¿Qué le falta a Colombia, don Joaquín?

Colombia siempre ha estado en guerra consigo misma. Siempre hemos tenido motivos de sobra para odiarnos, para mirarnos con desconfianza. Estando en bachillerato en una conversación con uno de los patriarcas en mi pueblo, Joaquín Paz, un hombre inteligente, agudo y emprendedor, me dijo que nos hacía falta tener una guerra para terminar de consolidar una identidad nacional y una idea de país. Quedé perplejo, y le dije: pero si nos cabe una sola guerra más, llevamos años en guerras. “Sí, pero todas entre nosotros. No con otro país”.
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sa ha sido la historia nacional, la historia de las guerras civiles, la de la violencia entre ‘godos’ y ‘cachiporros’, la del odio entre ‘limpios’ y ‘comunes’, como se dividieron las guerrillas liberales. La violencia de los ‘pájaros’ y de los chulavitas’, las guerras entre centralistas y federalistas. Siempre hemos tenido algún motivo para odiarnos, nos dividimos entre buenos y malos, entre amigos y enemigos. En parte, esa es la razón para que no nunca hayamos hecho nada memorable como pueblo. Y no lo hemos hecho sencillamente porque no somos un pueblo, sino un país de individuos, como lo dice mi amigo William Ospina, que es una forma diferente de decir lo que dijo Bolívar, cuando afirmó que cada colombiano era un país enemigo. ¿Qué le falta a Colombia, don Joaquín? Así comenzó la charla. “Sentir el peso de una guerra”. Cómo podía entender uno esa frase a los 14 años, tan descarnada y fría. Cincuenta años después sigo sin entenderla. Se me ha ido la vida sin entender a mi patria. Sin entender por qué vivimos en el pasado, por qué tanto temor al futuro, por qué tanta ‘mala leche’. En esta campaña he perdido amigos. Personas buenas a quienes no sé cómo carajos alguien les inoculó veneno. Algunos no logran aceptar que pueda pensar diferente, de repente, me he convertido en una mala persona.

Tratando de entender a Colombia hice más de 70 entrevistas. Entrevisté políticos, historiadores, escritores, nacionales y extranjeros, víctimas, académicos, profesores universitarios, juristas, artistas, economistas, neoliberales, socialdemócratas, conservadores, feministas, ambientalistas, en fin. Nadie supo decirme de dónde nos viene ese carácter nuestro. Alguien me dijo que somos los más españoles de toda América Latina, y que es de allá que proviene ese temperamento. Lo ignoro. Franco decía que “fusilaría a media España si fuera necesario para pacificarla”, y lo hizo. “No nos importa la paz sino la victoria”, repetía Gilberto Alzate a mitad de siglo pasado en Colombia, robándose una frase de Nietzsche que inspiró al franquismo. “Veo a mi padre en las filas contrarias y lo fusilo”, dijo el general Mola. Hoy más de uno parece decir, no nos importa el país sino la derrota de ese otro a quien odiamos. Algo de cierto puede haber.

Qué va a pasar hoy, me preguntan. No lo sé. Hago votos para que gane quien gane le demos una oportunidad a la reconciliación y nos reconozcamos todos como colombianos. Hago votos porque no necesitemos del peso de una guerra; imploro a Dios que nos ilumine, que nos ayude a sanar el alma y a entender que nadie, absolutamente nadie, posee la verdad revelada. Hago votos porque este país deje de estar en guerra consigo mismo, civilice la controversia y se dé una nueva oportunidad. Me importa más, muchísimo más la paz que la victoria.

GUILLERMO PÉREZ

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