De Orfeo, a Darío Gómez

Una vez más, la música y sus cantantes, vuelven a ser protagonistas del sentimiento de las personas. La letra de las canciones, a más de ser un instrumento que expresa lo que la gente piensa pero no puede exteriorizar públicamente, se convirtió en un vehículo que los individuos utilizan para identificar una situación que, en un momento dado, se llega asumir como propia y, en ocasiones se adapta a condiciones semejantes.
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El tema no es nuevo. En la mitología de la Antigua Grecia se tenía a Orfeo como el cantante y músico que, con su lira, al decir de Wikipedia, “calmaba fieras, y los hombres se reunían para oírlo y hacer descansar sus almas”, igualmente, le sirvió para enamorar a la bella ninfa Eurídice. Poco a poco, el sentimiento musical, se fue desarrollando y, siglos después, fueron los llamados ‘juglares’, quienes se popularizaron en la Edad Media e iban de pueblo en pueblo, cantando, bailando y divirtiendo a la gente, a cambio de comida o algún tipo de paga. Incluso, eran muchas veces invitados por los nobles de la época, a que participaran de sus banquetes.

Más recientemente, en la época moderna y en Latinoamérica, hacia los años 30-40, cantantes, compositores e intérpretes fueron declamando lo que la gente quería escuchar, constituyendo un rotundo éxito. Tal, es el caso del tango argentino “Cambalache” que, compuesto en 1934 por Enrique Santos Discépolo, fue posterior y magistralmente interpretado por Carlos Gardel o Julio Sosa y, marcó un hito en los países de habla hispana.

El mensaje de “Cambalache” es claro y contundente y sigue vigente en países como el nuestro. Dice así: Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé // En el 500 y el 2000 también // Que siempre ha habido chorros, maquiavelos y estafaos // Contentos y amargaos, valores y doble. // Pero que el siglo veinte es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue // Vivimos revolcaos en un merengue // Y, en el mismo lodo, todos manoseaos // Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor // Ignorante, sabio o chorro, pretencioso estafador // Todo es igual, nada es mejor // Lo mismo un burro que, un gran profesor. // No hay aplazaos ¿qué va a haber? Ni escalafón // Los inmorales nos han iguala’o // Si uno vive en la impostura y, otro afana en su ambición // Da lo mismo que sea cura, colchonero, rey de bastos, cara dura o polizón // Como ‘anillo al dedo’, para nuestra Nación.

En Colombia, el llamado género popular, logró impregnar de tal manera a la sociedad de nuestro país que, personajes como Darío Gómez Zapata (Q.e.p.d.) hacían parte de la agenda musical de todas las familias colombianas. ‘El Rey del Despecho’, creador de ‘Nadie es eterno en el mundo’ se desempeñó previamente como mecánico y agricultor. Gómez fue intérprete de baladas, música tropical y rancheras. Se proyectó desde muy niño a escribir versos y dejó un importante legado de vivencias que, plasmado en la letra de sus canciones, traslucía el día a día de la sociedad colombiana. ‘La casita vieja’, fue su primera composición en el Colegio, a los 16 años.

 

HUGO PATARROYO MURILLO

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