Un colombiano en Miami

Trump, tercer capítulo.
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“Estados desunidos”, este que pareciera ser el lema central del gobierno de Donald Trump 2016-2020, es hoy una realidad inocultable en cualquier lugar del país norteamericano. Los Trumpers, grupos de revoltosos que pregonan artificiosamente el triunfo del huésped de la Casa Blanca, se toman todas las mañanas las calles de Nueva York, Washington, Los Ángeles y Chicago paralizando su tráfico automotor con grandes banderas coronadas por los apellidos Trump-Pency.

En la madrugada del domingo leo en mi app una noticia de última hora: los Secretarios de Estado de Michigan y Pensilvania, certifican la victoria de Joe Biden a tiempo que un Juez Federal desestima la demanda de la Campaña de Trump por supuesto fraude electoral.

En YouTube, el ex alcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, destila manchas de tinta negra por su frente mezcladas con gotas de sudor y sangre mientras se da mañas para explicar lo inexplicable a una periodista de Fox News, cuando le pregunta por qué él y un grupo de juristas, que le cobran a Trump la bobadita de 20 mil dólares hora, se obstinan en remover cielo y tierra tras la mentira del fraude electoral. Todos los Estados de la Unión vienen culminando con la mayor ciberseguridad el proceso de certificación de los totales de votos depositados el pasado 3 de noviembre.

Con su intrépida actitud le están haciendo mucho daño a la democracia americana, increpa la reportera.

 “A usted no le puedo responder esa falsa noticia”, argumenta con prepotencia dictatorial, con genial estilo Trump, mientras con una servilleta blanca limpia el tinturado negro que emana virulento y espeso de su escaso pelo.

A la periodista le asiste la razón: la maquiavélica estrategia que ha puesto en marcha el partido Republicano consistió en presentar un cúmulo de demandas Estado por Estado para retrasar el tradicional proceso de certificación con la esperanza ciega de que, si los funcionarios estatales no lo hacían en los plazos preestablecidos por la ley, el Congreso de los Estados Unidos remplazaría el voto popular y designaría votantes pro-Trump ante el Colegio Electoral el próximo 13 de diciembre. Ese mismo día se debería anular la votación de los Estados Clave y proceder a  nominar y ratificar el nuevo periodo de Trump por otros cuatro años. Pero esto es un imposible jurídico. Esta demencial estrategia solo cabe en la torcida mente de Trump y su camarilla republicana. 

Este mismo domingo, The New York Times compara la invención del fraude electoral argumentado por Trump con la obstinada posición del dictador Lukashenko, presidente de Bielorrusia, ficha directa del Ras- Putin de Rusia, asesor, consejero y amigo íntimo de Trump desde 2016 cuando aliados con su mágica fórmula “dos en uno”, derrotaron a Hillary Clinton. “Negar la derrota, reclamar el fraude y utilizar la maquinaria del gobierno para revertir los resultados de las elecciones son las herramientas tradicionales de los dictadores”, escribe el periodista André Higgins. Cuando el gobernante autócrata de Bielorrusia declaró una victoria aplastante e inverosímil en las elecciones de agosto y organizó su toma de posesión para su sexto mandato; Mike Pompeo, el Secretario de Estado norteamericano opinó que la victoria de Lukashenko fue un “fraude”.  Apenas un mes después, el Jefe de Pompeo, el presidente Donald Trump, está copiando las estrategias del manual de Lukashenko y se ha unido al club de líderes hostiles que, sin importar lo que hayan decidido los electores, se declaran ganadores de las elecciones.

Mientras Trump juega golf y despacha Twitter insultando a Biden y a la prensa nacional, la misma que él ahora llama despectivamente “falsa noticia”, los hospitales y clínicas no tienen un cupo disponible en sus unidades de Cuidados Intensivos. Todo está a reventar y cada minuto llegan más y más pacientes de Covid-19. El tablero del coronavirus se disparó en el último mes de 140 mil fallecidos a 256.000 y en un solo día se han llegado a contar hasta cien mil enfermos.  Trump habla por la televisión en la mañana para anunciar el último gran triunfo de su gobierno:  la vacuna contra la pandemia. En la emisión vespertina de los noticieros se le ve otra vez hablando del Covid-19 pero se muestra enojado, toma su libro y da la espalda a la cámara cuando un reportero le restriega en la cara que los inventores de la vacuna, los laboratorios Pfizer y Moderna no le dan ningún reconocimiento a su gobierno en el logro de este avance científico. “Son mezquinos, son demócratas. Son los mismos conspiradores de mi administración”, dijo más pálido que ayer, más desencajado que la noche del 3 de noviembre. En la noche escribe desde su Twitter “Las noticias falsas se olvidan de mencionar que menos personas mueren cuando contraen Covid. Esto se debe tanto a nuestra terapéutica avanzada como al conocimiento adquirido de nuestros excelente médicos, enfermeras y trabajadores de primera línea”.

HERMÓGENES NAGLES

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