Repatriación de cerebros y deserción

En estos días ha recibido muy mala prensa el programa de repatriación de “cerebros fugados” de Colciencias porque ya están en el país muchos de estos ellos y se les ha incumplido en casi todo lo que les prometieron para atraerlos. La directora de ese Departamento reconoce que ha habido incumplimiento y que va a tratar de cumplir con los que se dejaron tentar por el programa que tenía el llamativo nombre ‘Es tiempo de volver’ (¿y de incumplir?).

Una de las damnificadas por el proyecto resume el problema así: “No estamos pidiendo tapete rojo a la llegada… Lo que estamos solicitando es que Colciencias y las demás entidades involucradas en este proceso, cumplan” (‘Claramente aún no es tiempo de volver’, El Tiempo, Febrero 10, 2015). A mi papá también lo trajeron en 1934 engañado, con un contrato que el Ministerio de Educación le incumplió apenas desembarcó.

Lo mejor que puede hacer Colciencias ahora, además de cumplir cabalmente con los compromisos adquiridos con los ya repatriados, es cancelar el programa, pues nadie más va a volver a creerle. Las universidades también deben cumplir estrictamente lo prometido. No está bien que abusen de la posición de debilidad de los que regresaron confiados en su seriedad.

Ya que el programa fracasó y quemaron la idea, es oportuno preguntar si la mejor respuesta a la “fuga” de cerebros es haber ofrecido incentivos para que se devuelvan, o si esa plata podría haberse destinado más bien a fortalecer los centros de investigación existentes para que con el tiempo adquieran condiciones para atraer a los científicos colombianos por su excelencia o por su relevancia. Hay instituciones colombianas que atraen científicos fugados y de otros países por la calidad de sus investigaciones o por su foco investigativo. Es otro modelo de atracción y utilización de cerebros fugados, quizás no tan llamativo, pero sostenible. Otros colombianos abren camino a estudiantes colombianos y a proyectos útiles para el país en el exterior. Pero no hay duda de que atraer científicos y técnicos colombianos o extranjeros a las universidades colombianas es deseable y muy necesario. Un grupo de extranjeros refugiados, algunos de ellos posiblemente también engañados, entre los que se contaba mi papá, ayudaron a fundar la Escuela Normal Superior en 1937. Allí se educaron los científicos y los maestros de historia, antropología, y ciencias de la próxima generación.

Otro problema serio es la deserción que ha llamado ahora la atención porque las becas de ‘Ser Pilo Paga’ se convierten en préstamos condonables si los beneficiarios fracasan o se retiran de la universidad (Tatiana Rodríguez, ‘Ojalá que los pilos no sean los que paguen’, La Silla Vacía, febrero 12). Hay que pensar muy rápido cómo suavizar o eliminar esta penalidad. Pero lo más importante, que las universidades adquieran conciencia de que deben reducir radicalmente la deserción. En Oxford y en Harvard lo han hecho (5% o menos), pero en Uniandes, por ejemplo, y en la Nacional, muchos maestros creen que tienen que ser cuchillas para garantizar calidad. No saben el enorme daño que hacen a los estudiantes y a la sociedad.

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