Un colombiano en Miami

Reportaje póstumo a Jairo García Nagles, doctor en pedagogía del Magisterio del Tolima.
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El único Nagles que conoció a Fidel Castro y recibió un apretón de manos del dictador el día de su doctorado en pedagogía fue Jairo García Nagles, un modesto profesor oriundo de Ataco, grande de corpulencia y de rostro cetrino. Su aspecto y su vestimenta correspondían a la de un extraño personaje de novela bíblica. Durante su periplo de estudiante en la Habana acumuló material suficiente para escribir un libro, repasando la anécdota de su viaje a Cuba, paseando uno por uno los sitios y vericuetos históricos por donde se gestó y estalló la revolución, desempolvando las cartas y los idearios de Fidel y de su amigo El Che Guevara. Su libro anecdotario lo cerraba la descripción minuciosa de la proeza personal de haber sido becado por el gobierno departamental hasta convertirse en el primer maestro colombiano galardonado con maestría y doctorado en el increíble oficio de dictar cátedra a la muchachada ibaguereña.

Siempre lució larga barba y de su cabeza salía una abundante cabellera que peinaba hacia atrás y que se había teñido de blanco en los últimos veinte años. En la biblioteca de su casa solía tomarse fotos y grababa sus videos para Facebook live al lado de un gigante cuadro, donde dibujado en color pastel, extendía sus largos brazos semejando la figura de Moisés, el día que recibió del Dios Eterno los diez mandamientos. Su pelo, su cara, su hablado denotaba a leguas su ancestro Pijao. Sus ojos se desorbitaban cuando presidía la hora de su tertulia semanal que acompañaba con sus manos de oso polar. Entonces su gruesa voz se alzaba hasta el cielo y podía despertar una mañana de domingo a un barrio entero. Su final feliz consistió en perfeccionar una clase magistral, que impartía con ínfulas de tutoría y de especialización en el pensamiento griego y en los clásicos de la literatura a una veintena de profesores y coterráneos, a quienes involucró con amor paternal en la Corporación Pedagógica Educativa, que era al mismo tiempo su casa.

Su erudición se asomaba en cada frase. Su obstinado pensamiento de que cada maestro tenía el intrínseco compromiso de transformar el mundo y sembrar la revolución del saber lo convirtieron en el decano de los profesores, en aguerrido sindicalista y en el autor y cuentero más consultado. Para ellos escribió manuales, libros y revistas. La mitad de su vida la dedicó a reunirlos, festejarlos, recitarles los poemas de Homero y leerles los diálogos de Platón y Aristóteles o contar vidas y milagros de los premios Nobel de Literatura.

“No somos profesores, somos humanos, somos un diálogo”, los definía al iniciar sus conversaciones y así tal como era él los quería transformar. Después proseguía con este discurso espiritual: “Cuánto de bello tiene dialogar entre iguales, ya que el diálogo rompe las jerarquías. El diálogo nos hace iguales porque es como la fiesta, convierte la palabra en armonía, en ritmo y en movimiento del saber de la humanidad. Mediante el diálogo conocemos el mundo, interpretamos los fenómenos de la naturaleza, transformamos las leyes de la sociedad y creamos nuevas relaciones culturales entre iguales porque el diálogo constituye la cultura de la subversión del orden”.

Jairo García no dejó nunca su pensamiento iconoclasta, murió convencido de que la más noble misión que había podido cumplir en la tierra fue la de educar, enseñar y transmitir el conocimiento persona a persona. Para esta labor profética había acuñado esta frase de Platón: “Lo poco que se lo debo a mi ignorancia”.

De todo lo que aprendió y conoció de primera mano en Cuba me dijo, en una última entrevista familiar, que analizando las vidas paralelas del Che Guevara con la de Fidel había encontrado que más erudito era el argentino, icono de la revolución latinoamericana: “El Che representa la figura humana más excelsa del siglo XX. Mire primo lo que llegó a expresar: “No creo que seamos parientes muy cercanos, pero si usted es capaz de temblar de indignación cada vez que se comete una injusticia en el mundo, somos compañeros que es lo más importante”.

HERMÓGENES NAGLES

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