¿Cómo resucitar una democracia?

Steven Levitsky y Daniel Ziblatt escribieron hace unos años un interesante libro que lleva por título ‘Cómo mueren las democracias’, en él postularon que la destrucción de estas se produce ya no a manos de fusiles y botas militares, sino de tiranos elegidos popularmente. Aseguran que para muchos ciudadanos este proceso es imperceptible, pues… “Al fin y cabo, se siguen celebrando elecciones, los políticos de la oposición continúan ocupando escaños en el Congreso y la prensa independiente sigue publicándose”.
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El sistema diseñado en 1991 (que tantas ilusiones despertó) lo han venido erosionando a través de reformas constitucionales, leyes, decretos, sentencias y actos gubernamentales. La población, ocupada como vive librando la batalla del día a día y asqueada por la vida pública, ni cuenta se da. Por eso resultan saludables dos sentencias de la Corte Constitucional con las cuales comienza a recuperarse el espíritu del 91. La democracia participativa y la soberanía popular reconocen  al pueblo como la fuente del poder y a los ciudadanos como titulares de la acción política. Los constituyentes consagraron diversos mecanismos de participación y elevaron este derecho a la categoría de fundamental. Fue esto lo que dio lugar a que en su momento se hablase de un ‘nuevo país’. El problema es que el ‘viejo país’, formado bajo el canon de la representación, un concepto decimonónico muy revolucionario cuando prevalecían la monarquía y el feudalismo, le tiene pavor a la participación ciudadana porque cree que puede derivar en oclocracia, o gobierno del ‘populacho’ o de la muchedumbre. Precisamente, para ‘conjurar’ ese hipotético riesgo, se dedicó a expedir normas y sentencias orientadas a obstruir la participación ciudadana. Por esa vía, por ejemplo, con el pretexto de organizar los partidos, se secuestró la política y se le convirtió en un privilegio de élite. Así surgieron los famosos avales, un pasaporte para la participación electoral que convierte a los ‘dueños’ de los partidos en reyezuelos. Al ordenar darle personería jurídica al Nuevo Liberalismo y a Colombia Humana, la Corte Constitucional abre espacios y fortalece el pluralismo. Hay que saludar dichas sentencias con alborozo, ya veremos cuál es el compromiso de estas organizaciones con los valores democráticos del 91. Tienen el reto de actuar diferente, de no ser ‘más de lo mismo’, y de contribuir a rescatar la política. Hoy no elige el pueblo, elige la chequera. El país necesita partidos modernos que entiendan los desafíos del presente. Lo primero es evitar la plutocracia, que es el gobierno de quienes tienen dinero, bien o mal habido. Históricamente nuestras instituciones han estado asediadas por la violencia, la corrupción y la influencia de dineros mal habidos, Carlos Lleras los llamaba ‘dineros calientes’. Hoy, las múltiples estructuras criminales que existen y los clanes políticos que monopolizan el proceso electoral son más poderosos que antes, por esto los nuevos partidos deben ser más contundentes que nunca. La financiación de las campañas electorales es la médula de la cuestión.

Guillermo Hinestrosa en su aguda columna, ‘Hijos de Putin’ (en este mismo diario), lo advierte con claridad: “La amenaza no se cierne sobre el capitalismo sino sobre la democracia”. El punto es: ¿cómo resucitar una democracia casi agónica? Los nuevos partidos tienen la palabra. De los antiguos es muy poco cuanto se puede esperar, desafortunadamente.

GUILLERMO PÉREZ FLÓREZ

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