencias. Allí la atendieron y ordenaron exámenes de laboratorio. Por bioseguridad tuvo que entrar sola, su esposo debió esperarla en la calle al rayo de sol, por si lo necesitaban. Al cabo de un rato, María lo llamó para que por favor comprara un frasco para la muestra de orina. ¿Qué? ¿El hospital no tiene un frasco para la muestra? ¡Costó cuatrocientos pesos! Luego de esto fue a un privado para la ecografía, después volvió a llevar el resultado y a pedir cita para que lo lean. Un proceso kafkiano. 

Le comenté el asunto a una amiga, y me dijo que esto sucede en casi todos los pueblos del Tolima. Cómo lo estará pasando la gente del sur y del oriente, en donde los desplazamientos pueden tardar cinco y más horas, por destartaladas vías. Uno no sabe si llorar o reír. Y yo que creía que la salud estaba descentralizada. La gente soporta estas vicisitudes en silencio, como si fueran cosas normales. El viejo demonio del centralismo y la falta de respeto a los ciudadanos son pan de cada día. Así de mediocre y patético funciona el maltrecho sistema de salud pública. Y me pregunto: ¿No vamos a aprovechar la crisis para superar esta crisis? ¿No seremos capaces de organizar un sistema eficiente y humano? ¿Seguiremos pensando que lo que importa es el negocio? Es tiempo de cambiar.

GUILLERMO PÉREZ FLÓREZ

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