¿En qué invierten?

Entreténgase averiguando qué es lo que algunos llaman Economía Naranja, mientras otros despistados averiguan porque se abandona nuestro patrimonio cultural. A vuelo de pájaro sin alas, se observa el Panóptico, Universidad de la décima, por la cantidad de egresados importantes, que solo ha servido para reformas inútiles, para hacer inversiones y malgastar presupuestos.
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¿Qué ha pasado con las ruinas de la planta Laserna? ¿Qué responden por la desaparición del Hotel Ambalá del departamento? ¿Y la remodelación del Teatro Tolima? ¿Quién responde por los desastres de la cuenca del río Combeima? ¿En qué va lo del acueducto alterno de Ibagué y los acueductos rurales? ¿Por qué desapareció el Hotel Lemayá del Guamo? Ni hablar del desastre de la Casa Inglesa de Ambalema y otras antigüedades del municipio.

A la casa donde vivió Mutis en Mariquita le cambiaron de destino y nada tienen para recordar la primera liberación de esclavos de América que realizó José Antonio Galán en la mina Mal Paso. Las ruinas de las minas de Falan siguen en lo mismo. La Expedición Botánica nació en el Real de Minas del Sapo en el Valle de San Juan, sitio donde trabajó Mutis más de seis años, administrando la mina y coleccionando plantas.

Dejó su casa y construcciones en piedra en dos hectáreas. Esas ruinas fueron limpiadas por los habitantes de las veredas y no han logrado ser valoradas por los responsables del patrimonio cultural, que no han reconocido la importancia del Corredor de Arte Rupestre de Purificación, Prado, Dolores y Alpujarra. La vaina es que estamos en el Tolima, sobrado de vividores.

 

La  bisabuela

 

“Ángel de mi guarda mi dulce compañía, no me desampares ni de noche ni de día”, me hacía repetir mi bisabuela al acostarnos y cuando amanecía, me iba para la cocina, cogía una taza esmaltada, le raspaba panela y me bajaba para el ordeñadero. La abuela ordeñaba diez vacas, le sacaba el calostro a una para llenar la taza y de inmediato se la subía a la bisabuela. Repetíamos lo del Ángel de la Guarda, me echaba la bendición y se la tomaba.

Después la acompañaba, con el reclinatorio, a la iglesia. Yo era el nieto mimado y dormía a sus pies. La rutina diaria incluía separar los terneros y regresarlos a los potreros antes de irme para la escuela que no me gustaba por los reglazos que me pegaba el profesor y los aguantaba para que no lo supieran en la casa. Una vez, en lugar de darme el reglazo me hizo arrodillar en una esquina del salón. Al rato me dijo que me parara y me fuera para el pupitre. Le dije que me dejara tranquilo que estaba contando. 

(2) Las hormigas y separando las cuchachas. Me sentó en el pupitre y me pegó un reglazo. Le quité la regla, se la partí en la espalda y me fui para la casa. Le conté a mi papá lo ocurrido cuando me preguntó porqué llegaba tan temprano. Ya se va a pedirle excusas al profesor, me ordenó. Me negué y me dio dos fuetazos y como no lloré me dio otros dos.

Mi mamá me llenó de pellizcos y calvazos, pero mi mamá Anita, mi bisabuela, me dio unos buenos consejos. Regresamos al ángel de mi guarda y a dormir. Despertamos al día siguiente, la invocación al mismo ángel y salí para la cocina a repetir la rutina de todos los días. Al llegar a la pieza con el calostro mi bisabuela no respondió al aviso de lo traído, le acaricie la cara, que estaba fría. Mamá Anita estaba muerta.

 

HÉCTOR GALEANO ARBELÁEZ

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